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jueves, 28 de marzo de 2019

Necesitamos Historia



Latacunga es una ciudad que crece aceleradamente. Cada año, miles de nuevos vecinos se nos unen, algunos, compartiendo las líneas de convivencia que siempre han caracterizado al latacungueño. La mayoría de los nuevos bienvenidos desconocen por completo el sentido y concepto de “latacungueñismo”.
Ahora, ya avocados a esto, ¿será que los que con orgullo nos decimos LATACUNGUEÑOS, conocemos también este concepto? Dudo.
Dudo bastante, porque yo mismo soy mashca de cepa, hijo de mashca, nieto de mashca. Algunas veces he utilizado, en este espacio, el término “latacungueñismo”, no siempre seguro si lo hago bajo mis propios paradigmas de comportamiento, mi ideal de latacungueño, o un verdadero sentimiento proveniente del conocimiento de mi ciudad. Siento, obvio, pasión por mi ciudad, pero no puedo estar seguro de amarla bien; esto, desde el paradigma de que no se puede amar algo que no se conoce.
¿Conocemos la ciudad? ¿Sabemos la historia real de nuestra fundación, de nuestros próceres, de nuestros personajes?
Mientras historiadores nacionales y locales, cronistas y coleccionistas se debaten entre detalles y microleyendas que más parecen anécdotas, en la mayor parte de nuestra historia local, no hay consenso; y, si lo hay, no lo conocemos. Los textos que contienen nuestra historia están en manos de unos pocos, en colecciones poco visitadas y, en ningún caso, en programas educativos.
Claro que también es mi culpa, porque pude siempre mostrar mayor interés, y buscar esos textos, interesarme en investigar. Pero, seamos sinceros, en nuestra comodidad, ¿no sería bueno que alguien nos enseñe, en lugar de ir a buscar?
Entiéndase que no me estoy excusando, de ningún modo. Solo digo que, es claro, que durante décadas nos hemos despreocupado de mantener nuestra memoria histórica. Es más, pareciera que hacemos todo lo posible por olvidar.
¿Por qué queremos olvidar? ¡Carajo! Tenemos antecedentes históricos riquísimos, llenos de intelectuales, próceres, héroes, escritores, políticos…
Cantamos lo de “filántropos, sabios y grandes” con la imagen de León en la cabeza, mientras desconocemos a Páez, Ramírez, Subía, Vásconez, Campi, Varea…
Un filántropo es quien dona algo a la caridad, porque tiene y puede, Más valor tiene, para mí, el que da sin tener nada, el que crea, el que genera, el que guía y libera. No hago de menos a León, cuya virtud de “tener bastante” ha permitido la existencia de esta ciudad; pero es evidente que debemos descobijarnos del paternalismo filantrópico pasado, para dedicarnos, también, a estudiar y recuperar otras dotes que siempre caracterizaron a los latacungueños, y que lo siguen haciendo, pero con menos “cobertura de prensa”. Siempre hubo, y sigue habiendo, entre los mashcas de otrora y hoy, grandiosos políticos, pintores, escritores, deportistas, científicos. Yo mismo conozco, gente de mi edad, escribiendo libros técnicos de mecánica aplicada, cursando estudios de motores espaciales y, un compañero de aula mío, dando charlas de matemática avanzada en el extranjero. Somos mashcas, eso somos. Somos grandes.
Regreso al título: necesitamos historia. Necesitamos recuperar nuestra historia perdida y, por sobre todo, necesitamos escribir nuestra historia futura. Todo latacungueño tiene, en su ser, y por la bendición de haber nacido en esta tierra, el potencial de ser leyenda.
Salgamos del sillón, de nuestra comodidad, de nuestro ostracismo y de nuestra autoinfringida ineptitud, que nuestra madre no se cambia la chalina sola!

viernes, 3 de febrero de 2017

Crónicas de Piedra Pómez



¿Ya se vieron las películas tipo Crónicas de Narnia y otras parecidas que cuentan historias sorprendentes, en reinos mágicos, donde ninguna cosa parece tener sentido,pero sin embargo suceden? Yo ya me vi algunas. Y veo novelas parecidas todos los días. Situaciones increíbles, personajes que nadie explica por qué están en la posición que están, locaciones mágicas y un montón de mentiras infantiles que algunitos optan por creer para no complicarse.

Creo que podríamos ensayar una historia similar, más o menos con el siguiente guión:

En una tierra prodigiosa, isla de paz y poblada por gente industriosa pero extremadamente incauta, lugar apacible rodeado de colinas y surcado por ríos se levantó, hace más de un siglo, un elegante castillo de Piedra Pómez, el mejor y mas grande en su tipo que el mundo haya visto jamás. Habitar ese castillo es un premio que galardona al mejor habitante del reino, por selección escrupulosa de sus vecinos y con el fin de gobernar y administrar dicho reino para que continúe siendo, como ha sido siempre, el más bonito de la región.

Naturalmente, el acceso a ese castillo ha sido muy codiciado por mercenarios, oportunistas y vagos. La mayor parte de quienes han pasado por la casa de cascajo han aprovechado la inocencia de los habitantes para hacerse de beneficios personales. Unos, disfrazados de héroes azules, otros con coraza y espada en mano, otros acanallando al antecesor y todos, pero todos, escondiendo sus errores, agrandando virtudes inexistentes, ocultando su incompetencia e ignorancia, engañando.

El castillo otorga bondades mágicas a quienes lo gobiernan. De repente, tienen el poder de desaparecer monedas, crear estructuras sin nunca haber hecho un plano, convertir tierras agrícolas en edificaciones de concreto, hacer llegar agua hasta donde nadie la necesita, convertir monumentos históricos en carnicerías, otorgar absoluciones a los más pecadores y hasta organizar tratos con el diablo sin que parezca haber ningún efecto colateral para el que gobierna.

En este castillo también funciona una mesa redonda, donde notables ciudadanos cumplen con el deber de organizar la vida del reino. Pero el gobernante de turno es hábil e impide que los notables puedan llegara a acuerdos benéficos para la ciudad, ya sea haciéndose de la voluntad de algunos u organizando entuertos para desprestigiar a otros. Se dice incluso que algún notable se ceba con favores y beneficios para sus cercanos.

El que gobierna el castillo distribuye su poder entre varios delegados, a fin de que le ayuden a gestionar su autoridad. Algunos de estos delegados son terribles tiranos, otros incluso se creen superiores al propio gobernante y, en general, hacen y deshacen sin control, aún por fuera del conocimiento y aprobación de aquel que los delegó. En el mejor de los casos hay delegados que no hacen nada, porque no saben hacerlo y están en sus lugares a título acomodaticio, pero como tampoco presentan incomodidad para el gobernante, son mantenidos allí, mientras se fabrique situación más favorable.

Mientras, los habitantes del reino se distraen y contentan con mínimas raciones de felicidad y comida, además de una que otra bondad residual de la administración. El reino pierde su lucidez y los habitantes se encuentran más preocupados en sobrevivir el día a día que en el propio destino del reino.

El castillo de Piedra Pómez se ha vuelto gris. Ya no es símbolo de orgullo del pueblo, sino un estandarte de decadencia.

(...)

Obviamente el cuento está incompleto. Es indispensable que usted, amigo lector, colabore con el final de la obra. Pero no se moleste en escribir, usted solo ejecute su papel que el cuento se escribirá solito. Decida, amigo mío, si quiere ser villano, ogro, mutante, duende, aldeano ignorante o si, por el contrario, desea ser el héroe del cuento o, al menos, un soldado activo y leal al antiguo espíritu de este pueblo.

Usted decida y actúe, que yo también le entraré a la obra, que seguro tendrá teatro lleno.



martes, 16 de agosto de 2016

Digamos “NO”




El latacungueño, por nefasta tradición, es demasiado bueno y demasiado manso. No la mansedumbre del cobarde que no enfrenta por no arriesgar, sino la mansedumbre del que se sabe habitante de un lugar pacífico, la bondad de quien ha vivido siempre entre bondadosos. Así hemos sido los mashcas siempre: generosos, bondadosos, frontales.

Hoy, estas actitudes no nos sirven mas. Necesitamos, con urgencia, saber decir NO.

Como el Concejo, que dijo “NO” al endeudamiento de la ciudad en una obra mal calculada.

