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jueves, 28 de marzo de 2019

Necesitamos Historia



Latacunga es una ciudad que crece aceleradamente. Cada año, miles de nuevos vecinos se nos unen, algunos, compartiendo las líneas de convivencia que siempre han caracterizado al latacungueño. La mayoría de los nuevos bienvenidos desconocen por completo el sentido y concepto de “latacungueñismo”.
Ahora, ya avocados a esto, ¿será que los que con orgullo nos decimos LATACUNGUEÑOS, conocemos también este concepto? Dudo.
Dudo bastante, porque yo mismo soy mashca de cepa, hijo de mashca, nieto de mashca. Algunas veces he utilizado, en este espacio, el término “latacungueñismo”, no siempre seguro si lo hago bajo mis propios paradigmas de comportamiento, mi ideal de latacungueño, o un verdadero sentimiento proveniente del conocimiento de mi ciudad. Siento, obvio, pasión por mi ciudad, pero no puedo estar seguro de amarla bien; esto, desde el paradigma de que no se puede amar algo que no se conoce.
¿Conocemos la ciudad? ¿Sabemos la historia real de nuestra fundación, de nuestros próceres, de nuestros personajes?
Mientras historiadores nacionales y locales, cronistas y coleccionistas se debaten entre detalles y microleyendas que más parecen anécdotas, en la mayor parte de nuestra historia local, no hay consenso; y, si lo hay, no lo conocemos. Los textos que contienen nuestra historia están en manos de unos pocos, en colecciones poco visitadas y, en ningún caso, en programas educativos.
Claro que también es mi culpa, porque pude siempre mostrar mayor interés, y buscar esos textos, interesarme en investigar. Pero, seamos sinceros, en nuestra comodidad, ¿no sería bueno que alguien nos enseñe, en lugar de ir a buscar?
Entiéndase que no me estoy excusando, de ningún modo. Solo digo que, es claro, que durante décadas nos hemos despreocupado de mantener nuestra memoria histórica. Es más, pareciera que hacemos todo lo posible por olvidar.
¿Por qué queremos olvidar? ¡Carajo! Tenemos antecedentes históricos riquísimos, llenos de intelectuales, próceres, héroes, escritores, políticos…
Cantamos lo de “filántropos, sabios y grandes” con la imagen de León en la cabeza, mientras desconocemos a Páez, Ramírez, Subía, Vásconez, Campi, Varea…
Un filántropo es quien dona algo a la caridad, porque tiene y puede, Más valor tiene, para mí, el que da sin tener nada, el que crea, el que genera, el que guía y libera. No hago de menos a León, cuya virtud de “tener bastante” ha permitido la existencia de esta ciudad; pero es evidente que debemos descobijarnos del paternalismo filantrópico pasado, para dedicarnos, también, a estudiar y recuperar otras dotes que siempre caracterizaron a los latacungueños, y que lo siguen haciendo, pero con menos “cobertura de prensa”. Siempre hubo, y sigue habiendo, entre los mashcas de otrora y hoy, grandiosos políticos, pintores, escritores, deportistas, científicos. Yo mismo conozco, gente de mi edad, escribiendo libros técnicos de mecánica aplicada, cursando estudios de motores espaciales y, un compañero de aula mío, dando charlas de matemática avanzada en el extranjero. Somos mashcas, eso somos. Somos grandes.
Regreso al título: necesitamos historia. Necesitamos recuperar nuestra historia perdida y, por sobre todo, necesitamos escribir nuestra historia futura. Todo latacungueño tiene, en su ser, y por la bendición de haber nacido en esta tierra, el potencial de ser leyenda.
Salgamos del sillón, de nuestra comodidad, de nuestro ostracismo y de nuestra autoinfringida ineptitud, que nuestra madre no se cambia la chalina sola!

viernes, 29 de julio de 2016

¿Qué mismo?



Nuestro Alcalde va de tumbo en tumbo. Primero que quería hacer el camal en tierras de valor histórico. Entonces muchos actores sociales brincamos por la ridiculez de esta idea y, finalmente, la razón parecía imponerse pues, además de absurdo, resultaría ser antitécnico. A la luz de estas obviedades, el Alcalde Sánchez da la buena noticia: el camal se construirá en tierras de Poaló, con el beneplácito de todos.

Pero la necedad se impone cuando, según se supo hace unos días, el burgomaestre insiste en su intención de atentar contra el patrimonio de los latacungueños.

Sabemos que hasta la fecha no se cuentan con los permisos para el proyecto, y que incluso habría problemas con los estudios que hasta ahora se han realizado, pero por sobre todo eso, la campaña de “socialización” ya arrancó.

¿Se socializa un proyecto que oficialmente no existe, que no cuenta con los permisos necesarios, y que muy pocos latacungueños aprobamos? Yo creo que es tiempo de optimizar los recursos, señor Alcalde. Insistir en la propuesta del camal en Tilipulo representa horas de trabajo y dinero de los contribuyentes invertidos en un capricho inviable e indeseado.

Elegimos administradores para que hagan lo que NOSOTROS queremos, no lo que se les pega la gana. Entiéndase esto de una vez: los barrios de 11 de Noviembre no quieren el camal en Tilipulo, mientras la gente de Poaló agradece la obra; del otro lado estamos frente a todos los Latacungueños que vemos peligrar la histórica hacienda. Si el administrador no hace lo que su gente desea, entonces ya no la representa.

Alcalde Sánchez, usted no me representa más. Si su administración se resume en dar paso a caprichos de grupos interesados, a cambio de algún apoyo político; o, a pelearse con los Concejales que no le dan presupuesto para las deudas de sus incapaces acólitos, o presentar alguna propuesta de ordenanza antitécnica y mal redactada y negar su palabra a vuelta del día, entonces ni siquiera es usted capaz de representar al espíritu del latacungueño.

