Tras las jornadas vividas en el país estos últimos días, me
gustaría mucho tratar sobre asuntos preocupantes y de atención
inmediata. Sería necesario hablar, por ejemplo, del aprovechamiento
del estado de excepción para la gestión de cierto tipo de contratos
y crédito; del desabastecimiento generalizado, del alza de impuestos
o, incluso, de la patente incompetencia del personal del MIES que
maneja las donaciones y la práctica invisibilidad de la directora
provincial de esta cartera. Más cercano está el poco liderazgo de
la Alcaldía en este escenario y la preocupante evidencia de estar,
los latacungueños, totalmente faltos de preparación para cualquier
evento remotamente similar al de nuestros hermanos costeños.
Podemos tratar hoy, también, de la completa inoperancia de la
logística gubernamental y la necia posición de no permitir hacerse
cargo de esto al ejército. Otro tema colgante es el qué se va a
hacer con el crédito de ocho mil millones de dólares que se sacaron
del sombrero chino, así como el paquetazo tributario que no va a
servir los fines publicitados y todos los errores y horrores que son
conocidos por todos, merced a las redes sociales.
De todo eso podemos tratar, pero no, hoy no. Y no lo haremos por dos
motivos principales: primero, que en estado de excepción cualquier
comentario puede ser tomado al arbitrio del superman de turno, y no
vale “dar papaya” gratis; y segundo, que, simplemente, no es el
momento no estamos de genio para más malas noticias. Nos damos por
mal gobernados y punto, para qué ahondar el asunto. En todo caso,
después nos encargaremos de ustedes, burócratas.
Hoy necesitamos revisar lo que en el fondo, en el espíritu,
significó esta catástrofe natural. Y es que hemos visto lo más
importante, aunque toque tomar palabras del “más simpático”:
ningún ecuatoriano está solo. Somos, en el alma, los guardianes más
celosos del egregor de la minga, renacimos como pueblo unánime en
contra del desastre natural con fuerza nunca vista, pese a los muchos
desastres políticos que vivimos los últimos tiempos. Mientras llega
la ayuda internacional, en empaques bonitos y uniformizados, antes
que éstos, y en mayor cantidad estuvieron ya las conservas enlatadas
movilizadas a la costa desde las despensas más lejanas del país,
con notas de solidaridad escritas con marcador indeleble, las cartas
de los niños a sus coetáneos despojados, las redes sociales
bulliendo y los más fuertes viajando a brindar rescate, aún sin
formación ni entrenamiento y tan solo armados de su férrea voluntad
y el compartir del dolor de otro ecuatoriano.
Es que somos héroes, forjados en el fuego de los volcanes, aleación
de machetes y azadones fundidos y templados en aguas de lagunas y
mares. El ecuatoriano no es cualquier gente: somos especiales, raros,
únicos. Aguantamos más sufrimiento y opresión que ningún otro (lo
cual, de paso, es un defecto), pero no medimos limites en nuestra
voluntad cundo un hermano sufre y nos necesita.
¡Este es el fondo del asunto! No los políticos que viven para mal
parecer, como si sus cargos incluyeran esta obligación, sino
nosotros mismos, los ciudadanos, los ecuatorianos que hoy, como
siempre pero más que nunca, nos convertimos en falanges de un mismo
puño. Esta es la lección a aprender: siempre hemos estado juntos, y
juntos hemos vencido hasta las fuerzas naturales, cuando así hemos
deseado. Bajo nuestra voluntad conjunta se han rendido colonizadores,
opresores, ejércitos, caudillos y gobiernos enteros. ¡Al mundo
entero haríamos rendir si nos lo propusiéramos!Hoy, y a costa de la
vida de cientos de hermanos, hemos encontrado algo que nos han venido
quitando de a poco: la voluntad, la fuerza, el valor y la fe.
La tierra ha temblado para recordarnos el tipo de pueblo que somos,
para despertarnos. El precio de esta lección es alto: medio millar
de almas o más. No hagamos desperdicio de la sangre de nuestros
hermanos: aprendamos y aprendamos bien. ¡A despertar, ecuatoriano!
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