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lunes, 28 de septiembre de 2015

Pienso, luego existo.



Cuando Descartes pensó en esto, en su trabajo “Discurso del método”, trataba de resumir en una sola consigna todo un circunloquio filosófico. En cristiano: existo porque pienso y en tanto soy capaz de tener una idea, estoy existiendo.

Pongámoslo más simple: mientras sea capaz de mantener una idea existiré. Ahora hagámoslo al contrario: sin ideas, no existo.

Nuestros mayores, y específicamente nuestros padres, de todas las generaciones, lo aceptaron como “piense antes de hacer”. Para nada es esto lo que Descartes quiso decir, pero sigue siendo un buen consejo.

Y volvemos a nuestros administradores, que no son capaces de seguir consejo técnico, ni consejo de viejo. Piensen antes de hacer, rogaría. Y me voy a referir a un par de “obritas” que, notoriamente, fueron hechas sin ser pensadas suficientemente.

Una de ellas, que ya hemos tratado, es el puente nuevo que baja por “la cuesta del hospital”, y que estaba supuesto para liberar del tráfico al puente angosto que hay, justamente, al final de esa cuesta; pero de todos modos, quienes acceden a ese puente desde la Panamericana terminan siendo redirigidos al mismo puente angosto. Resultado final: lo mismo, pero con otra vuelta.

Otra obrita boba es el baño público que hasta ahora intentan construir en el parque La Filantropía. Primero que daña terriblemente la estética del parque, segundo que se han tardado meses en construir y luego que es un gasto torpe, considerando que hay baterías sanitarias públicas a escasos cuarenta metros, en la plazoleta de San Agustín. ¿No pensaron en eso?

Pero la cereza del pastel es verde: una larga línea verde que lleva a ningún lado, pero que supuestamente nos iba a salvar la vida, pero que era completamente invisible en la noche. Hablo de las líneas de evacuación, que las hicieron color mate y tuvieron que volver a pintarlas con material retroreflexivo. ¿No se les ocurrió que también puede haber erupción en la noche? ¿Acaso el volcán cumple horas de oficina?

Pero hay obras que no ocurren porque no conviene. Como algunas obritas que solo llegan a barrios alejados cuando los lotes cambian de dueños. De eso conversaremos algún otro lunes.

Lo de hoy es clave, y muy grave. En Latacunga primero se hace, luego se piensa. Parecería que la obra que hay (que de entrada es poca y fea) se justifica en los puros números y no en realidades. Al final, lo mismo fue el Centro Comercial Popular de El Salto y lo que hoy es el CAC: par de elefantes blancos construidos con dineros de la gente sin un fin realmente provechoso. En el un caso, los pobres comerciantes han debido jugarse las del malabarista para hacer subsistir sus negocios; y, en el otro, no supieron administrar un negocio simple y les pareció mejor “revender” al gobierno central.

Ya lo hemos dicho antes, en nuestras administraciones últimas no hay ideas. Ya es suficientemente malo que no haya obras, pero que se gaste la plata de la gente en obras sin argumentos, es inaceptable.

Construimos sin estudios y sin utilidad. Actuamos sin pensar. Nos esforzamos por existir sin ideas.

Si Descartes nos viera, nos gritaría alertado lo que todos sabemos pero nos gusta jugar a olvidar: nuestra ciudad se está condenando a dejar de existir.
Piense, luego exista; porque si hace al revés, lo más posible es que termine con su casa pintada a rayas y con un enorme servicio higiénico en la sala.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Especulación




Dice el diccionario: “ESPECULACIÓN: Idea o pensamiento no fundamentado y formado sin atender a una base real.”
Somos una ciudad especulativa, puramente. Desde el chisme de la vecina hasta algunas decisiones de los administradores de turno se dan por puras ideas irreales e infundadas. En mi ciudad es peligroso andar en el carro con un acompañante del sexo opuesto, porque resulta casi obligatorio haber tenido alguna relación sentimental con esa persona. Si logramos tener algo de dinero en esta vida, pues seguramente tenemos negocios chuecos o estamos lavando dinero. SI somos exitosos en lo que hacemos, no puede ser que seamos inteligentes o capaces, sino que seguramente tenemos la palanca adecuada o comerciamos favores. ¡Puro cuento!