Ya hemos dicho que “SI” a muchas barbaridades, como si fuésemos mascotas de un poder superior, y en espera de las migajas que puedan rodar del mantel. Algunos de estos animalitos de confianza dijeron “SI”, por ejemplo, a la cárcel, al burdel de la entrada a la ciudad, a las construcciones ilegales junto a los ríos, a ciudadelas nunca terminadas, a la proliferación anárquica del taxismo, al desorden social...

Pero hoy no vamos a tratar de esos “animalitos”, cuyos datos y razones son conocidos por todos. Justamente, porque todos sabemos quienes nos han perjudicado de tales maneras es que no hace falta dedicarles ni una línea más. Ojalá a las mascotas del poder no se les ocurra postularse para cargos de elección popular, porque somos tan giles que hasta podríamos hacerles ganar.

Justamente para quitarnos lo giles, es mejor que hoy tratemos de quitarnos nuestra mansedumbre personal. Si, vecino, usted es otro buey manso en manos de mal arriero.

Es indispensable aprender a decir “NO”. En cosas simples: como cuando vienen malvivientes a arrendarle el cuartito, o cuando le quieren cobrar sin taxímetros, diga “NO”.

Nada tiene de malo negarse a hacer lo que está mal. No tenga usted pudor en negarse al absurdo y ser más consciente de su realidad personal. Igualito, cuando le vendieron la casa al filo del río debía decir NO, o cuando nos subieron la tarifa de recolección de basura, o cuando nos pusieron la cárcel... Si hubiéramos dicho “NO”, hoy muchas cosas fueran más fáciles.

Pero empecemos con lo pequeño, lo simple. Al que bota la basura en la calle, al que pinta las paredes, al que anda borracho por la calle o escupe en la vereda, digámosle “NO”. Es verdad, no podremos regresar el escupitajo a la boca del patán, ni quitarle lo ebrio al amanecido, pero con un poco de constancia, crearemos cultura y, sobre todo, culturizaremos al que no sabe vivir en una ciudad.

Luego aprenderemos a decirle que no al demagogo, al politiquero mentiroso, al “líder de minoría” que solo busca la confrontación y ver a Latacunga arder, al migrante que no acaba de aprender a vivir en Latacunga como se debe vivir en Latacunga, al oportunista que pesca a río revuelto y al farsante que anda ofreciendo obras aún a sabiendas que no tiene plata.

Es que así somos: nos ofrecen veredas y bordillo y aplaudimos como hinchas, a cambio del favor nos hacen aceptar tonterías (como la cárcel o el camal en Tilipulo) y, a la vuelta, lo ofrecido se diluye en discursos y maromas políticas. No seamos más el borrego torpe de la demagogia, no permitamos más que jueguen con nuestras voluntades para, al engaño, hacernos empeñar nuestras vidas y las de nuestros hijos a cambio de par metros de tubería y cuatro volquetas de ripio.

Ya debemos estar cansados de tanta decepción, de tanta indolencia, de tanto oportunismo; de tanta ignorancia.

Digamos “NO”

lunes, 2 de mayo de 2016

Somos héroes



Tras las jornadas vividas en el país estos últimos días, me gustaría mucho tratar sobre asuntos preocupantes y de atención inmediata. Sería necesario hablar, por ejemplo, del aprovechamiento del estado de excepción para la gestión de cierto tipo de contratos y crédito; del desabastecimiento generalizado, del alza de impuestos o, incluso, de la patente incompetencia del personal del MIES que maneja las donaciones y la práctica invisibilidad de la directora provincial de esta cartera. Más cercano está el poco liderazgo de la Alcaldía en este escenario y la preocupante evidencia de estar, los latacungueños, totalmente faltos de preparación para cualquier evento remotamente similar al de nuestros hermanos costeños.

Podemos tratar hoy, también, de la completa inoperancia de la logística gubernamental y la necia posición de no permitir hacerse cargo de esto al ejército. Otro tema colgante es el qué se va a hacer con el crédito de ocho mil millones de dólares que se sacaron del sombrero chino, así como el paquetazo tributario que no va a servir los fines publicitados y todos los errores y horrores que son conocidos por todos, merced a las redes sociales.

De todo eso podemos tratar, pero no, hoy no. Y no lo haremos por dos motivos principales: primero, que en estado de excepción cualquier comentario puede ser tomado al arbitrio del superman de turno, y no vale “dar papaya” gratis; y segundo, que, simplemente, no es el momento no estamos de genio para más malas noticias. Nos damos por mal gobernados y punto, para qué ahondar el asunto. En todo caso, después nos encargaremos de ustedes, burócratas.

Hoy necesitamos revisar lo que en el fondo, en el espíritu, significó esta catástrofe natural. Y es que hemos visto lo más importante, aunque toque tomar palabras del “más simpático”: ningún ecuatoriano está solo. Somos, en el alma, los guardianes más celosos del egregor de la minga, renacimos como pueblo unánime en contra del desastre natural con fuerza nunca vista, pese a los muchos desastres políticos que vivimos los últimos tiempos. Mientras llega la ayuda internacional, en empaques bonitos y uniformizados, antes que éstos, y en mayor cantidad estuvieron ya las conservas enlatadas movilizadas a la costa desde las despensas más lejanas del país, con notas de solidaridad escritas con marcador indeleble, las cartas de los niños a sus coetáneos despojados, las redes sociales bulliendo y los más fuertes viajando a brindar rescate, aún sin formación ni entrenamiento y tan solo armados de su férrea voluntad y el compartir del dolor de otro ecuatoriano.

Es que somos héroes, forjados en el fuego de los volcanes, aleación de machetes y azadones fundidos y templados en aguas de lagunas y mares. El ecuatoriano no es cualquier gente: somos especiales, raros, únicos. Aguantamos más sufrimiento y opresión que ningún otro (lo cual, de paso, es un defecto), pero no medimos limites en nuestra voluntad cundo un hermano sufre y nos necesita.

¡Este es el fondo del asunto! No los políticos que viven para mal parecer, como si sus cargos incluyeran esta obligación, sino nosotros mismos, los ciudadanos, los ecuatorianos que hoy, como siempre pero más que nunca, nos convertimos en falanges de un mismo puño. Esta es la lección a aprender: siempre hemos estado juntos, y juntos hemos vencido hasta las fuerzas naturales, cuando así hemos deseado. Bajo nuestra voluntad conjunta se han rendido colonizadores, opresores, ejércitos, caudillos y gobiernos enteros. ¡Al mundo entero haríamos rendir si nos lo propusiéramos!Hoy, y a costa de la vida de cientos de hermanos, hemos encontrado algo que nos han venido quitando de a poco: la voluntad, la fuerza, el valor y la fe.

La tierra ha temblado para recordarnos el tipo de pueblo que somos, para despertarnos. El precio de esta lección es alto: medio millar de almas o más. No hagamos desperdicio de la sangre de nuestros hermanos: aprendamos y aprendamos bien. ¡A despertar, ecuatoriano!


viernes, 15 de enero de 2016

Cómo potenciar la economía




La pregunta del millón de dólares, el cáliz perdido de los políticos y la respuesta mesiánica que esperamos todos.

Está claro que el año anterior fue recesivo, y este año, según casi todos los analistas, pinta para peor. La esperanza principal de todo un pueblo está afincada en la capacidad (o bondadosa voluntad) de las esferas políticas y en la genialidad de los supermanes de turno. Esto no va a suceder nunca, así de simple.

Iniciemos buscando la respuesta en el análisis delos errores que cometimos. Y empiezo conmigo mismo, pero seguro de que ustedes habrán pecado igual: primero que nada, nos acostumbramos muy fácil a la bonanza. Pasamos los últimos años en medio de un oasis petrolero que nos permitió elevar nuestro ritmo de vida; y, eso hicimos: subimos nuestros gastos mensuales, en lugar de capitalizar proyectos productivos. Los que no teníamos carro, ya tenemos; los que no tenían terreno, ya tienen, y casa, y seguro privado, y los hijos en el extranjero, y cambiamos El Salto por el Supermaxi. Todo tenemos: deudas también.

Entonces lo que debe usted hacer, vecino, para potenciar su economía, es sencillo: cree liquidez, Deshágase de los bienes suntuosos y, más rápidamente venda lo que a futuro pueda perder su valor como, por ejemplo, los autos nuevos. Regrese a un modo de vida más sencillo, más real y, con el dinero líquido que obtenga, apunte a un negocio: EMPRENDA. Todo es bueno, no le haga feos a ningún negocio lícito.

