El país se precipita al abismo a un ritmo frenético. Y hago
énfasis en el ritmo.
Para los que verdaderamente nos oprimen y explotan, hacer
que las cosas pasen rápido es estratégico. No tenemos tiempo ni siquiera de
comprender bien un problema, y ya tenemos otro en la puerta. Los políticos se
han dedicado a revolver el río, para que sus oscuros patrones (o ellos mismos)
puedan pescar a placer.
Y nuestra sociedad, sobrecargada con el lastre de los
políticos, no alcanza a reaccionar.
Creo que todos lo tenemos claro: quienes marcan el ritmo de
la inestabilidad en Ecuador son los políticos. Y se encargan de generar más
problemas de los que resuelven. Obviamente, si alguien da más problemas de los
que soluciona, es simplemente un inútil o un saboteador. Los ecuatorianos no
necesitamos ni uno ni otro.
Si, es obvio: el problema son los políticos. Hay que
librarnos de ellos.
Pero, sin ellos, ¿quién marcará el ritmo y dirección del
país?
En una sociedad realmente organizada, el ritmo del país se
marca por el egregor de sus habitantes. Una especie de conciencia común que,
representada sabiamente por quienes son elegidos para dirigir, nos da la pauta,
la línea y el paso.
Reconocernos diversos ha servido para concienciar sobre la
existencia del otro, del diferente. Pero también se ha tergiversado el concepto
al punto que carecemos de una identidad nacional unitaria y, por eso, no
tenemos conciencia común. Es necesario recrear el concepto de multiculturalidad
desde la unidad, y pelear férreamente con quienes difunden ideas separatistas.
Pero lo más urgente es cambiar nuestro sistema electoral,
para devolverle el poder de elegir al pueblo. Necesitamos una democracia más
simple, donde un voto valga un voto. No como hoy, que votamos en listas
cerradas, esas mismas listas se hacen con reglas de paridad, y finalmente, los
votos se reparten mediante métodos de asignación con antojadizas fórmulas
matemáticas elegidas a conveniencia de los políticos.
El resultado es obvio: no llegan al poder los que nosotros
queremos, sino los que el mismo sistema permite.
El Ecuador no podrá tener el ritmo que los ecuatorianos
queremos, si no nos dejan elegir a los administradores que nosotros queremos.
Nuestro país necesita reformas orgánicas y estructurales
profundas que solamente pueden hacerse desde la Asamblea. Si, es verdad que
también nos hará falta una nueva constitución, pero mientras eso sucede, bien
se puede hacer cambios normativos que subsanen las falencias del Estado. Desde
el legislativo se puede diseñar un aparataje legal que limite la injerencia
arbitraria de los tomadores de decisiones, a fin de que no decidan con la
barriga, sino sobre bases jurídicas y técnicas adecuadas.
Realmente podemos llenar todo un diario con ideas de qué se
puede mejorar. Sin embargo, difícilmente esas ideas llegarán a discutirse en
ningún círculo. Los políticos actuales no están interesados en soluciones, y la
gente del común no atiende estas discusiones porque los políticos nos tienen
ocupados en sobrevivir.
Así siendo, para cambiar el ritmo del Ecuador, primero hay
que cambiar el ritmo de los ecuatorianos Y para eso, obligatoriamente tenemos
que resolver el problema que la violencia oculta: el problema económico.
Hay que devolverle el poder económico y político a la gente.
Para lograr esto, es indispensable reducir el Estado, no
solamente en cuanto a despedir funcionarios y no gastar en tonterías, sino
lograr que el Estado tenga menos injerencia en la inversión privada. Un sistema
que permita un intercambio fluido y sin fricciones, tanto de productos como de
ideas, tecnología, conocimiento, dinero, información… Un país que no ponga
límites a sus ciudadanos.
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