De la misma manera especulativa y loca que organizamos la evacuación de la ciudad, estamos ahora abandonando nuestras casas de siempre y pagando arriendos ridículos en cualquier otro lado que sea zona segura. Seguimos más interesados en las noticias que nos da el FaceBook que el IGM y nos enteramos que hubo presos y garroteados en las marchas por los “memes” e imágenes jocosas antes que por las noticias de la mañana. Sabemos más del juicio al marido de la Sharon que de la política local; nos importa más adónde correr que cómo salvar esta ciudad.

¡Especulador! Usted, vecino, si, usted: especulador. Usted que comenta lo que no sabe y afirma lo que no conoce. Usted que se atreve a dar consejo sobre el Cotopaxi sin haber ni siquiera leído el último reporte técnico.

¡Ladrón! Usted, que ya subió los precios de su tienda y que dice que “todo está caro” cuando sigue comprando a su distribuidor al mismo precio y haciendo lucro infame, abusando del susto e ignorancia de su propio hermano latacungueño.

Otro especulador es el comerciante de fuera, que llega a nuestra ciudad solamente a fomentar el desorden, a competir deslealmente y a destruir la frágil economía de quienes ejercen el comercio legalmente.

Pero no me quedo en los comerciantes ilegales, pues otros especuladores son algunas grandes cadenas comerciales que, llegadas a nuestra ciudad hace poco y habiendo sido recibidos con alegría, hoy nos duplican y hasta triplican los precios de algunas mercaderías específicas, como si no nos diéramos cuenta.

Pero ideas y pensamientos no fundamentados es lo que más hay en la administración de las últimas décadas de nuestra ciudad. ¡La misma ciudad es prueba de ello! El puente nuevo, por ejemplo, ese que está junto al hospital, ¿no tenía por finalidad desahogar el paso por los “dos puentes”? Y qué sucede ahora, si de todos modos el tráfico de este obra se redirige a la cuesta del Molino Poultier. Y para ello tuvieron que modificar varias veces el sentido y geometría de las calles. Quedó claro que primero se hizo la obra y luego los estudios de tránsito, o los hicieron mal.

Nos encanta el chisme y la desinformación. Somos especulativos. Nos estamos mostrando al mundo como poco reflexivos e ignorantes. ¡Qué vergüenza!

Acá no hay solidaridad, ni un mínimo sentido de buena vecindad o compasión por el prójimo. El que pudo ya huyó, el que pueda huirá y al que mejor le fue ni siquiera vive aquí porque se acomodó en cualquier otra ciudad y se olvidó de su cuna.

Y así está la cuna de los filántropos sabios y grandes: despoblada de sus hijos y llena de gorgojos.

Así vivimos hoy, en lo que otro día fue el centro del país: totalmente apartados de cualquier avance social, medio incultos y medio ignorantes. Dependientes y a la vez promotores del qué dirán, flojos de acción y ligeros de lengua. Lo mismo aplica para la clase política, si es que hay una.

Ah, cierto, la clase política local, ¿qué opinará? Ni se le ha visto.

viernes, 28 de agosto de 2015

Todos están locos



Esta semana me convencí de ser, posiblemente, uno de los pocos cuerdos en esta ciudad. Si usted, vecino, cuando termine de leer esto me da la razón, entonces pueda ser que también usted esté cuerdo o que reconozca su calidad de loco. Ambas opciones son buenas, porque lo peor que puede haber es un loco que se crea cuerdo.