Eso hará usted en su casa, y el administrador deberá hacer lo propio en la casa grande. La ciudad necesita capitales, pero obviamente no tenemos bienes para vender. Necesitamos atraer la inversión y más que ello, permitir los proyectos que la gente presente.

Señores administradores, si no saben cómo generar riqueza, no estorben a quienes quieren hacerlo.

A diario converso con vecinos que se quejan de la imposibilidad de hacer arrancar sus ideas por puras necedades burocráticas. La falta de una organización territorial local flexible pero clara también limita las iniciativas de inversión. La ciudad es políticamente inestable y nadie va a poner un centavo en un lugar que no tiene reglas claras y perennes.

Latacunga debe, urgentemente, modernizar sus ordenanzas de manera tal que toda iniciativa económica tenga flujo sin fricciones. EL Municipio no puede ni debe ser la piedra de tope de los emprendedores. Entre los limitantes más comunes que he escuchado están, por ejemplo: problemas para conseguir permisos de uso de suelo, falta de reglamentos para algunas ordenanzas, organización territorial inflexible y poco o nada consecuente con el crecimiento económico y urbanístico de la ciudad, falta de proyectos de infraestructura básica, excesiva carga impositiva, falta de información general por parte de los organismos locales, inexistencia de datos históricos o estadísticos de la ciudad, poca o nula modernización de los servicios al usuario, entre otros.

Urge una reforma integral, suficiente para llamar la atención del emprendedor. Amigos Concejales, legislar es su función, y francamente no se ha visto mucho hasta ahora. Directores Municipales, (algunitos) dejen de quejarse de la falta de presupuesto y muestren más imaginación. Señor Alcalde, reorganice su equipo de trabajo, porque no está rindiendo como la gente esperaba.

¡Hay que poner la casa en orden!


jueves, 8 de octubre de 2015

CONTRATO COMPLEMENTARIO




En una radioemisora local se entrevistaba una administradora de turno, mientras se recibían llamadas en vivo para permitir las preguntas de rigor. Hago algunas anotaciones personales:

1.- Los administradores locales (algunos, pero casi la mayoría) no tienen idea de lo que están haciendo en sus cargos. Aunque los medios se esmeran en tener al entrevistado adecuado, éste no logra responder la expectativa de un oyente medianamente culto. Me queda la duda, si es que el/la superman de turno realmente es torpe, o si está terriblemente seguro de que todos los demás somos torpes y nos trata como tal. Para cualquier ciudadano informado, gran parte de lo que se dice es claramente falso o, al menos, equivocado. Merecemos información oficial fidedigna, confirmada y corroborable.

2.- Estamos copiando estrategias viciosas de manejo de los espacios mediáticos. Las llamadas al aire, de esta entrevista a la que me refiero, todas o casi todas, no eran sino para felicitar y agradecer al entrevistado, a sus estandartes, compadres y priostes. ¡Vergonzoso! Pareciera que ningún Latacungueño tuviera idea de una pregunta coherente. Claro, al intentar llamar al medio para preguntar alguito, toda comunicación se encontraba ocupada. Ahora bien, si casi todas las llamadas son del mismo barrio, a felicitar por la misma obra, de gente adulta y en horas de oficina, lo que a mi me parece es que esas felicitaciones no eran tan sinceras. Me parece mas bien, que algunos burropies y uno que otro cognado se dedicaron a saturar las líneas de comunicación con el medio radial, a fin de realzar las dubitables dotes del superman entrevistado y, de pasito, evitar que preguntas reales lleguen a ser públicas y evidencien (más) la ignorancia del preguntado. Horrible, además de la mentira (o error, demos el beneficio de la duda), tener que aguantar a un puñado de anónimos zalameros que no hacían sino restarle aún más a la imagen de la entrevistada ante cualquier oyente culto.

3.- En toda la entrevista escuché varias veces que, en diferentes obras, habría que hacer “contratos complementarios”. Pero, ¿qué es un contrato complementario? Pues simple: es un segundo contrato que se hace sobre la misma obra, para realizar ciertas tareas que resultan ser nuevas e indispensables para el cabal funcionamiento de la obra principal. Es decir, por la complejidad de la obra, se determinan requerimientos adicionales o diferentes a los originalmente presupuestados y como no puede modificarse el contrato principal, se hace otro llamado complementario. Lo dicho: “por la complejidad de la obra”. Pero escucho que, en mi Latacunga, una gran cantidad de obras van a salir con contratos complementarios. Pregunto: ¿dónde estamos construyendo la nave espacial?

Con esta contratación complementaria puedo disponer hasta del 70% del monto del contrato original; es decir, puedo llegar casi a duplicar el valor de la obra. Si se hace bien, sirve para salvar eventualidades típicas de construcciones complejas; pero si se hace “mejor” sirve para salvar las eventualidades económicas del contratista. Roguemos que estos contratos complementarios de que han tratado en la radio sean a bien de la ciudad. Normalmente, para obras de relativamente pequeña envergadura, como son las pocas que se ven de esta administración, no debería haber mucho contrato complementario. O las obras son enormes, o los contratos están mal hechos o la fiscalización no funciona; pero no puede solucionarse todo con contratos complementarios.

Nos encantaría considerar que todo lo que escuché se debe solo a una ligereza o error de la persona entrevistada. Nos gustaría creer que esta persona estaba nerviosa o, incluso, que no contaba con la información real en sus manos. Pero, en todo caso, y mientras no se nos permita información oficial a la ciudadanía (que nunca se encuentra accesible), nos tocará quedarnos con la duda de si algunos problemas de Latacunga son asunto de corrupción o de simple incompetencia.

Para dilucidar esta duda, vecino, deberemos dedicarnos un poco más a estudiar el funcionamiento de nuestra ciudad. Es momento de interesarnos realmente por lo que pasa en la caja de cascajo.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Especulación




Dice el diccionario: “ESPECULACIÓN: Idea o pensamiento no fundamentado y formado sin atender a una base real.”
Somos una ciudad especulativa, puramente. Desde el chisme de la vecina hasta algunas decisiones de los administradores de turno se dan por puras ideas irreales e infundadas. En mi ciudad es peligroso andar en el carro con un acompañante del sexo opuesto, porque resulta casi obligatorio haber tenido alguna relación sentimental con esa persona. Si logramos tener algo de dinero en esta vida, pues seguramente tenemos negocios chuecos o estamos lavando dinero. SI somos exitosos en lo que hacemos, no puede ser que seamos inteligentes o capaces, sino que seguramente tenemos la palanca adecuada o comerciamos favores. ¡Puro cuento!

De la misma manera especulativa y loca que organizamos la evacuación de la ciudad, estamos ahora abandonando nuestras casas de siempre y pagando arriendos ridículos en cualquier otro lado que sea zona segura. Seguimos más interesados en las noticias que nos da el FaceBook que el IGM y nos enteramos que hubo presos y garroteados en las marchas por los “memes” e imágenes jocosas antes que por las noticias de la mañana. Sabemos más del juicio al marido de la Sharon que de la política local; nos importa más adónde correr que cómo salvar esta ciudad.

¡Especulador! Usted, vecino, si, usted: especulador. Usted que comenta lo que no sabe y afirma lo que no conoce. Usted que se atreve a dar consejo sobre el Cotopaxi sin haber ni siquiera leído el último reporte técnico.

¡Ladrón! Usted, que ya subió los precios de su tienda y que dice que “todo está caro” cuando sigue comprando a su distribuidor al mismo precio y haciendo lucro infame, abusando del susto e ignorancia de su propio hermano latacungueño.

Otro especulador es el comerciante de fuera, que llega a nuestra ciudad solamente a fomentar el desorden, a competir deslealmente y a destruir la frágil economía de quienes ejercen el comercio legalmente.

Pero no me quedo en los comerciantes ilegales, pues otros especuladores son algunas grandes cadenas comerciales que, llegadas a nuestra ciudad hace poco y habiendo sido recibidos con alegría, hoy nos duplican y hasta triplican los precios de algunas mercaderías específicas, como si no nos diéramos cuenta.