Mientras todo esto sucede, pareciendo cortina de humo, porque el camal en Tilipulo simplemente no se va a hacer, nos descuidan de otro tema pendiente: el alcantarillado de la ciudad. ¿No lo sabían? Hay dineros pendientes de gestionarse por este tema, algo así como treinta millones de dólares, según los entendidos. Resulta que este capital debe ser recibido e invertido de manera inmediata, pues nuestra situación es notoriamente urgente.

Justo este tema no quiere, el Alcalde, poner en el orden del día de las sesiones del Concejo.

¿No será que “arrepentirse” de hacer el camal en Poaló es una cortinita de humo para entretenernos en un tema estéril, mientras se “coordinan” las cosas para el alcantarillado?

Espero que no sea así. Detestaría verificar que nuestra política local se ha contaminado de prácticas pútridas y deplorables.

Pero nosotros, los latacungueños, hemos crecido, ya no somos los de antes y, sobre todo, los que abrimos los ojos y tomamos interés en la ciudad cada día somos más. Y estamos vigilando.

Mucho cuidado, administradores, que cualquier certeza política es nula estando a puertas de comicios y, al final del día, la historia no perdona y los pueblos -ya no- olvidan. Si no saben cómo administrar mi ciudad, no hagan más ridículo. Renuncien.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Pienso, luego existo.



Cuando Descartes pensó en esto, en su trabajo “Discurso del método”, trataba de resumir en una sola consigna todo un circunloquio filosófico. En cristiano: existo porque pienso y en tanto soy capaz de tener una idea, estoy existiendo.

Pongámoslo más simple: mientras sea capaz de mantener una idea existiré. Ahora hagámoslo al contrario: sin ideas, no existo.

Nuestros mayores, y específicamente nuestros padres, de todas las generaciones, lo aceptaron como “piense antes de hacer”. Para nada es esto lo que Descartes quiso decir, pero sigue siendo un buen consejo.

Y volvemos a nuestros administradores, que no son capaces de seguir consejo técnico, ni consejo de viejo. Piensen antes de hacer, rogaría. Y me voy a referir a un par de “obritas” que, notoriamente, fueron hechas sin ser pensadas suficientemente.

Una de ellas, que ya hemos tratado, es el puente nuevo que baja por “la cuesta del hospital”, y que estaba supuesto para liberar del tráfico al puente angosto que hay, justamente, al final de esa cuesta; pero de todos modos, quienes acceden a ese puente desde la Panamericana terminan siendo redirigidos al mismo puente angosto. Resultado final: lo mismo, pero con otra vuelta.

Otra obrita boba es el baño público que hasta ahora intentan construir en el parque La Filantropía. Primero que daña terriblemente la estética del parque, segundo que se han tardado meses en construir y luego que es un gasto torpe, considerando que hay baterías sanitarias públicas a escasos cuarenta metros, en la plazoleta de San Agustín. ¿No pensaron en eso?

Pero la cereza del pastel es verde: una larga línea verde que lleva a ningún lado, pero que supuestamente nos iba a salvar la vida, pero que era completamente invisible en la noche. Hablo de las líneas de evacuación, que las hicieron color mate y tuvieron que volver a pintarlas con material retroreflexivo. ¿No se les ocurrió que también puede haber erupción en la noche? ¿Acaso el volcán cumple horas de oficina?

Pero hay obras que no ocurren porque no conviene. Como algunas obritas que solo llegan a barrios alejados cuando los lotes cambian de dueños. De eso conversaremos algún otro lunes.

Lo de hoy es clave, y muy grave. En Latacunga primero se hace, luego se piensa. Parecería que la obra que hay (que de entrada es poca y fea) se justifica en los puros números y no en realidades. Al final, lo mismo fue el Centro Comercial Popular de El Salto y lo que hoy es el CAC: par de elefantes blancos construidos con dineros de la gente sin un fin realmente provechoso. En el un caso, los pobres comerciantes han debido jugarse las del malabarista para hacer subsistir sus negocios; y, en el otro, no supieron administrar un negocio simple y les pareció mejor “revender” al gobierno central.

Ya lo hemos dicho antes, en nuestras administraciones últimas no hay ideas. Ya es suficientemente malo que no haya obras, pero que se gaste la plata de la gente en obras sin argumentos, es inaceptable.

Construimos sin estudios y sin utilidad. Actuamos sin pensar. Nos esforzamos por existir sin ideas.

Si Descartes nos viera, nos gritaría alertado lo que todos sabemos pero nos gusta jugar a olvidar: nuestra ciudad se está condenando a dejar de existir.
Piense, luego exista; porque si hace al revés, lo más posible es que termine con su casa pintada a rayas y con un enorme servicio higiénico en la sala.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Especulación




Dice el diccionario: “ESPECULACIÓN: Idea o pensamiento no fundamentado y formado sin atender a una base real.”
Somos una ciudad especulativa, puramente. Desde el chisme de la vecina hasta algunas decisiones de los administradores de turno se dan por puras ideas irreales e infundadas. En mi ciudad es peligroso andar en el carro con un acompañante del sexo opuesto, porque resulta casi obligatorio haber tenido alguna relación sentimental con esa persona. Si logramos tener algo de dinero en esta vida, pues seguramente tenemos negocios chuecos o estamos lavando dinero. SI somos exitosos en lo que hacemos, no puede ser que seamos inteligentes o capaces, sino que seguramente tenemos la palanca adecuada o comerciamos favores. ¡Puro cuento!

De la misma manera especulativa y loca que organizamos la evacuación de la ciudad, estamos ahora abandonando nuestras casas de siempre y pagando arriendos ridículos en cualquier otro lado que sea zona segura. Seguimos más interesados en las noticias que nos da el FaceBook que el IGM y nos enteramos que hubo presos y garroteados en las marchas por los “memes” e imágenes jocosas antes que por las noticias de la mañana. Sabemos más del juicio al marido de la Sharon que de la política local; nos importa más adónde correr que cómo salvar esta ciudad.