Empezamos la semana anterior con el fin del mundo a cuestas. Gracias al volcán y a un montón de mala información nos permitimos corretear la ciudad asustados, gritando y rezando porque el Apocalipsis estaba por llegar. Muy pocos latacungueños se comidieron en verificar la información oficial y los datos técnicos que se encuentran en Internet. Muchos perdieron más chocando sus autos y movilizando los cachibaches de la casa que lo que hubieran perdido si la erupción hubiere sido real. ¡Locos! O, ¿acaso no es de locos atentar contra la propia vida y la de los demás, corriendo en los carros y rompiéndonos la espalda cargando cosas, sin ni siquiera habernos comedido en corroborar los datos que nos daban otros locos? Y, ¿ no es más de locos, vivir alertados de un supuesto peligro, y no habernos dado el tiempo de averiguar cuál es el verdadero potencial de dicho peligro?

Lo digo, porque los famosos lahares no van a arrasar con TODA la ciudad, como muchos piensan, sin embargo en la radio escuchaba el sábado aquel que hasta una señora de El Calvario llamaba a averiguar adónde debe evacuar. Ya nos dijeron, que el Cotopaxi va a erupcionar algún rato, pero ni siquiera sabemos si vivimos en zona de riesgo o no. Es como si nos dijeran que tenemos cáncer y no se nos dé la gana de averiguar si existe tratamiento. ¡Locos!

Igual de locos están los que creen que las autoridades (administradores, nada más) van a salvarnos. No lo van a hacer, primero porque no saben cómo, y eso lo comprobamos hace algunos días, aunque aún tenemos fe de que aprendan cómo; y segundo, porque no pueden, así de simple. Las fuerzas que deberemos soportar en caso de erupción son superiores a toda potencia humana. No habrá Alcalde ni Gobernador ni Ministro ni San Rajuel que pueda evitar los efectos naturales de la furia de un volcán. El que esté esperando que llegue el administrador con la solución, no es en nada diferente a una vaca que espera mientras llega su dueño con la hierba. Seamos humanos, seamos proactivos. No seamos semovientes y, sobre todo, tengamos sentido común. Seamos cuerdos y coherentes.

Por locos mismo hemos tenido los administradores que hemos tenido. Embriagados de fervores electoreros nos hemos dejado engañar de las formas más sencillas y que hubieran sido detectadas y repelidas por cualquier cuerdo.  Un buen discurso y la oferta de cualquier chaupiobra nos enloquecen en grado suficiente para hacer tonterías en la urnas. Y luego, como buenos locos, no queremos hacernos responsables de nuestros actos y nos volvemos incapaces de reclamar; nos acomodamos en nuestros manicomios personales a ver televisión mientras en la ciudad suceden millones de cosas atentatorias a la latacungueñidad bajo la sombra del “no pasa nada”.

Y si, vecino, después de analizar estos pocos ejemplos y otros más que fácilmente le vendrán a la mente, insiste en creer que esto es normal, pues con este corto texto acabo de someter mi cordura a su escrutinio y queda en sus cabales el decidir si, después de todo, el loco soy yo.

Mientras uno decide sobre su propia demencia o sobriedad, nuestros administradores duermen a la par que gobiernos locales más humildes como el de Rumiñahui ya tienen muy avanzada su estrategia de supervivencia.

Vaya viendo, vecino, cómo estamos de locos, o cómo están los otros.

lunes, 17 de agosto de 2015

Que no cunda el pánico




Temblores, cenizas, sustos, carreras y mucha desinformación.
¡Oh! ¿Y ahora, quién podrá defendernos?

Sin haber ningún encapuchado superhéroe que diga “YO”, y sin que ni siquiera los supermanes de turno sepan qué hacer o qué decirnos, yo me arriesgo a decirles que no hay de qué asustarse.

Y, verán, no deben asustarse por un hecho simple: la alerta blanca NO EXISTE, así que desde que nos pusieron alerta amarilla, apenas hemos subido un escalón en el riesgo de nuestra normal vida diaria. Pero es un escalón grande.

No se asuste, vecino, Pero si preocúpese, porque esa ceniza que está saliendo, acompañada de la casi nula capacidad de respuesta de nuestra administración, bien puede terminar en un total desabastecimiento de agua, un colapso vial o, desorganización en el comercio, especulación y muchas otras pestes psicológicas que son típicas en las masas poco informadas y poco formadas como, por desgracia, nos tienen.

