viernes, 12 de diciembre de 2014

Ciudad tumoral




El tumor crece sin orden, sin medida y a velocidades diferentes para cada lado. El tumor no respeta los órganos vecinos, ni la vida del organismo que lo acoge, ni el sentir del ser que lo carga. El tumor es atentatorio, peligroso, fatal.

Un cuerpo plagado de tumores está destinado a la muerte y si sobrevive, está sentenciado al sufrimiento perpetuo, a la deformidad, a la fealdad y al dolor.

Ahora, sin ser médico, puedo decir que los tumores se causan por dos motivos: o sobran ciertos elementos en el cuerpo, o faltan otros que son indispensables.

No es muy diferente lo que sucede en nuestra Latacunga. Sobra indolencia, sobra pereza, avaricia, envidia, desinterés y negligencia. Falta amor propio, identidad, técnica y responsabilidad.

Vivimos en una ciudad que crece por cualquier lado y a cualquier velocidad, incluso, a cualquier costo. Es una ciudad tumoral, descoordinada y autodestructiva. Como tumores se dan, en nuestra tierra, los barrios y caseríos, los edificios, comercios, postes, canchas de voley y cuasi fabelas.

Con el mayor cariño a todos mis vecinos, pero hay cosas que nunca debieron haberse permitido en Latacunga: casas en grises y sin cerramineto, segundos y terceros pisos con volados que atentan al tendido eléctrico, barrios enteros como los que hay en sectores como de Sigsicalle Sur o Loma Grande y a los alrededores de Bethlemitas, igual que en Vásconez Cuvi, al sur de Rumipamba, donde, en general, faltan cerramientos y muchas obras han estado en grises durante años; y otros sectores que, seguro, no alcanzaría a enunciar.

Y, como siempre aquí salvo mi responsabilidad: no escribo en contra de ningún barrio; a la final, la gente construye lo que le alcanza y donde se le permite. A la postre, no es muy diferente lo que ocurre con algunas propiedades en sectores céntricos, incluso en zonas supuestamente pujantes como La Estación y El Salto.

Nuestros “médicos”, los Administradores de turno, no se han preocupado por curar estos tumores, sino que, al contrario, los han alimentado.

Vuelvo a decir, la culpa no es del que construye, pues hace lo que le alcanza y se le permite. La culpa es del que le permite. Nunca debieron aprobarse casas de tres pisos, donde ni siquiera hay calles. Jamás debió permitirse asentamientos de mediaguas con techos de zinc y plástico, a escasos metros metros del parque Ignacio Flores, por ejemplo.

Siempre he dicho, y me ratifico, que aún es temprano para criticar la labor de la actual Administración, misma que, hasta donde se, si ha realizado varios actos benéficos para la Ciudad. Pero también digo que ya es tiempo de empezar a hacer caer en cuenta de las situaciones que bien pueden solucionarse por fuera del presupuesto. Desde luego, el asunto que hoy tratamos es un tema subsanable con simples actos regulatorios y pantalones bien puestos.

Tampoco digo que los administradores sean cobardes, esta columna nunca pretende degradar a nadie, pero si insisto en que, en todo caso, hay cosas que pueden hacerse más rápido de lo que se hacen. Las sanciones a los incumplidores pueden empezar a imponerse de inmediato, con la ordenanza actual.

Conozco que existe toda la intención de realizar una reforma completa al sistema de ordenamiento territorial de la ciudad. Aplaudo muchísimo esta iniciativa, porque ya hacía falta; pero, mientras tanto, seguimos viviendo en una ciudad “en grises”. Algo habrá, seguro, que se puede hacer este rato, y no esperar hasta que el trabajo edilicio nos brinde la nueva organización.

A mis amigos Administradores de turno (que sobre todo, son mis amigos), les digo que si, hasta aquí, se han mostrado muy buenos, tienen la obligación de ser mejores; y si, esto es lo mejor que pueden dar, sigan siendo así de buenos, pero sean más rápidos.

Latacunga está al borde de la emergencia

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