¡Especulador! Usted, vecino, si, usted: especulador. Usted que comenta lo que no sabe y afirma lo que no conoce. Usted que se atreve a dar consejo sobre el Cotopaxi sin haber ni siquiera leído el último reporte técnico.

¡Ladrón! Usted, que ya subió los precios de su tienda y que dice que “todo está caro” cuando sigue comprando a su distribuidor al mismo precio y haciendo lucro infame, abusando del susto e ignorancia de su propio hermano latacungueño.

Otro especulador es el comerciante de fuera, que llega a nuestra ciudad solamente a fomentar el desorden, a competir deslealmente y a destruir la frágil economía de quienes ejercen el comercio legalmente.

Pero no me quedo en los comerciantes ilegales, pues otros especuladores son algunas grandes cadenas comerciales que, llegadas a nuestra ciudad hace poco y habiendo sido recibidos con alegría, hoy nos duplican y hasta triplican los precios de algunas mercaderías específicas, como si no nos diéramos cuenta.

Pero ideas y pensamientos no fundamentados es lo que más hay en la administración de las últimas décadas de nuestra ciudad. ¡La misma ciudad es prueba de ello! El puente nuevo, por ejemplo, ese que está junto al hospital, ¿no tenía por finalidad desahogar el paso por los “dos puentes”? Y qué sucede ahora, si de todos modos el tráfico de este obra se redirige a la cuesta del Molino Poultier. Y para ello tuvieron que modificar varias veces el sentido y geometría de las calles. Quedó claro que primero se hizo la obra y luego los estudios de tránsito, o los hicieron mal.

Nos encanta el chisme y la desinformación. Somos especulativos. Nos estamos mostrando al mundo como poco reflexivos e ignorantes. ¡Qué vergüenza!

Acá no hay solidaridad, ni un mínimo sentido de buena vecindad o compasión por el prójimo. El que pudo ya huyó, el que pueda huirá y al que mejor le fue ni siquiera vive aquí porque se acomodó en cualquier otra ciudad y se olvidó de su cuna.

Y así está la cuna de los filántropos sabios y grandes: despoblada de sus hijos y llena de gorgojos.

Así vivimos hoy, en lo que otro día fue el centro del país: totalmente apartados de cualquier avance social, medio incultos y medio ignorantes. Dependientes y a la vez promotores del qué dirán, flojos de acción y ligeros de lengua. Lo mismo aplica para la clase política, si es que hay una.

Ah, cierto, la clase política local, ¿qué opinará? Ni se le ha visto.

martes, 9 de junio de 2015

Flores, en vida.




Casi todos tenemos a quien dejar flores, en el cementerio. Pero todos, eso si, tenemos alguien a nuestro lado a quien no le hemos dado un regalito hace mucho. ¿De qué sirven las flores para los muertos, si no están ya para disfrutarlas?

¡En vida, vecino! En vida dé todo lo que de usted tenga, a quien usted ame y a quien lo merezca. Dé todo, siempre dé todo, no se guarde nada, que si se lo guarda, a donde seguro usted va a ir no se lo puede llevar, y si insiste en su egoísmo, pues tampoco habrá quién le lleve sus flores al panteón.

El que da es un héroe a los ojos del que recibe. Por eso hay que dar mucho, porque si se da poco, solo es limosna. Usted no le da limosnas a sus hijos. Su madre no le ha dado migajas sino su vida entera; pero nosotros insistimos en no dar nada a nuestra madre.

Ya me caerán todos encima, pues seguro habrán gastado fuertes sumas en festejos y obsequios para su progenitora; hace poco pasamos el día de las madres y parecería ilícito de mi parte, hoy, recriminarle a usted, vecino, su egoísmo para con mamita.

Pero no seamos estrechos de mente. Hay una madre que nos ha dado todo, que nos cobija todas las noches y nos alegra todas las mañanas; que nos vio nacer y, si el Gran Hacedor lo permite, nos verá morir. A esa madre, ni una flor le hemos dado.

Latacunga es, en efecto, una madre noble y generosa. Tan generosa que provee hasta a quienes no son sus hijos. Nosotros, en defecto, somos hijos ingratos.

Hace ya casi un año, un grupo de latacungueños regaló flores al pasaje de la Padre Salcedo. Hoy, pocas de esas plantas viven. Sin embargo, hay otras, nuevas. Los vecinos del sector se han preocupado por renovar ese regalo y, así, se han convertido ellos mismos en los héroes de su cuadra.

Pero el resto de gente no copia el gesto.

¿Hace falta que nuestra ciudad esté agónica, para que le ofrendemos una flor?

Latacunga está desapareciendo como concepto. La ciudad de hace quince años ya no existe, y de ella ni chagrillo ha quedado. Sus hijos han salido de casa y no han vuelto. Los ajenos han usurpado nuestro patrimonio y han construido chozas sobre los restos de nuestro Edén.

Pero estamos a tiempo. La ciudad aún no ha muerto, pese a los esfuerzos de muchos y al insolente quemeimportismo de lo administradores de turno. Latacunga está viva, enferma, pero viva. Los que parecemos muertos somos los Latacungueños.

Pero hay que resistirse a esa ficción: no estamos muertos.

Pero quietos tampoco servimos.

Es momento de movernos. Ya es hora de retomar la ciudad, de recrearla y refundarla, si hiciera falta.

Pero, mientras todos esperan una gran revolución con armas y sangre y todo lo demás de las películas, esquivamos la verdadera simplicidad con la que las cosas cambian. Es posible cambiar el mundo con un acto pequeño. Es fácil alegrar a una madre con un obsequio diminuto.

¿Cuesta mucho una flor, como para que Latacunga no la merezca como obsequio?