El mismo día viernes, con la primera explosión del volcán, ya colapsaron los mercados, supermercados, ferreterías y algunas calles. No habían pasado 24 horas de la alerta y Latacunga ya amenazaba con ser tierra de nadie. Mientras, la mayor parte de administradores se dedicaron a dar entrevistas en las radios locales y el principal personero de la ciudad apenas se dejó ver.

Latacunga nunca se preparó como debía. Mientras los encargados de instruirnos nos adormilaron con falsas calmas, todos nosotros, que adormilados mismo hemos estado durante décadas, no fuimos capaces de averiguar asuntos básicos de la evolución de cualquier volcán que, como mínimo, podíamos aprender en Internet. Seamos reales: no se nos dio la gana de hacer las cosas bien. A veces y hasta pareciera que ni siquiera tenemos intenciones de sobrevivir como sociedad.

Llegamos al día de la alerta amarilla y los más jóvenes no tienen idea de que hacer; los más viejos asumen que si se quedan en sus casas nada les va a pasar; los de edad madura esperan poder salvar a su familia y sus cuatro tereques y, los que aún nos consideramos jóvenes y nos queda algo de sentido de responsabilidad social, no tenemos idea de cómo seremos útiles o dónde nuestra ayuda será más necesaria.

Esta vez, mi opinión será corta, porque aún hay mucho que ver para opinar bien. Y, sobre todo, ya tengo que salir corriendo a ver mis aguas, mascarillas y demás pertrechos de guerra, por si acaso.

Mientras, vecino, ahora más que nunca lea, investigue, capacítese SOLO, porque nadie le va a dar haciendo. Recuerde hacer su mochilita y armar su plan de evacuación. Cuando tenga a todos sus amados a buen recaudo, vuelva a apoyar al cuerpo de voluntarios que nos quedaremos a colaborar. Toda mano será útil, el momento en que alguna desgracia pase. Recuerde que todos nos debemos algo mutuamente, y quienes estamos en aptitudes físicas debemos hacerlas servir en beneficio de los demás.

Mientras tanto, no se preocupe, pero tampoco se despreocupe. Esté atento y encárguese de capacitarse e instruirse. A la final, ningún administrador ni superman va a darle sobreviviendo.

martes, 21 de octubre de 2014

Montarse en la ola.



Hace unos días, mi vecino de la derecha me contó una historia: sucede que, en el río Amazonas, una vez al año, acontece un fenómeno natural que crea una ola formidable; un surfista quiso subir a esa ola, pero viendo sus dimensiones, se acobardó y decidió estudiar mejor el fenómeno; tras un año de estudiarlo, regresó el día y hora justos, acompañado de otros deportistas mas, pero llegada la ola, todo el estudio realizado solo sirvió para aumentar el temor al fenómeno, así que no la tomó, pero uno de sus acompañantes, embargado por la emoción, y haciendo de lado los peligros, se lanzó al agua con su tabla y experimentó el mejor momento de su vida.

El primer miedo sirvió para que el temeroso se supere, estudie, investigue. Eso es bueno. Sin embargo, el estudio estuvo mal orientado, porque no sirvió para entender cómo enfrentar la ola, sino para temerle más. Una vez desperdiciada la segunda oportunidad, que siempre es raro tener dos oportunidades, ¿qué le queda al temeroso?

Al temeroso solo le queda su conocimiento del miedo, y su mediocre capacidad de comentar lo que conoce de la ola. Luego, se cansará de investigar y se dedicará a opinar: se volverá un opinólogo.

Esto es lo que pasa en nuestra Latacunga, que estamos cargados de opinólogos. La mayor parte de los “buenos latacungueños” nunca se subieron a la ola. Cientos conocemos o creemos conocer la realidad local, el manejo de la administración de la ciudad, los múltiples errores de las autoridades de turno, las falencias de la ciudad... Pero, de nosotros, los “conocedores”, ¿cuántos tenemos el ímpetu de tomar las riendas de la ciudad?