Pero ideas y pensamientos no fundamentados es lo que más hay en la administración de las últimas décadas de nuestra ciudad. ¡La misma ciudad es prueba de ello! El puente nuevo, por ejemplo, ese que está junto al hospital, ¿no tenía por finalidad desahogar el paso por los “dos puentes”? Y qué sucede ahora, si de todos modos el tráfico de este obra se redirige a la cuesta del Molino Poultier. Y para ello tuvieron que modificar varias veces el sentido y geometría de las calles. Quedó claro que primero se hizo la obra y luego los estudios de tránsito, o los hicieron mal.

Nos encanta el chisme y la desinformación. Somos especulativos. Nos estamos mostrando al mundo como poco reflexivos e ignorantes. ¡Qué vergüenza!

Acá no hay solidaridad, ni un mínimo sentido de buena vecindad o compasión por el prójimo. El que pudo ya huyó, el que pueda huirá y al que mejor le fue ni siquiera vive aquí porque se acomodó en cualquier otra ciudad y se olvidó de su cuna.

Y así está la cuna de los filántropos sabios y grandes: despoblada de sus hijos y llena de gorgojos.

Así vivimos hoy, en lo que otro día fue el centro del país: totalmente apartados de cualquier avance social, medio incultos y medio ignorantes. Dependientes y a la vez promotores del qué dirán, flojos de acción y ligeros de lengua. Lo mismo aplica para la clase política, si es que hay una.

Ah, cierto, la clase política local, ¿qué opinará? Ni se le ha visto.

viernes, 28 de agosto de 2015

Todos están locos



Esta semana me convencí de ser, posiblemente, uno de los pocos cuerdos en esta ciudad. Si usted, vecino, cuando termine de leer esto me da la razón, entonces pueda ser que también usted esté cuerdo o que reconozca su calidad de loco. Ambas opciones son buenas, porque lo peor que puede haber es un loco que se crea cuerdo.

Empezamos la semana anterior con el fin del mundo a cuestas. Gracias al volcán y a un montón de mala información nos permitimos corretear la ciudad asustados, gritando y rezando porque el Apocalipsis estaba por llegar. Muy pocos latacungueños se comidieron en verificar la información oficial y los datos técnicos que se encuentran en Internet. Muchos perdieron más chocando sus autos y movilizando los cachibaches de la casa que lo que hubieran perdido si la erupción hubiere sido real. ¡Locos! O, ¿acaso no es de locos atentar contra la propia vida y la de los demás, corriendo en los carros y rompiéndonos la espalda cargando cosas, sin ni siquiera habernos comedido en corroborar los datos que nos daban otros locos? Y, ¿ no es más de locos, vivir alertados de un supuesto peligro, y no habernos dado el tiempo de averiguar cuál es el verdadero potencial de dicho peligro?

Lo digo, porque los famosos lahares no van a arrasar con TODA la ciudad, como muchos piensan, sin embargo en la radio escuchaba el sábado aquel que hasta una señora de El Calvario llamaba a averiguar adónde debe evacuar. Ya nos dijeron, que el Cotopaxi va a erupcionar algún rato, pero ni siquiera sabemos si vivimos en zona de riesgo o no. Es como si nos dijeran que tenemos cáncer y no se nos dé la gana de averiguar si existe tratamiento. ¡Locos!

Igual de locos están los que creen que las autoridades (administradores, nada más) van a salvarnos. No lo van a hacer, primero porque no saben cómo, y eso lo comprobamos hace algunos días, aunque aún tenemos fe de que aprendan cómo; y segundo, porque no pueden, así de simple. Las fuerzas que deberemos soportar en caso de erupción son superiores a toda potencia humana. No habrá Alcalde ni Gobernador ni Ministro ni San Rajuel que pueda evitar los efectos naturales de la furia de un volcán. El que esté esperando que llegue el administrador con la solución, no es en nada diferente a una vaca que espera mientras llega su dueño con la hierba. Seamos humanos, seamos proactivos. No seamos semovientes y, sobre todo, tengamos sentido común. Seamos cuerdos y coherentes.

Por locos mismo hemos tenido los administradores que hemos tenido. Embriagados de fervores electoreros nos hemos dejado engañar de las formas más sencillas y que hubieran sido detectadas y repelidas por cualquier cuerdo.  Un buen discurso y la oferta de cualquier chaupiobra nos enloquecen en grado suficiente para hacer tonterías en la urnas. Y luego, como buenos locos, no queremos hacernos responsables de nuestros actos y nos volvemos incapaces de reclamar; nos acomodamos en nuestros manicomios personales a ver televisión mientras en la ciudad suceden millones de cosas atentatorias a la latacungueñidad bajo la sombra del “no pasa nada”.

Y si, vecino, después de analizar estos pocos ejemplos y otros más que fácilmente le vendrán a la mente, insiste en creer que esto es normal, pues con este corto texto acabo de someter mi cordura a su escrutinio y queda en sus cabales el decidir si, después de todo, el loco soy yo.

Mientras uno decide sobre su propia demencia o sobriedad, nuestros administradores duermen a la par que gobiernos locales más humildes como el de Rumiñahui ya tienen muy avanzada su estrategia de supervivencia.

Vaya viendo, vecino, cómo estamos de locos, o cómo están los otros.

lunes, 17 de agosto de 2015

Que no cunda el pánico




Temblores, cenizas, sustos, carreras y mucha desinformación.
¡Oh! ¿Y ahora, quién podrá defendernos?

Sin haber ningún encapuchado superhéroe que diga “YO”, y sin que ni siquiera los supermanes de turno sepan qué hacer o qué decirnos, yo me arriesgo a decirles que no hay de qué asustarse.

Y, verán, no deben asustarse por un hecho simple: la alerta blanca NO EXISTE, así que desde que nos pusieron alerta amarilla, apenas hemos subido un escalón en el riesgo de nuestra normal vida diaria. Pero es un escalón grande.

No se asuste, vecino, Pero si preocúpese, porque esa ceniza que está saliendo, acompañada de la casi nula capacidad de respuesta de nuestra administración, bien puede terminar en un total desabastecimiento de agua, un colapso vial o, desorganización en el comercio, especulación y muchas otras pestes psicológicas que son típicas en las masas poco informadas y poco formadas como, por desgracia, nos tienen.

El mismo día viernes, con la primera explosión del volcán, ya colapsaron los mercados, supermercados, ferreterías y algunas calles. No habían pasado 24 horas de la alerta y Latacunga ya amenazaba con ser tierra de nadie. Mientras, la mayor parte de administradores se dedicaron a dar entrevistas en las radios locales y el principal personero de la ciudad apenas se dejó ver.

Latacunga nunca se preparó como debía. Mientras los encargados de instruirnos nos adormilaron con falsas calmas, todos nosotros, que adormilados mismo hemos estado durante décadas, no fuimos capaces de averiguar asuntos básicos de la evolución de cualquier volcán que, como mínimo, podíamos aprender en Internet. Seamos reales: no se nos dio la gana de hacer las cosas bien. A veces y hasta pareciera que ni siquiera tenemos intenciones de sobrevivir como sociedad.

Llegamos al día de la alerta amarilla y los más jóvenes no tienen idea de que hacer; los más viejos asumen que si se quedan en sus casas nada les va a pasar; los de edad madura esperan poder salvar a su familia y sus cuatro tereques y, los que aún nos consideramos jóvenes y nos queda algo de sentido de responsabilidad social, no tenemos idea de cómo seremos útiles o dónde nuestra ayuda será más necesaria.

Esta vez, mi opinión será corta, porque aún hay mucho que ver para opinar bien. Y, sobre todo, ya tengo que salir corriendo a ver mis aguas, mascarillas y demás pertrechos de guerra, por si acaso.

Mientras, vecino, ahora más que nunca lea, investigue, capacítese SOLO, porque nadie le va a dar haciendo. Recuerde hacer su mochilita y armar su plan de evacuación. Cuando tenga a todos sus amados a buen recaudo, vuelva a apoyar al cuerpo de voluntarios que nos quedaremos a colaborar. Toda mano será útil, el momento en que alguna desgracia pase. Recuerde que todos nos debemos algo mutuamente, y quienes estamos en aptitudes físicas debemos hacerlas servir en beneficio de los demás.

Mientras tanto, no se preocupe, pero tampoco se despreocupe. Esté atento y encárguese de capacitarse e instruirse. A la final, ningún administrador ni superman va a darle sobreviviendo.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Me muero, la Mama Negra




Eso mismo, de morirse está, pues, la idea de suspender la Mama Negra. Yo, Mashca a muerte, estoy en rotundo desacuerdo; pero como la opinión que se publica debe ser lo más desapasionada posible, me permito compartirles algunas cositas que deben considerarse a la hora de tratar el tema de nuestra fiesta magna.