Eso es todo lo que se necesita, vecino. Ahora, haga su parte: una flor en el balcón.

Flores para Latacunga, ahora, en vida. Antes que muera.


miércoles, 20 de mayo de 2015

Sin ideas.




La idea es, por concepto, el primero y más obvio acto de la inteligencia humana que se circunscribe, en primer lugar, a la simple asimilación del concepto de algo, luego, se comprende como idea a la construcción mental de una imagen de un algo que, existente, puede ser inteligible y, si no existente, puede llegarse a factibilizar.

Entonces, la idea es, por supuesto, un acto meramente humano. La idea es, en definitiva lo que nos hace humanos y nos diferencia del resto de animales. De ella se devienen el genio, la imaginación, la aptitud, la capacidad, la perfección, la creatividad.

Sin ideas, la humanidad no existe.

Pero, alejémonos del primer concepto de idea, el de asimilar conceptos, pues eso es solo un acto casi osmótico. Tomemos a la idea como la fuente de creación. Quien crea es superior al resto, quien genera algo nuevo a partir de la nada es un superhumano y se acerca más a Dios.

Siguiendo esta lógica, la idea es el camino para la perfección del hombre, para su santificación en sentido genérico; el camino real para llegar a Dios, aún por sobre la oración, meditación o cualquier rito inventado por la gente.

Y por eso estamos así hoy, como estamos. Llegamos a un punto de nuestra involución, donde es más bien visto un ingeniero que un filósofo (con el mayor respeto y cariño a mis amigos técnicos). Vale más un buen petrolero que un sociólogo, un albañil que un especialista en feng shui. Todo es necesario, desde luego, pero el trabajo intelectual avanzado, la investigación de todas las ciencias, la observación de los fenómenos humanos no valen más que la capacidad de un niño para manejar una computadora.

Se avala al administrador que conoce de presupuestos, de números, de técnicas, de urbanística; pero no se califica su conocimiento sobre simplemente, cómo vivir bien y hacer que los otros vivan bien. ¿Que es mejor, un Máster o un PhD? ¿Es mejor el que sabe hacer, o el que sabe por qué y para qué se hace? Es ésta la diferencia entre el peón, el ingeniero, el arquitecto y el dueño de la casa que se construye: el peón sabe hacer muy bien las paredes, el ingeniero conoce el cómo deben ser colocadas para que no se caigan, el arquitecto le otorga un sentido estético, artístico si se quiere; pero el dueño de la casa, y solo él, sabe cómo van a vivir sus hijos dentro de ella. Luego, ¿quién de ellos tiene un conocimiento más importante?

Esto hay que aplicar en nuestra ciudad: para que nos administren, no busquemos peones que solo sepan mover las piedras para prodigar lucro, ni aún a técnicos capaces de construir puentes, aunque los construyan sobre desiertos; tampoco a artistas superficiales que se solacen en el aspecto de sus obras sin saber si son útiles para los demás; busquemos un dueños de casa, un latacungueño de corazón y raigambre, uno que sepa como se ha vivido en nuestra casa, y que tenga claro como se ha de vivir los próximos cincuenta o cien años.

A la final, un buen dueño de casa, bien puede contratar arquitectos, ingenieros y albañiles. A la final, todos ellos son necesarios, pero eso no quiere decir que ellos deban comandar al dueño de la casa.

Ya basta de tecnócratas que solamente saben “cómo hacer”; busquemos al que tenga claro el “para qué hacer”. Busquemos al que tenga limpia la idea de la Latacunga del futuro, al que ame esta tierra, al que regresó, al que nunca se fue, al que sufre cuando los ajenos rayan las paredes y cuando el propio no le reclama. Busquemos, justamente, al que tiene la mejor IDEA de Latacunga.

Dejemos algo en claro: hasta hoy, casi nadie tiene ni la mas remota idea de lo que mi ciudad es.


jueves, 14 de mayo de 2015

Cómo fabricar una ciudad.




Primero que nada, una ciudad no es una estructura de cemento; una ciudad es un concepto.

Los conceptos se construyen a partir de definiciones precisas de lo que se quiere significar a partir de una idea. En este orden, la idea “Latacunga”, ¿que significa, qué representa?. Una vez sepamos qué es lo que queremos representar a través de la idea “Latacunga”, debemos plasmar esas representaciones de forma organizada y suficientemente fácil de entender para todos. Luego, tenemos un concepto de “Latacunga”, y, ese concepto, puesto a la práctica, se convierte en lo que llamamos ciudad física o de cemento.

No se si me explico bien: una ciudad no es un conjunto de calles y casas más o menos organizadas alrededor de un parque. Una ciudad es un espíritu vivo, un concepto de vida y una forma de existir dentro de una Nación.

Ahí es donde nos estamos equivocando en la Administración de Latacunga. Tanto administradores como ciudadanos se entretienen en cómo reclamar y cómo hacer obras, mientras, entre puentes y bordillos, se pierde el verdadero concepto “Latacunga”. Y no estoy hablando de identidad, ni cultura, ni educación; ni siquiera de principios o valores. Estoy hablando, simplemente, de normas de convivencia.

Necesitamos un concepto claro de qué es Latacunga, cómo se vive aquí, cuáles son las normas de comportamiento que debemos tener, etcétera. La idea “Latacunga”, ¿viene con casas grises, blancas o de colores?, ¿tiene áreas de estacionamiento especiales?, ¿prefiere arquitectura incluyente?, ¿privilegia al peatón o al automovilista?, ¿propende a la construcción de casas o departamentos?, ¿como mira Latacunga a las mascotas y animales en general?, ¿queremos industria en Latacunga?, ¿cuáles son las políticas de transporte público, turismo, agua?...