Ahora bien, definamos cuáles son las riendas, porque el que menos dirá que no todos podemos ser Alcaldes o Concejales. Pongamos esto en orden: Alcalde y Concejales ADMINISTRAN, pero eso solo es una minúscula parte de lo que realmente significa tomar las riendas.

Tomen en cuenta esto: ¿quién es el que toma las riendas del caballo, sino el dueño?, el empleado, el mayordomo, el ADMINISTRADOR, solo las toma momentáneamente para los fines ordenados por el dueño. Luego,¿ qué significa, efectivamente, “tomar las riendas”, sino hacer actos de señor y dueño? ¿Quién es más propietario de la indomable ola, el que la estudia o el que la ocupa?

Ya pues, vecino, apague la televisión, salga del sillón y acompañe a montar la ola. Lo mismo, expertos latacungueñistas, dejen de opinar y de mostrar todo lo que saben del pasado, y, si pueden y son capaces, empiecen a diagramar el futuro. Mucho se ha dicho de mi ciudad, pero poco se ha hecho.

Montemos la ola, OCUPÉMOSLA. Ocupemos la ciudad, seamos, nuevamente, dueños. Beneficiémonos de lo que nuestra cuna nos prodiga: parques, jardines, paisajes, aire limpio, buenos vecinos...

No hace falta tener el poder de decidir directamente los destinos de la urbe, tan solo es suficiente apropiarnos de los espacios, ser dueños. No es lo mismo vivir-Latacunga que solamente vivir-en-Latacunga.

Solo el dueño puede reclamar al administrador. Solo el propietario tiene el derecho de alzar su voz en contra del empleado que maltrata su caballo. Solo el que montó la ola tiene el derecho de hacer callar al que ha vivido años estudiándola, temeroso.

Seamos dueños. Latacunga es mía, me pertenece.
¿Le pertenece a usted?


viernes, 7 de marzo de 2014

Ciudad Romántica, en tiempos de globalización





Acaba de pasar San Valentín, fecha en la que se realza la amistad, y, sobre todo, el romance. Debería ser la fecha favorita de la Ciudad Romántica del Ecuador. Sin embargo, nada especial sucede, en esas fechas, en nuestra Latacunga.

Ya tratando sobre el romance, tenemos que recordar que, éste, no es más que un efecto de lo que gustamos llamar amor. Así, nos encontramos frente a algo, aparentemente, indomable, único, y bajo cuyo nombre pueden padecerse las más severas incomodidades. Justamente lo que sucede en nuestra ciudad: se padecen incomodidades, a nombre del recuerdo huérfano de tiempos pasados.

Qué más romántico, que un lugar acogedor, con bonita vista, a media luz...

Qué, menos romántico, que una ciudad mal iluminada, sin veredas, sucia, con parques cerrados con candado por las noches, cuya muy hermosa vista se restringe por el balanceo de cables de electricidad mal instalados, paredes llenas de “artes urbanas”, esquinas cuyo hedor repele, borrachitos, vagos y mendigos por doquier.

Digo, que una vereda estrecha no hace a una ciudad más romántica. Digo, que ponerle un candado a un parque no hace a la ciudad más segura. Y digo que, en última instancia, lo que se busca es una ciudad que progrese, que mejore. Digo, que necesitamos modernidad y la reorientación del uso de los espacios “históricos”. Debemos abrirle paso a la modernidad, y dejar de ponerle nombres agradables a la mediocridad. Una vereda estrecha no es “acogedora”. Un callejón oscuro no es “romántico”. Un parque cerrado no es “seguro”. Postes llenos de cablería y luces que apenas iluminan no “dan un ambiente clásico”.

En nuestros tiempos, los actuales, es necesario competir: vender. Necesitamos ciudades prácticas, bien resguardadas, económicas, dinámicas, baratas y bonitas.

Se vuelve indispensable y urgente remodelar, reconstruir y reorganizar la ciudad.