Primera cuestión: LA FIESTA ES MIA. Tal cual, la fiesta no le pertenece al Municipio, ni al Concejo de la ciudad, sino a los Latacungueños y ya ni siquiera a nosotros, sino al mundo entero como patrimonio intangible. Es decir, me pertenece a mi, como Latacungueño, como ecuatoriano y como ser humano.

Segunda cuestión: LA PLATA NO ES PROBLEMA. Y no es problema, justamente, porque no hay. El argumento es que el dinero destinado a la fiesta puede o debe destinarse a gestionar albergues para casos de erupción. Hagan números: el Municipio no destina apenas unos 50.000 dólares para la fiesta; ¿alcanza eso para construir un albergue o levantar un muro de contención de flujos volcánicos? ¡Seamos reales! Si se ha venido discutiendo que la Mama Negra debería tener MAS presupuesto para que así los personajes puedan ser elegidos más libremente, ahora resulta que con cincuenta “lucas” solucionaremos la inoperancia de décadas. No hay plata en la ciudad, y nunca ha habido suficiente para hacer una Mama Negra al nivel que se merece, y que se ha sostenido merced de los propios personajes que, prácticamente desabastecen a su familia por amor a su ciudad. Menos hay plata para las gestiones de emergencia que hoy nos son urgentes.

Tercera cuestión: LA FE. Es que, al final, turismo o no turismo, la fiesta es, para muchos aún, un acto de fe. Y resulta que, para supuestamente paliar la posible erupción del Cotopaxi, vamos a eliminar el acto de constricción y ofrecimiento a la Virgen Abogada de Latacunga y protectora del mismo volcán. Bueno, yo no soy un hombre de fe, pero la mayoría de vecinos si. Y si la fiesta es para la que nos salva del volcán, pues mejor hagamos la mejor Mama Negra nunca vista, a ver si esta vez nos salva también.

Cuarta cuestión: LA ECONOMÍA. Porque la fiesta no es solo cuestión de adolescentes brincando y gringos bebiendo y tomando fotos. Es el evento turístico más importante de nuestra ciudad y provincia (por no decir el único) y del cual depende la economía del año entero de cientos de familias. Quiero hacer énfasis en esto: hay familias enteras que viven UN AÑO de lo que alcanzan a obtener en las fechas de las fiestas. Está claro que el Municipio no tiene una empresa de turismo, así que no pierde un Sucre, pero seamos consecuentes con el prójimo. Aunque sea en impuestos nos han de sacar después, pero generemos renta aunque sea una vez al año.

Quinta cuestión: LA PSICOLOGÍA. Yo no estudié psicología de masas, y creo que algunos de nuestros administradores tampoco. Sin embargo, creo lógico pensar que, si a un pueblo tenso y nervioso como hoy está Latacunga, no se le da su válvula de escape, esa tensión va a crecer con efectos insospechados. Recuerden otra cosa: ya nos dijeron que hay “alerta blanca” y que “no pasa nada”; ¿qué mensaje debemos entender, si nos quitan la Mama Negra “por la emergencia”?. Al final, tengan sindéresis: ¿hay emergencia o no?.

Y, bueno, así puedo ir sacando otras cosas que se nos van ocurriendo. No se que opine la UNESCO, o los diferentes Ministerios. O cómo nos maldecirán los centenares de extranjeros que ya tienen pasaje comprado para vivir nuestra fiesta, en coro con los propietarios de Hoteles que, rara vez, pueden llenarse como en Noviembre.

A la final, esta es solo mi opinión, que seguro será muy debatida pues opiniones en contra también habrá. Es mas, quien propuso eliminar la Mama Negra este año es un Concejal que no solo es colega, sino un bien conocido Latacungueño que, estoy seguro, sus argumentos tendrá. Lo único que estoy diciendo, en esta columna es que deben considerarse muchas cosas antes de suprimir un acto HISTÓRICO, CULTURAL Y PATRIMONIAL con posibles repercusiones a nivel casi planetario. Ubiquemos a nuestra Baltazara donde se merece: es una de las cinco mayores fiestas y celebraciones folklóricas de América, al nivel del Carnaval de Oruro y apenas menos vistosa que el de Rio de Janeiro. 

La Mama Negra es grande, enorme. Nuestra celebración se espera por cientos en Europa, Asia y Oceanía. Desde hace mucho perdimos el derecho de decidir sobre ella, sino que obtuvimos la responsabilidad y obligación de mantenerla íntegra y viva.

Insisto, no se que otras opiniones haya. Ojalá por lo menos por este tema se mueva la opinión local, visto que por otras cosas los vecinos guardan silencio. No se resentirá nadie, esto es solo mi palabra.


lunes, 3 de agosto de 2015

¿Y si me voy?




Cuando la vida nos da un revés, o cuando las fuerzas nos faltan, o cuando la esperanza se halla muy lejana y las soluciones se diluyen en desesperación e impotencia; no me digan que no, pero da ganas de salir corriendo. Y muchos estamos así. Ahora, no es que la vida de uno sea una novela mexicana, pero es que en nuestra Latacunga faltan muchas cosas, el movimiento financiero es lento, el comercio está en manos de unos pocos y las oportunidades de crecimiento son escasas.

Eso desespera a cualquiera.

Para los jóvenes profesionales que resolvimos regresar a nuestra tierra y radicarnos aquí, el escenario es cruel: nada cambia, el dinero no circula y la inversión siempre es alta y riesgosa. A esto, súmele una competencia desleal y la falta total de ideas en un mercado donde al mes de emprender, ya encuentra tres competidores haciendo lo mismo y regalando el trabajo.

Pero es que la situación no da para menos. No solo que hay menos oferta de empleo privado, sino que no hay circulante aún para iniciar proyectos aventureros. Y, luego, el que tiene un par de miles guardados y no sabe en qué invertir, pues no hace más que copiar el modelo del vecino. Verbigracia del taxismo, profesión noble de gente responsable y trabajadora, hoy plagada de mozalbetes maleducados que escasamente habrán accedido a un título de bachiller en alguna entidad educativa rural. Una gran parte ni siquiera son latacungueños.

No hay fobias ni odios en lo que digo, pero repito lo que vengo diciendo ya hace mucho: uno cuando va a casa ajena, acepta las costumbres del que lo recibe. Pero aquí nos hemos llenado de foráneos y se ha desfigurado la identidad latacungueña y el mismo concepto de latacungueñismo.

Qué se podía esperar, cuando el dueño de casa deja la casa abandonada, mientras los invitado –o no invitados- se adueñan de la propiedad.

En estas ideas estuve cuando me dio ganas de salir corriendo.

Por eso mismo decidí volver: a cuidar mi casa, mi ciudad. Y somos varios latacungueños que debimos salir por la falta de oportunidades y que hemos vuelto, no para buscar que hacer, sino para generar opciones.

Es un asunto generacional: nuestros abuelos construyeron esta ciudad; nuestros padres salieron de ella a buscar fortuna. Es tiempo de los nietos, para volver a devolver las oportunidades encontradas por nuestros padres, a la ciudad creada por nuestros abuelos y que acogerá a nuestros hijos, si no la destruyen antes los ajenos y oportunistas.

Es obligatorio para esta generación el retornar a su casa. No hay que despreciar a los forasteros, no; hay que ser benigno con el que acogemos y generoso con el turista. Pero fatal y furioso con quien se apropia o destruye nuestro hogar.

Y por eso no me voy: porque Latacunga me pertenece, es MI casa. Y por eso muchos están regresando y todos deben regresar: porque esta casa vieja es valiosa, y nos está pidiendo ayuda y cariño.

Por todo esto, no me voy; porque si me voy, se van llevando MI casa.

viernes, 31 de julio de 2015

El Champús!




Nos quedamos con ganas de más Papa. Para cuando el sacerdote llegó, la expectativa era gigante. Unos decían que iba a perdonar un año a los presos, otros creían que se les iba a hacer algún milagrito personal con solo verlo; muchos, incluyendo algunos paranóicos verdiaguados habían dicho que venía a “dejar armando” el golpe de Estado o que, cuando menos, los pelagatos golpistas iban a aprovechar la misa para dar el susto.