Primero que nada, hay que hacer una lista enorme de preguntas, todas basadas en la convivencia diaria de los ciudadanos y las necesidades propias de las ciudades modernas. Como segundo paso, debemos responder esas preguntas. Una vez con las respuestas, las más simples posibles, las agrupamos según su temática. Con cada grupo de respuestas, nos avocamos a organizar políticas públicas locales, es decir, reglas generales sobre cada grupo de respuestas. Una vez con las políticas establecidas, es decir, con los principios generales y universales que regirán el concepto “Latacunga”, nos dedicamos a hacer un reglamento, igual, el más simple y lógico posible, para cada principio y, solo en los casos que sea estrictamente necesario, para alguna respuesta individual.

Adivinen qué: acabamos de hacer una ordenanza. ¿Ven? No es nada difícil.

Lo difícil es hacer entender al Administrador de turno, que no necesitamos “otra” ordenanza, sino una reconstrucción completa e integral de todo el sistema de ordenanzas de la ciudad: UNA RECOSTRUCCIÓN DEL CONCEPTO “LATACUNGA”.

Nos seguimos atorando en reglamentar “X” o “Y” situación, creando ordenanzas nuevas atiborrando de basura legislativa los archivos oficiales. No necesitamos más ordenanzas, necesitamos la recomposición completa del sistema administrativo de la ciudad, pronto, urgente, emergente. El sistema está mal, y cuando la misma estructura es deficiente, los elementos que soporta tampoco pueden ser eficientes, aunque quieran.

El concepto “Latacunga” está perdido entre un mar de regulaciones caducas o confusas, que han permitido y casi auspiciado una ciudad gris y desordenada. Seguimos viendo casas en grises, lotes vacíos y, aveces, una que otra vaca o puerquito en las zonas supuestamente urbanas.
Construir una ciudad es fácil, relativamente: primero tengan claro el concepto, luego, hagan reglas en torno a ese concepto. Si lo hacen bien, la parte física se irá reacomodando casi y por sí sola.

Pero en esto último está la clave: háganlo bien, con técnica legislativa y jurídica, con buena fe y, sobre todo, con sentido común. El resto, cae por su propio peso.


viernes, 8 de mayo de 2015

La misma cosa.



Pues ya es mediados de año, y del 2015. ¿Cuántos días han pasado, cuántos meses, cuántos años, desde la última vez que nos sentamos en una banca del parque Vicente León, a ver y analizar cómo está nuestra ciudad?

Es que ya no nos preocupamos de eso, simulamos que no nos interesa. Damos por hecho que las cosas están bien en Latacunga, pues a nuestra casa aún no entran los ladrones ni se nos ha caído el cielo encima. Todo está bien, mientras a mi no me toque.

Pero haga el ejercicio, vecino. Vaya al parque y siéntese en la banca que más le guste, busque hacia donde sale el sol, y revise ese pedacito de la ciudad. Vea bien lo que tiene al frente. ¿Que ve? En seguida me responderá que todo está bien, que todo está igual. Y ese es el punto, pues, vecino. ¿Cómo va a estar bien que las cosas sigan igual?

Vaya al parque, en serio, y vea, desde donde sale el sol hasta donde se oculta, todo sigue igual. La misma cosa es, hoy, que hace cinco o diez años. A veces cambian de pintura, a veces de nombre, a veces de olor; pero lo mismo es, sin duda.

En el mundo de la información y la velocidad, en nuestro país que ha cambiado Constitución, leyes, organismos y hasta matriz productiva en menos de una década, sorprende que la ciudad de los “sabios y grandes”, se muestre igual de ignorante y pequeña que hace cien años. Estamos mal.

Ya me dirán, que trato mal a la ciudad, y que atento al amor propio de lo vecinos. Pero hablemos latacungueño, hablemos frontal y claro sin vueltas. No tenemos idea ni nos interesa lo que pasa en la administración de nuestra ciudad. Ignoramos por voluntad o asqueo propio. Nuestra mente, en muchos casos, no quiere ir más allá de las necesidades mensuales, nuestras almas, parece, que no quieren ir más lejos que nuestras estrechas veredas y, pese a tanto condominio, lotización y conjunto habitacional bien o mal autorizado, el latacungueñismo no crece un ápice, sino entre unos pocos. Lo repito: ignorantes y pequeños. Así nos tienen.

¿Que dirian, si vieran cómo estamos hoy, por ejemplo, Ramírez Fita, Marco Aurelio Subía, Rumazo González, Varea Quevedo, Rafael Cajiao y hasta el mismo Vicente León?

Y si, de esos nombres, solo le suena el último, vaya a ver vecino, que mal latacungueño es usted.

Ya, levántese del sillón, por enésima vez le pido. Fabriquemos la ciudad que queremos, que nadie nos va a dar haciendo. Por eso seguimos como hace tanto tiempo, igual que siempre y peor que nunca.

Hablemos claro, hablemos latacungueño. Aceptemos, de frente y con vergüenza, que estamos en la misma cosa que antes.

Cambiemos todo. Cambiemos todos.





















miércoles, 22 de abril de 2015

Lo que hay entre los conos



Alguna vez, cuando más guambra, un amigo me dejó subirme a uno de esos enormes cabezales cargados de chorrocientas ruedas. Él estaba aprendiendo algunas habilidades para conducirlo y, en un ejercicio de parqueo, debía ubicar el monstruoso aparato entre una serie de conos naranjas. Yo, asustado, no podía ni considerar manera cómo encuadrar semejante animalón. Los conos se me hacían enormes. Parecía no haber solución.

Le pregunté a mi amigo cuál era el truco para conseguir tremenda hazaña, y me respondió algo bien simple: no hay que ver los conos.

Aunque en ese momento no entendí, hoy, que han pasado más de diez años, me he dado cuenta de cuánta razón hay en esa respuesta. Es que el consejo no sirve solo para parquear camiones, si no, para la vida entera.

Los conos no son parte del camino: el camino está entre los conos.