Propongo algunas ideas: me encantaría un centro histórico “caminable”, sin SIMTEL y sin vehículos junto a las aceras; veredas mucho más amplias, soterramiento de instalaciones eléctricas, buena iluminación, plazoletas y callejones ocupados con mesas de cafeterías, lounges y restaurantes. Me gustaría una ciudad que aplique políticas ecológicas y limpie sus ríos. Quisiera una ciudad que tenga una política de desarrollo REAL, que haya principios y lineamientos claros en los permisos de construcción, que obligue a todos a pintar fachadas y cerramientos.

Es urgente una zona comercial, una zona roja, una rosa y una residencial. Zonas, por ejemplo, donde no se permita lotes de menos de 500 y 1000 metros cuadrados, donde puedan ubicarse construcciones residenciales de alta plusvalía. Zonas CENTRICAS, donde se permita la ubicación de bares y cafeterías (NO CANTINAS), donde uno pueda distraerse. Es inicua la ordenanza que impide la instalación de estos lugares a 200 metros de escuelas e iglesias, en una ciudad donde hay tres iglesias y escuelas cada 100 metros.

Urge, a la par, reestructurar el sistema de manejo de aguas servidas, adquirir plantas de tratamiento de aguas, un parque lineal en las riveras del Cutuchi; luego de limpiar el Cutuchi, claro. Eso si es romántico: un lugar junto al río dónde pasear de la mano con la persona amada, o pretendida; una ciudad limpia, con parques abiertos y bien iluminados, calles amplias dónde caminar sin ruido ni riesgo de percance, callejones vestidos de colores y muchos lugares donde parar a tomar un café, o un coctel, y conversar.

Es urgente reconstruir la ciudad, orientada al buen vivir de los ciudadanos. Y es notorio que, quienes han estado hasta hoy en la administración, no tienen idea de cómo hacerlo.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Mercados populares: experiencia turra




Un fin de semana, lleno de curiosidad, y con toda la buena intención de darme con la piedra en los dientes, pues soy profundo detractor de la actual administración de mi ciudad, acudí a conocer los flamantes y presidencialmente laureados mercados populares, que reemplazan a lo que antes era la Plaza de El Salto, en mi Latacunga. Les dejo la crónica de una experiencia turra:

Diez de la mañana de un domingo soleado, en Latacunga. Necesito comprar un par de zapatos y, aunque tengo mi proveedor de siempre, acudo a conocer los mercados populares de Latacunga, entre la Av. Amazonas y Cinco de Junio.

El taxi me deja en un parquesito, construido frente a los sendos edificios que contienen a los comerciantes. Desde aquí, veo con pesar el dinero botado en este parquesito, que seguramente deberá ser demolido pronto, para construir parqueaderos subterráneos o elevados, que son, obviamente, urgentes. Nadie planificó la obra futura. Nadie contó con la mínima dosis de sentido común ni aprovechamiento del espacio. Mal, muy mal, considerando que nuestro actual Alcalde es un empresario de la construcción.

Más allá de eso, el parque es antiestético, con cuerpos de concreto inútiles que intentan ser bancas, una especie de pileta hacia un costado, que solo sirve de resbaladera para un puñado de niñitos lustrabotas. La basura se deja ver de inmediato. Tampoco hay basureros al alcance.

Cruzo la Av. Amazonas, congestionada como siempre, y accedo a un playón que da frontis a la estructura principal. Allí, un grupo de gente haciendo bailoterapia, o algo así. Hago un barrido crítico, mientras una de las personas que me acompaña me indica que, en primera fila de los bailadores, se encuentra una de las niñas millonarias de Latacunga, si, esas niñas que, según dicen que dijo su padre, “con el esfuerzo de toda una vida de veinte y tantos años, ha logrado amasar un humilde capital”... de par de millones de dólares (el lector, haga todo el énfasis posible en el sarcasmo). Luego, analizo la terapia por si misma, iniciando por una instructora flácida y desmotivada, de quien no se podría suponer, en otra situación, que haga algún tipo de ejercicio. La música, totalmente inútil para el propósito: entre cumbias, tecnocumbias y algo de electro-rock-pop. La instructora se balancea como puede. Frente a la masa de bailadores, un ancianito, no se si borracho o enfermito, realiza su propia rutina de baile, entre muecas y extrañas contorsiones, para el disfrute de todos los curiosos.