Los que no creemos mucho en cucos ni vamos a misas ni calculamos golpes de Estado aprovechamos para darnos un día libre -del trabajo normal- y dedicarnos a las más hermosas y distractivas labores domésticas pendientes (léase con todo el sarcasmo posible).

Pero, entre misas y erupciones volcánicas, en el Ecuador se está cocinando un futuro nefasto. Por un lado, según dicen, habría un golpe de Estado que acabaría con esta -supuesta- democracia en la que -supuestamente- vivimos; y, por otro lado, esta -supuesta- democracia está acabando con los recursos estatales mientras tensa la soga sobre el cuello de una -también supuesta- clase media que realmente es inexistente.

Lo del -supuesto- golpe de Estado ya ni asusta tanto, porque acá hemos derrocado hasta dos por año en algún momento; pero si asusta la posible reacción de un Gobierno demasiado acostumbrado al poder y a que nadie le contradiga, un Gobierno monocéfalo y descriteriado que vive de la repetición más o menos homogénea de consignas revanchistas y mentirosas.

El Cotopaxi tampoco asusta, porque estamos acostumbrados a las mentiras y es bastante posible que acabemos muriendo calcinados en plena “alerta blanca”. Y mientras las autoridades deciden que color ponerle a la alerta volcánica, el mercado inmobiliario se pone pálido y los constructores se ponen azules. ¡Viva la especulación, aunque sea a la baja!

Y mientras nos ponen en alerta colorada, nos desapercibimos de la emergencia real y más actual en Latacunga, ese fenómeno antinatural y degenerativo que plaga nuestra provincia entera: la ineptitud y conveniente negligencia de muchos administradores. Deberíamos estar más atentos al presupuesto y los contratos que se hacen en la ciudad, así como sus beneficiarios y el tipo de obras que acaban haciendo, en lugar de vivir de la farándula futbolera, tecnocumbiera y religiosa.

No me canso de decirlo: vecino, mientras usted ve la misa del Papa por la televisión, sus mismos gerentes se le van robando el crucifijo. Mientras se entretiene con el pésimo fútbol nacional, le hacen la goleada en su propio patio.

Tenemos tres problemas en pleno parque central: la erupción del Cotopaxi, la supuesta rebelión y el cubo de cascajo.

Si, un problema, porque nada funciona en el cubo de cascajo; y, lo poco que funcionaba, ha sido apartado sistemáticamente con el único fin de poder avanzar las obras que Latacunga tanto necesita, pero sin que se revisen como se debe.

Y lo más doloroso: Latacunga sigue sin un líder joven y, si alguno en algo se muestra, resulta ser que ni siquiera vive aquí y termina haciendo pura charla dogmática, por no decir demagogia.

No necesitamos políticos nuevos, sino proyectos nuevos. Necesitamos un nuevo concepto de Latacunga y Latacungueñismo, no un próximo Alcalde “light” o “new age” o “hipster” ni nada parecido. Un proyecto serio, con números y conceptos claros, con opciones reales, libre de megaobras de humo, teleféricos a la nada y columpios sin cuerda.

Necesitamos una revolución cultural y de identidad.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Sin ideas.




La idea es, por concepto, el primero y más obvio acto de la inteligencia humana que se circunscribe, en primer lugar, a la simple asimilación del concepto de algo, luego, se comprende como idea a la construcción mental de una imagen de un algo que, existente, puede ser inteligible y, si no existente, puede llegarse a factibilizar.

Entonces, la idea es, por supuesto, un acto meramente humano. La idea es, en definitiva lo que nos hace humanos y nos diferencia del resto de animales. De ella se devienen el genio, la imaginación, la aptitud, la capacidad, la perfección, la creatividad.

Sin ideas, la humanidad no existe.

Pero, alejémonos del primer concepto de idea, el de asimilar conceptos, pues eso es solo un acto casi osmótico. Tomemos a la idea como la fuente de creación. Quien crea es superior al resto, quien genera algo nuevo a partir de la nada es un superhumano y se acerca más a Dios.

Siguiendo esta lógica, la idea es el camino para la perfección del hombre, para su santificación en sentido genérico; el camino real para llegar a Dios, aún por sobre la oración, meditación o cualquier rito inventado por la gente.

Y por eso estamos así hoy, como estamos. Llegamos a un punto de nuestra involución, donde es más bien visto un ingeniero que un filósofo (con el mayor respeto y cariño a mis amigos técnicos). Vale más un buen petrolero que un sociólogo, un albañil que un especialista en feng shui. Todo es necesario, desde luego, pero el trabajo intelectual avanzado, la investigación de todas las ciencias, la observación de los fenómenos humanos no valen más que la capacidad de un niño para manejar una computadora.

Se avala al administrador que conoce de presupuestos, de números, de técnicas, de urbanística; pero no se califica su conocimiento sobre simplemente, cómo vivir bien y hacer que los otros vivan bien. ¿Que es mejor, un Máster o un PhD? ¿Es mejor el que sabe hacer, o el que sabe por qué y para qué se hace? Es ésta la diferencia entre el peón, el ingeniero, el arquitecto y el dueño de la casa que se construye: el peón sabe hacer muy bien las paredes, el ingeniero conoce el cómo deben ser colocadas para que no se caigan, el arquitecto le otorga un sentido estético, artístico si se quiere; pero el dueño de la casa, y solo él, sabe cómo van a vivir sus hijos dentro de ella. Luego, ¿quién de ellos tiene un conocimiento más importante?

Esto hay que aplicar en nuestra ciudad: para que nos administren, no busquemos peones que solo sepan mover las piedras para prodigar lucro, ni aún a técnicos capaces de construir puentes, aunque los construyan sobre desiertos; tampoco a artistas superficiales que se solacen en el aspecto de sus obras sin saber si son útiles para los demás; busquemos un dueños de casa, un latacungueño de corazón y raigambre, uno que sepa como se ha vivido en nuestra casa, y que tenga claro como se ha de vivir los próximos cincuenta o cien años.

A la final, un buen dueño de casa, bien puede contratar arquitectos, ingenieros y albañiles. A la final, todos ellos son necesarios, pero eso no quiere decir que ellos deban comandar al dueño de la casa.

Ya basta de tecnócratas que solamente saben “cómo hacer”; busquemos al que tenga claro el “para qué hacer”. Busquemos al que tenga limpia la idea de la Latacunga del futuro, al que ame esta tierra, al que regresó, al que nunca se fue, al que sufre cuando los ajenos rayan las paredes y cuando el propio no le reclama. Busquemos, justamente, al que tiene la mejor IDEA de Latacunga.

Dejemos algo en claro: hasta hoy, casi nadie tiene ni la mas remota idea de lo que mi ciudad es.


jueves, 14 de mayo de 2015

Cómo fabricar una ciudad.




Primero que nada, una ciudad no es una estructura de cemento; una ciudad es un concepto.

Los conceptos se construyen a partir de definiciones precisas de lo que se quiere significar a partir de una idea. En este orden, la idea “Latacunga”, ¿que significa, qué representa?. Una vez sepamos qué es lo que queremos representar a través de la idea “Latacunga”, debemos plasmar esas representaciones de forma organizada y suficientemente fácil de entender para todos. Luego, tenemos un concepto de “Latacunga”, y, ese concepto, puesto a la práctica, se convierte en lo que llamamos ciudad física o de cemento.

No se si me explico bien: una ciudad no es un conjunto de calles y casas más o menos organizadas alrededor de un parque. Una ciudad es un espíritu vivo, un concepto de vida y una forma de existir dentro de una Nación.

Ahí es donde nos estamos equivocando en la Administración de Latacunga. Tanto administradores como ciudadanos se entretienen en cómo reclamar y cómo hacer obras, mientras, entre puentes y bordillos, se pierde el verdadero concepto “Latacunga”. Y no estoy hablando de identidad, ni cultura, ni educación; ni siquiera de principios o valores. Estoy hablando, simplemente, de normas de convivencia.

Necesitamos un concepto claro de qué es Latacunga, cómo se vive aquí, cuáles son las normas de comportamiento que debemos tener, etcétera. La idea “Latacunga”, ¿viene con casas grises, blancas o de colores?, ¿tiene áreas de estacionamiento especiales?, ¿prefiere arquitectura incluyente?, ¿privilegia al peatón o al automovilista?, ¿propende a la construcción de casas o departamentos?, ¿como mira Latacunga a las mascotas y animales en general?, ¿queremos industria en Latacunga?, ¿cuáles son las políticas de transporte público, turismo, agua?...