Desperdiciamos ingentes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo en lidiar con supuestos problemas que no son tales, en librarnos de obstáculos que no obstaculizan nada, en sufrir por los miles de peros que nos pone la vida, pero no nos damos cuenta que, todos ellos, están fuera del camino. Dejemos de ver los conos, y concentremos nuestro esfuerzo en lo que hay entre ellos: el espacio vacío por donde habremos de pasar nuestros logros.

Lo mismo pasa a nivel de gobierno y administración pública. Nos quedamos paradotes, viendo los conos, sin darnos cuenta de todo el espacio que tenemos para pasar. Estos son algunos “conos” típicos de la administración pública: “no hay presupuesto”, “la gente no hace”, “no van a cuidar”, “falta la sumilla”, “eso dejaron dañando los que estaban antes”....

Si no hay presupuesto, pues hay que generar ingresos de alguna manera; si la gente no hace, pues hago yo; si no van a cuidar, pues igual lo hago hasta que se aburran de dañar; si falta la sumilla, voy y la busco; si los de antes hicieron pendejadas, pues yo soy el llamado a solucionarlas. ¡Ese es el espacio que queda entre conos, y que nadie quiere ver!

Hay dos palabras que, mediante ordenanza o decreto supremo o lo que sea, deben PROHIBIRSE en Latacunga: “es-que” y “pero”.

Revira el hígado, cuando uno plantea alguna idea, recibir por respuesta, por ejemplo, “es-que nadie hace”, “pero igual no va a valer”, y otras parecidas. ¡Mediocres!¡Pusilánimes!. Hay que ser como el humilde aprendiz de albañil: si nadie hace, yo hago, y si mañana no va a valer, pues igual lo hago hoy, simplemente porque TIENE QUE hacerse. El aprendiz de albañil se saca el aire armando castillos, sin saber quién los va a ocupar, o si siquiera va a ser ocupado, o si mañana será derrocado, si quedará abandonado o si, realmente, la pared en la que se esmera llegará a ser un castillo algún día: lo hace, simplemente porque es su deber.

Vecinos, nos falta eso, nos falta sentido del deber. TENEMOS que hacer las cosas que TENEMOS que hacer, simplemente porque TENEMOS que hacerlas y porque TIENEN que estar hechas.

No nos importe si el de junto cumple o no, si el otro hace o no. Debemos hacerlo nosotros. Debo hacerlo yo.

Dejemos de ser indolentes. Pareciera que no nos importa nuestra casa, ni aún siquiera nuestra vida como ciudadanos.
Dejemos de perder el tiempo en conos, cuando el camino es amplio. Dejemos de alimentar problemas, cuando, a veces, ni siquiera hace falta resolverlos, sino solamente ignorarlos.

Seamos más objetivos y, sobre todo, proactivos.

martes, 11 de noviembre de 2014

Zombie City




Hace unos días, conversaba con mi amigo Mauricio, más conocido como “El Gringo”, propietario y administrador del café El Gringo y la Gorda, muy conocido en nuestra ciudad, y también un ocupado activista pro-Latacunga. Nuestra charla se enfrascaba en las varias propuestas de algunos activistas para hacer cambios, obras y otros trabajos voluntarios a favor de la ciudad, entre ellos, el Plan Geranio de Operación Latacunga. Veíamos que muchas de estas propuestas, que los jóvenes realizan desinteresadamente, no encuentran eco en los vecinos. La gente no dona, no se vincula, no se interesa. Casi todos se restringen a una gris felicitación: “que bien muchachos, sigan así”. Pero pocos ayudan.

Dijo el Gringo: están dormidos, amortiguados, no son malas personas, solo son zombies.

Entonces, aprendí (entendí) otra cosa sobre nuestra ciudad: somos una ciudad de zombies, la “zombie city”, como hubiera dicho el Gringo.

De nuevo, pido disculpas a los susceptibles, pero es verdad. Igual, pido disculpas por generalizar, porque nunca es bueno, pero es general.

Ahora, para los que no saben, un zombie es un muerto viviente, un ser que parece estar vivo, pero se mueve solamente por alimento, no entiende, no sabe, no quiere ni le interesa otra cosa que no sea su alimento. Por eso no cae mal el apelativo de zombie a muchos de nuestros vecinos, pues cuando se les propone participar de algo, luego de su hipócrita felicitación, se alejan pensando en cómo llegar a fin de mes, en las cuentas pendientes y en el desenlace de su programa de TV favorito. ¿Vieron? Son zombies, seres que no se preocupan más que por tener lo suficiente para pagar sus cuentas y llenar su refrigerador. La mayoría de ellos no tienen un criterio estructurado de lo que sucede en la ciudad, desconocen el trabajo de los administradores y, si ven algo mal, son incapaces de buscar solución, mientras ese mal no les golpee en la cara.

El mayor problema con una ciudad de muertos vivientes es que deja mucho espacio para los vivos, para los vivísimos. Muchos de ellos nos han gobernado y bastantes más se han beneficiado de alguna manera de nuestra ciudad. Es que es fácil lidiar con zombies: solo se les da un pedazo de carne para que entretengan la barriga, e inmediatamente descuidan todo lo demás.

Esto pasa en nuestra Latacunga, cuando la mayoría se cree feliz con un trabajito más o menos bien remunerado, pan y leche para el desayuno y nadie que se meta con uno. Esto pasa en sociedades donde la mayor aspiración de un joven es el cargo burocrático. Así mueren los pueblos en los que los elementos económicamente activos dejan de producir y se dedican a consumir. Así mueren las culturas que dejan de interesarse en, justamente, su cultura.

Con pan y circo acabaron con el pueblo de Roma; a nosotros, ni circo nos dan. ¿Es que somos tan básicos y fáciles de utilizar? ¿Es que dejamos de ser ciudadanos, para convertirnos en esclavos serviles?