Por fin, ingreso al local. Las puertas no están abiertas, sino una. Hay que esperar a que el tumulto entre y/o salga, conforme quien aprete primero. Disuelto el nudo, ingreso para encontrarme con una caja llena de cajas: esto es el edificio del mercado popular. Sin estética ninguna, se propone al consumidor una serie de locales diminutos, la mayoría de ellos, cerrados. No hay señalética ni información. La gente transita perdida, todos buscan, nadie encuentra. No logro ver a nadie que salga con una funda en sus manos. No hay comercio, solo curiosos.

En la planta baja, parece, porque nadie lo informa, solo parece, que se expende ropa interior y novedades varias. Resuelvo subir un piso y me acerco a las gradas eléctricas, que resultan inútiles, pues no sirven para subir, sino solo para bajar. Veo un ascensor, acudo. En la puerta del ascensor es necesario esperar un tiempo bastante amplio, considerando que el aparato atiende solo tres pisos. En la espera, se aproxima un ebrio, quien alegremente inicia conversación al azar, con quienes esperábamos. Éste intoxicado personaje es quien nos da algo de información, y nos indica que los zapatos se encuentran en el tercer piso, que él sabe porque tiene su local ahí.

Llega el ascensor, y la gente, sin respeto ninguno ni sentido de convivencia, se vuelca impetuosa al interior, atropellando, codeando, empujando. Muestro mi primer síntoma de hastío, me paro en la puerta, de forma que bloqueo el acceso al aparato, y refuto a la masa su ignorancia y falta de costumbres, mientras doy acceso solamente a las personas que esperaron el ascensor por más tiempo. Nadie dijo nada en mi contra.

Con quienes pudimos, se cerró la puerta del elevador, para facilitar percibir el vaho asqueroso que exhalaba el ebrio comerciante, quien, además, nos explicaba que el ascensor está mal, porque el piso dos es el tres, y que el cuarto es también el tres... o algo así. Guiado por la lógica, e ignorando la aparentemente torpe insinuación del alcohólico, presiono, obvio, el número tres, que accede al piso tres. Parpadea el botón numerado “3”, se abren las puertas, y, descubro, que estoy un piso más arriba de dónde quería. Recibo el “ya ven, les dije” del borrachito. Salgo para enfrentar otro conjunto de cajitas comerciales, que se agolpan casi al azar, entre paredes sucias y dos que tres expectoraciones que relucen sobre el piso prematuramente opaco.

Luego de dar una vuelta por las muy pocas cajitas comerciales que ofrecían productos, descubro que, simplemente, no hay lo que busco. Nadie da información de nada. Por curiosidad, aprovechando que ya estaba ahí, averiguo precios de dos o tres productos de los que se puede hallar en cualquier lado, para darme cuenta que el precio es muy poco competitivo, por no decir, en algunos casos, superior al que se encuentra en cualquier almacén.

Resignado a salir con las manos vacías, decido emprender retirada. Trato de hacerlo por las gradas eléctricas que, como dije ya, estaban dando servicio “de bajada”; mas, cuando llego al andén, las susodichas gradas habían sido apagadas. Mal. Por la mala experiencia en el ascensor, decido descender por las escaleras, obviamente, no las eléctricas, sino las de concreto que se parapetan a un lado del edificio. Me guío hacia los niveles inferiores con mucho cuidado de no topar las paredes que al poco tiempo de estrenado el edificio, ya se encuentran mugrientas. Llego a la planta baja. Me acerco a la puerta de salida, y soy detenido por un tumulto de gentes que pugnan groseramente por entrar y salir, cediendo nadie, empujando todos. Espero. Salgo.

De la minúscula y única puerta abierta, estiro mi cabeza para recibir algo de aire limpio. La bailoterapia ya ha terminado. Solo queda un playón vacío en su centro, y lleno de basura en su torno: la obra magna del constructor simplón.