Primero que nada, hay que hacer una lista enorme de preguntas, todas basadas en la convivencia diaria de los ciudadanos y las necesidades propias de las ciudades modernas. Como segundo paso, debemos responder esas preguntas. Una vez con las respuestas, las más simples posibles, las agrupamos según su temática. Con cada grupo de respuestas, nos avocamos a organizar políticas públicas locales, es decir, reglas generales sobre cada grupo de respuestas. Una vez con las políticas establecidas, es decir, con los principios generales y universales que regirán el concepto “Latacunga”, nos dedicamos a hacer un reglamento, igual, el más simple y lógico posible, para cada principio y, solo en los casos que sea estrictamente necesario, para alguna respuesta individual.

Adivinen qué: acabamos de hacer una ordenanza. ¿Ven? No es nada difícil.

Lo difícil es hacer entender al Administrador de turno, que no necesitamos “otra” ordenanza, sino una reconstrucción completa e integral de todo el sistema de ordenanzas de la ciudad: UNA RECOSTRUCCIÓN DEL CONCEPTO “LATACUNGA”.

Nos seguimos atorando en reglamentar “X” o “Y” situación, creando ordenanzas nuevas atiborrando de basura legislativa los archivos oficiales. No necesitamos más ordenanzas, necesitamos la recomposición completa del sistema administrativo de la ciudad, pronto, urgente, emergente. El sistema está mal, y cuando la misma estructura es deficiente, los elementos que soporta tampoco pueden ser eficientes, aunque quieran.

El concepto “Latacunga” está perdido entre un mar de regulaciones caducas o confusas, que han permitido y casi auspiciado una ciudad gris y desordenada. Seguimos viendo casas en grises, lotes vacíos y, aveces, una que otra vaca o puerquito en las zonas supuestamente urbanas.
Construir una ciudad es fácil, relativamente: primero tengan claro el concepto, luego, hagan reglas en torno a ese concepto. Si lo hacen bien, la parte física se irá reacomodando casi y por sí sola.

Pero en esto último está la clave: háganlo bien, con técnica legislativa y jurídica, con buena fe y, sobre todo, con sentido común. El resto, cae por su propio peso.


viernes, 8 de mayo de 2015

La misma cosa.



Pues ya es mediados de año, y del 2015. ¿Cuántos días han pasado, cuántos meses, cuántos años, desde la última vez que nos sentamos en una banca del parque Vicente León, a ver y analizar cómo está nuestra ciudad?

Es que ya no nos preocupamos de eso, simulamos que no nos interesa. Damos por hecho que las cosas están bien en Latacunga, pues a nuestra casa aún no entran los ladrones ni se nos ha caído el cielo encima. Todo está bien, mientras a mi no me toque.

Pero haga el ejercicio, vecino. Vaya al parque y siéntese en la banca que más le guste, busque hacia donde sale el sol, y revise ese pedacito de la ciudad. Vea bien lo que tiene al frente. ¿Que ve? En seguida me responderá que todo está bien, que todo está igual. Y ese es el punto, pues, vecino. ¿Cómo va a estar bien que las cosas sigan igual?

Vaya al parque, en serio, y vea, desde donde sale el sol hasta donde se oculta, todo sigue igual. La misma cosa es, hoy, que hace cinco o diez años. A veces cambian de pintura, a veces de nombre, a veces de olor; pero lo mismo es, sin duda.

En el mundo de la información y la velocidad, en nuestro país que ha cambiado Constitución, leyes, organismos y hasta matriz productiva en menos de una década, sorprende que la ciudad de los “sabios y grandes”, se muestre igual de ignorante y pequeña que hace cien años. Estamos mal.

Ya me dirán, que trato mal a la ciudad, y que atento al amor propio de lo vecinos. Pero hablemos latacungueño, hablemos frontal y claro sin vueltas. No tenemos idea ni nos interesa lo que pasa en la administración de nuestra ciudad. Ignoramos por voluntad o asqueo propio. Nuestra mente, en muchos casos, no quiere ir más allá de las necesidades mensuales, nuestras almas, parece, que no quieren ir más lejos que nuestras estrechas veredas y, pese a tanto condominio, lotización y conjunto habitacional bien o mal autorizado, el latacungueñismo no crece un ápice, sino entre unos pocos. Lo repito: ignorantes y pequeños. Así nos tienen.

¿Que dirian, si vieran cómo estamos hoy, por ejemplo, Ramírez Fita, Marco Aurelio Subía, Rumazo González, Varea Quevedo, Rafael Cajiao y hasta el mismo Vicente León?

Y si, de esos nombres, solo le suena el último, vaya a ver vecino, que mal latacungueño es usted.

Ya, levántese del sillón, por enésima vez le pido. Fabriquemos la ciudad que queremos, que nadie nos va a dar haciendo. Por eso seguimos como hace tanto tiempo, igual que siempre y peor que nunca.

Hablemos claro, hablemos latacungueño. Aceptemos, de frente y con vergüenza, que estamos en la misma cosa que antes.

Cambiemos todo. Cambiemos todos.





















miércoles, 22 de abril de 2015

Lo que hay entre los conos



Alguna vez, cuando más guambra, un amigo me dejó subirme a uno de esos enormes cabezales cargados de chorrocientas ruedas. Él estaba aprendiendo algunas habilidades para conducirlo y, en un ejercicio de parqueo, debía ubicar el monstruoso aparato entre una serie de conos naranjas. Yo, asustado, no podía ni considerar manera cómo encuadrar semejante animalón. Los conos se me hacían enormes. Parecía no haber solución.

Le pregunté a mi amigo cuál era el truco para conseguir tremenda hazaña, y me respondió algo bien simple: no hay que ver los conos.

Aunque en ese momento no entendí, hoy, que han pasado más de diez años, me he dado cuenta de cuánta razón hay en esa respuesta. Es que el consejo no sirve solo para parquear camiones, si no, para la vida entera.

Los conos no son parte del camino: el camino está entre los conos.

Desperdiciamos ingentes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo en lidiar con supuestos problemas que no son tales, en librarnos de obstáculos que no obstaculizan nada, en sufrir por los miles de peros que nos pone la vida, pero no nos damos cuenta que, todos ellos, están fuera del camino. Dejemos de ver los conos, y concentremos nuestro esfuerzo en lo que hay entre ellos: el espacio vacío por donde habremos de pasar nuestros logros.

Lo mismo pasa a nivel de gobierno y administración pública. Nos quedamos paradotes, viendo los conos, sin darnos cuenta de todo el espacio que tenemos para pasar. Estos son algunos “conos” típicos de la administración pública: “no hay presupuesto”, “la gente no hace”, “no van a cuidar”, “falta la sumilla”, “eso dejaron dañando los que estaban antes”....

Si no hay presupuesto, pues hay que generar ingresos de alguna manera; si la gente no hace, pues hago yo; si no van a cuidar, pues igual lo hago hasta que se aburran de dañar; si falta la sumilla, voy y la busco; si los de antes hicieron pendejadas, pues yo soy el llamado a solucionarlas. ¡Ese es el espacio que queda entre conos, y que nadie quiere ver!

Hay dos palabras que, mediante ordenanza o decreto supremo o lo que sea, deben PROHIBIRSE en Latacunga: “es-que” y “pero”.

Revira el hígado, cuando uno plantea alguna idea, recibir por respuesta, por ejemplo, “es-que nadie hace”, “pero igual no va a valer”, y otras parecidas. ¡Mediocres!¡Pusilánimes!. Hay que ser como el humilde aprendiz de albañil: si nadie hace, yo hago, y si mañana no va a valer, pues igual lo hago hoy, simplemente porque TIENE QUE hacerse. El aprendiz de albañil se saca el aire armando castillos, sin saber quién los va a ocupar, o si siquiera va a ser ocupado, o si mañana será derrocado, si quedará abandonado o si, realmente, la pared en la que se esmera llegará a ser un castillo algún día: lo hace, simplemente porque es su deber.

Vecinos, nos falta eso, nos falta sentido del deber. TENEMOS que hacer las cosas que TENEMOS que hacer, simplemente porque TENEMOS que hacerlas y porque TIENEN que estar hechas.