El esclavo come y no opina. Trabaja para comer y calla lo que siente y piensa, para poder seguir comiendo. El ciudadano es libre, defiende su ciudad y se comporta conforme piensa y cree.

Decida, vecino: es ciudadano o esclavo. Es hombre o zombie.

martes, 1 de octubre de 2013

Breve Historia del Palacio Municipal de Latacunga



Por: Paúl García Lanas


En el primer plano que se conoce de la vieja ciudad de Tacunga, en 1587 cuando era un tambo de vital importancia para la Real Audiencia de Quito por la producción de sus obrajes urbanos y rurales, se observa la traza urbana “dameral” primitiva con una distribución espacial tal cual como ha permanecido hasta la actualidad en sus espacios más importantes, es decir, en un trazado que conserva los sitios donde están ubicadas las más importantes edificaciones como iglesias, gobernación y residencias de relieve como la del Marqués de Maenza, Manuel Matheu, en la esquina de las calles Quito y Padre Salcedo, que hace 300 años era la única construcción de tres pisos en la ciudad.
El espacio destinado a lo que hoy ocupa el palacio Municipal de Latacunga era una residencia real del Cacique Sancho Hacho de Velasco, años más tarde era la casa de la familia Ramírez y Fita, donde nacería el afamado presbítero Cayetano Ramírez Fita, quien formaría parte de la política y Constituciones del siglo XIX, específicamente en la elaboración de la primera en 1830 como lo testimonian los documentos respectivos, especialmente la publicación del historiador Patricio Muñoz Valdivieso en uno de los Boletines de la Academia Nacional de Historia.
Siguiendo con el tema, a finales del siglo XIX la propiedad privada central de la ciudad de Latacunga, estaba muy bien distribuida, en base a su estructuración primitiva ya anotada, al sur la Iglesia Matriz y el estanco “real”, al norte las residencias de las familias Iturralde Irazabal, Maya Naranjo y Rivas Gallo, al oriente las de las familias Ramírez Fita, Vasconez Cuvi y Teran Arellano, al occidente, la citada casa que fuera del Marqués de Maenza, en aquella época de la familia Pazmiño Cardenas, junto a ella, el Asilo de Beneficencia “Estupiñán”, hacia el sur la casa de la familia Narváez Vasconez y la Casa de Gobierno que en el siglo XIX era el figón de la heroína Baltazara Terán.
Se iniciaba el primer decenio del siglo XX, y el Cabildo estaba presidido por el latacungueño Angel Subía Urbina, quien fue motivado para hacer realidad la construcción de una Casa del Cabildo, pues hasta entrado el siglo referido, la casa municipal y/o parroquial estaba ubicada junto a la hoy Curia Diocesana, es decir en la calle “Sánchez de Orellana”.
En Quito, estaba de “moda”, por así decirlo un afamado profesional de la arquitectura, que era catedrático en la Escuela de Bellas Artes llamado Raúl María Pereira Alves, éste fue llamado por el Cabildo latacungueño para que elabore un proyecto de un gran Palacio Municipal para la ciudad de Latacunga, pero, quien era Pereira, sepamos algo al respecto.
Raúl María Pereira nació en Portugal en 1876, estuvo en Ecuador para ser Maestro de la Escuela de Bellas Artes, se casó en Guayaquil en 1914 con Elvira de Veintemilla Vivanco, pariente cercana del ex Presidente Ignacio de Veintemilla, cuando en Quito, Pereira planificó el actual Ministerio de Defensa, que a inicios del siglo XX era el Palacio para la Exposición Universal aquí desarrollada, fue un gran artista plástico, pues retrató a 43 próceres de la Independencia de Guayaquil, retratos que están ubicados en el Museo Municipal del Puerto Principal, ciudad donde construyó la antigua biblioteca del Cabildo.
Partieron a Lima los esposos Pereira Veintemilla, pues la familia de la novia tenía allí parientes cercanos, fue allí diplomático y construyó varias residencias hasta su fallecimiento en 1933. Una nieta suya, Mariel Delucchi Pereira, visitó Latacunga hacia el año 2000, y se entrevistó con el historiador Paúl García Lanas, quien le indicó detalles documentales de la construcción del Palacio Municipal de Latacunga, que a criterio de ella, es la construcción más completa de las proyectadas por su abuelo, pretendía la señora Delucchi escribir una obra histórica acerca de la vida y obra de su ilustre abuelo.
Pereira fue contratado por el Cabildo de Latacunga a mediados del año 1910 para que elabore el proyecto del Palacio Municipal, cuando Pereira visitó esta ciudad, se alojó, según el citado historiador García, en casa de la familia Custode, a pocos pasos del parque central, se desconoce el monto de la contratación, pues los folios correspondientes no se encuentran en el archivo de la Secretaría del Municipio.
Sin embargo se sabe que se contrató además al Ingeniero Federico Páez, quien fuera Presidente del Ecuador en 1937, para que elabore los planos que le correspondían a su profesión, es decir planos ahora llamados estructurales, contratado Páez a un valor de 400 sucres (cuatrocientos sucres), se sabe además que se pidió al constructor jesuita Pedro Bruning que elaborara un plano para realizar la nivelación del suelo, pues, los niveles entre la Plaza Mayor, hoy parque “Vicente León” y la plazoleta “San Francisco” hoy plazoleta “Simón Bolívar” al oriente, es muy diferente, la elevación de la segunda con respecto a la primera es notoria.
Como Pereira partió a Guayaquil y luego a Lima, éste dejó dibujados los planos originales en dos grandes planchas de papel especial de elevado gramaje, trabajo realizado en tinta china, a mano alzada y muy bien desarrollados, planos que hasta hace pocos años se exhibían en la oficina de planificación del Municipio de Latacunga.