No nos importe si el de junto cumple o no, si el otro hace o no. Debemos hacerlo nosotros. Debo hacerlo yo.

Dejemos de ser indolentes. Pareciera que no nos importa nuestra casa, ni aún siquiera nuestra vida como ciudadanos.
Dejemos de perder el tiempo en conos, cuando el camino es amplio. Dejemos de alimentar problemas, cuando, a veces, ni siquiera hace falta resolverlos, sino solamente ignorarlos.

Seamos más objetivos y, sobre todo, proactivos.

viernes, 9 de enero de 2015

Año nuevo, vida nueva.


Primer lunes del año 2015. Muy emocionados estarán todos los que temían el fin del mundo, invasiones alienígenas y fatalidades globales. Muy desanimados estarán, en cambio, los que creían que, de un día para el otro, algún aspecto de su vida iba a cambiar.

Por ahí empezarán las promesas de gimnasios, comer sano, estudiar alguna carrera nueva o posgrado, ahorrar, casarse, cambiar de carro...  Lo que es yo, ya dejé de fumar, justo desde este día. Ahora, veamos cuánto nos dura.

Pero esperar un cambio completo en la forma en que se ha venido manejando la ciudad, así, de un día para el otro, es cosa de necios. Las cosas no funcionan así. Latacunga, ha venido siendo mal administrada durante décadas, y esta mala administración no solamente se debe a los propios administradores, sino al sistema mismo que vuelve a nuestra ciudad ingobernable.

Hablando de este sistema tenemos, por ejemplo, el mismo organigrama municipal y la distribución de su personal. Aún existen procesos internos que ocupan muchas personas y otros que requerirían más personal y mejor capacitado. Ni hablar de los policías Municipales, la mayoría de los cuales debieron haberse jubilado hace años ya, hay un par que son alcohólicos y, ninguno, tiene conocimientos mínimos de turismo local, inglés, ordenanzas aplicables a su trabajo y, peor, técnicas de trabajo conjunto con Policía Nacional y otros organismos.

Quedan pendientes para este año, por parte del Municipio algunas cosas. En definitiva, el GAD de Latacunga NOS QUEDA DEBIENDO, entre otros temas:

1. Una ordenanza adecuadamente codificada para el funcionamiento de la Policía Municipal, suficiente para normar un cuerpo casi independiente del Municipio, su organización, funcionamiento, capacitación, deberes y atribuciones, etc.

2. Una ordenanza que regule el aspecto exterior de las construcciones, incluyendo paredes laterales y fachadas, así como el tipo de arquitectura que se debe usar en las diferentes áreas de la ciudad, así como potenciar el trabajo del Comisario del ramo e imponer multas severas.

3. Reconstrucción y rehabilitación de plazas, pasajes y calles del centro histórico, principalmente.

4. Trabajo general de reestructuración de todo el sistema de ordenanzas existentes.

Estas cuatro cositas no son todo lo que está pendiente. Ni hablar del tema alcantarillado, pavimentación y vialidad, soterramiento de cables, proyectos turísticos y culturales, habilitación turística del cerro Putzalahua, mercados, zonificación, el problema de los comerciantes ilegales, potenciamiento de la insipiente industria local, equipamiento tecnológico, gobierno electrónico y muchas otras necesidades. Falta mucho en mi ciudad, y muchas de estas necesidades se verían cubiertas con obras que necesitan fuertes sumas de dinero que, hoy por hoy, Latacunga no tiene. Pero otras necesidades pueden resolverse con la mera voluntad política, un poco de amor por la llacta y, sobre todo, pantalones bien puestos.

Ya tuvieron, los administradores actuales, ocho meses para “ambientarse”. Queremos ver trabajo real, y queremos verlo en enero. Ya no hay excusas.

Que si algunos de los anteriores administradores actuaron mal en contra de la ciudad, pues reunamos la documentación necesaria, iniciamos juicios y reventemos a los malos ciudadanos, pero ya!
Que si no hay plata, pues iniciemos procesos intensivos de cobro de multas a los miles de vecinos que contravienen ordenanzas, verbigracia del asunto de tránsito. Cobremos esas multas y llevemos ese dinero a las arcas de la ciudad; pero ya!

Que si no hay turismo, entonces, organicemos a las organizaciones rurales, asociaciones de bares, guías de montañas y demás; armemos un buen proyecto, obtengamos fondos de organizaciones internacionales o, por último, levantemos a la ciudad en minga... pero ya, pues!

Año nuevo, energías nuevas, problemas viejos.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Ciudad tumoral




El tumor crece sin orden, sin medida y a velocidades diferentes para cada lado. El tumor no respeta los órganos vecinos, ni la vida del organismo que lo acoge, ni el sentir del ser que lo carga. El tumor es atentatorio, peligroso, fatal.

Un cuerpo plagado de tumores está destinado a la muerte y si sobrevive, está sentenciado al sufrimiento perpetuo, a la deformidad, a la fealdad y al dolor.

Ahora, sin ser médico, puedo decir que los tumores se causan por dos motivos: o sobran ciertos elementos en el cuerpo, o faltan otros que son indispensables.

No es muy diferente lo que sucede en nuestra Latacunga. Sobra indolencia, sobra pereza, avaricia, envidia, desinterés y negligencia. Falta amor propio, identidad, técnica y responsabilidad.

Vivimos en una ciudad que crece por cualquier lado y a cualquier velocidad, incluso, a cualquier costo. Es una ciudad tumoral, descoordinada y autodestructiva. Como tumores se dan, en nuestra tierra, los barrios y caseríos, los edificios, comercios, postes, canchas de voley y cuasi fabelas.

Con el mayor cariño a todos mis vecinos, pero hay cosas que nunca debieron haberse permitido en Latacunga: casas en grises y sin cerramineto, segundos y terceros pisos con volados que atentan al tendido eléctrico, barrios enteros como los que hay en sectores como de Sigsicalle Sur o Loma Grande y a los alrededores de Bethlemitas, igual que en Vásconez Cuvi, al sur de Rumipamba, donde, en general, faltan cerramientos y muchas obras han estado en grises durante años; y otros sectores que, seguro, no alcanzaría a enunciar.

Y, como siempre aquí salvo mi responsabilidad: no escribo en contra de ningún barrio; a la final, la gente construye lo que le alcanza y donde se le permite. A la postre, no es muy diferente lo que ocurre con algunas propiedades en sectores céntricos, incluso en zonas supuestamente pujantes como La Estación y El Salto.

Nuestros “médicos”, los Administradores de turno, no se han preocupado por curar estos tumores, sino que, al contrario, los han alimentado.

Vuelvo a decir, la culpa no es del que construye, pues hace lo que le alcanza y se le permite. La culpa es del que le permite. Nunca debieron aprobarse casas de tres pisos, donde ni siquiera hay calles. Jamás debió permitirse asentamientos de mediaguas con techos de zinc y plástico, a escasos metros metros del parque Ignacio Flores, por ejemplo.

Siempre he dicho, y me ratifico, que aún es temprano para criticar la labor de la actual Administración, misma que, hasta donde se, si ha realizado varios actos benéficos para la Ciudad. Pero también digo que ya es tiempo de empezar a hacer caer en cuenta de las situaciones que bien pueden solucionarse por fuera del presupuesto. Desde luego, el asunto que hoy tratamos es un tema subsanable con simples actos regulatorios y pantalones bien puestos.

Tampoco digo que los administradores sean cobardes, esta columna nunca pretende degradar a nadie, pero si insisto en que, en todo caso, hay cosas que pueden hacerse más rápido de lo que se hacen. Las sanciones a los incumplidores pueden empezar a imponerse de inmediato, con la ordenanza actual.

Conozco que existe toda la intención de realizar una reforma completa al sistema de ordenamiento territorial de la ciudad. Aplaudo muchísimo esta iniciativa, porque ya hacía falta; pero, mientras tanto, seguimos viviendo en una ciudad “en grises”. Algo habrá, seguro, que se puede hacer este rato, y no esperar hasta que el trabajo edilicio nos brinde la nueva organización.

A mis amigos Administradores de turno (que sobre todo, son mis amigos), les digo que si, hasta aquí, se han mostrado muy buenos, tienen la obligación de ser mejores; y si, esto es lo mejor que pueden dar, sigan siendo así de buenos, pero sean más rápidos.

Latacunga está al borde de la emergencia