Los planos corresponden a las fachadas principal y posterior del Palacio, además las vistas de sus espacios, muy bien distribuidos: adelante el patio, corredores y oficinas, y en la parte posterior un gran espacio para un teatro, que lamentablemente no se llegó a construir, pues para la época en que se concluyó la primera etapa de la construcción, ya se pensó en la construcción del teatro del colegio Vicente León, que, lo construyó el arquitecto Augusto Ridder Ostman, quien fue, coincidencialmente el que construyó la segunda etapa del Palacio Municipal, que lamentablemente tuvo que ser modificado en su parte posterior, es decir, no se llegó a hacer realidad el citado teatro.
El proyecto original consta de un edificio neoclásico, con columnas corintias, arcos de medio punto arriba y arquería románica abajo, nueve arcos al frente principal, distribuidos en tres grupos de tres cada uno; hoy, la arquería sur y norte consta de 16 de medio punto, en las fotos iniciales consta la primera etapa de 8 arquerías, luego se construiría la otra mitad. Lo que si consta en el proyecto original es una edificación sin que se note la piedra pómez original, es decir, Pereira podría haber planteado la edificación enlucida, sin embargo el haberle dejado en piedra pómez tallada en estilo neoclásico, lo ha hecho único en el mundo, pues resulta ser la construcción más grande del mundo construida y ornamentada en esta piedra natural tan nuestra.
Dos profesionales de la construcción construyeron el Palacio Municipal de Latacunga: el agrimensor latacungueño José María Quevedo Maldonado y el arquitecto alemán Augusto Ridder Ostman.
Pero porque fueron dos quienes hicieron realidad la construcción, sepamos algo al respecto.
A finales del siglo XIX, José María Quevedo Maldonado (nacido en 1854 en Latacunga) se habría desempeñado como Jefe de Obras Públicas del Municipio, como tal dirigió algunas construcciones en la ciudad, un ejemplo emblemático es el lago “Ignacio Flores”, concluido en 1898, según informe del citado Quevedo al Cabildo.
Fue agrimensor de profesión, entonces se le pidió que haga realidad el proyecto de Pereira, así lo hizo, y lo construyó con piedra pómez traída de las minas de Isinche San Ramón, ubicadas en Pujilí, de la familia Bucheli García, lamentablemente, Quevedo solo alcanzó a construir la primera etapa del Palacio, que fue inaugurado en 1918, a poco falleció Quevedo, y es entonces que se pensó poco tiempo después en el arquitecto alemán Ridder. Hay que saber, sin embargo, que tres nietos del agrimensor Quevedo Maldonado, han ejercido la arquitectura e ingeniería: arquitectos Guito y Eduardo e ingeniero José Meythaler Quevedo, artífices de la defensa del Patrimonio Cultural y Edificado de Latacunga.
Ridder fue quien construyó la quebrada de “Jerusalem” en Quito, el puente en la división de las provincias de Pichincha y Cotopaxi y otras obras, además el teatro, ya desaparecido, del colegio Vicente León, inaugurado en 1929.
Augusto Ridder terminó la obra iniciada por el agrimensor Quevedo, que ya se mencionó tuvo que hacer las modificaciones necesarias para no trabajar el teatro del proyecto inicial de Pereira, por ello, en el patio posterior del Palacio se observa un graderío “improvisado”, que además tiene esta fachada tres pisos y cuarto con pequeñas oficinas que en los años sesenta eran ocupadas por dos centros culturales y literarios.
En 1936 se concluyó la totalidad de la construcción del Palacio Municipal, la primera inauguración se la realizó el 24 de mayo de 1918, hubieron festejos, desfiles y banquetes a las autoridades, la segunda inauguración se efectuó en el citado año 36, que para esto ya se había incluido el balcón en la fachada principal, fachada que ha sufrido también modificaciones, pues si nos fijamos en las fotos de los años 20 de la fachada, en la parte superior se observan elementos decorativos como el cuerno de la abundancia, dos titanes que sostienen un círculo para que allí se ubicara un reloj público, dos cóndores, animales emblemáticos de nuestros países andinos, además de ornamentos en la parte superior, todos tallados en piedra pómez, que lamentablemente (todo el conjunto señalado) se fue al suelo en un de los movimientos telúricos ocurridos en el centro del país, especialmente los ocurridos en 1932 y en 1949, éste ultimo ocurrido en Pelileo y que destruyó gran parte de las ciudades de Ambato y Pelileo, en Latacunga, cayeron algunas torres de Iglesias como San Francisco, Santo Domingo y la parte superior de las ornamentaciones del Palacio Municipal de Latacunga como ya se indicó.
Lamentablemente, no se logró reconstruir las citadas ornamentaciones en forma total, penosa situación, pues parte de la identidad arquitectónica de la edificación hace falta, mucha falta.
Interiormente, en los años 30 del pasado siglo, se pintaron dos murales (frescos) en las paredes de los graderíos sur y norte del Palacio, donde se representan la Justicia y la filantropía, ésta última representada por el Dr. Vicente León.
Un detalle final que cabe conocer, tiene que ver con la antigua Plaza Mayor, hoy parque Vicente León: a finales del siglo XIX se iniciaron a trazar las “caminatas” del parque central, con pequeñas columnas y una verja de hierro forjado, en el centro se ubicaba una pila de piedra tallada barroca, que hoy se encuentra en la plazoleta de Santo Domingo, y que se la retiró para la ubicación e inauguración del monumento al filántropo Dr. Vicente León en agosto de 1925, la cerca que hoy se aprecia se trabajó hacia 1927 por el artesano Humberto Orrico Andrade, por pedido del Municipio y diseño de Carlos Mayer, artista quiteño que fue quien trabajó también el monumento citado en Italia, a un costo final de 80 mil sucres.
A esta narración se adjuntan algunas fotografías de planos antiguos de la ciudad y del Palacio Municipal.