El tumor crece sin
orden, sin medida y a velocidades diferentes para cada lado. El tumor
no respeta los órganos vecinos, ni la vida del organismo que lo
acoge, ni el sentir del ser que lo carga. El tumor es atentatorio,
peligroso, fatal.
Un cuerpo plagado de
tumores está destinado a la muerte y si sobrevive, está sentenciado
al sufrimiento perpetuo, a la deformidad, a la fealdad y al dolor.
Ahora, sin ser médico,
puedo decir que los tumores se causan por dos motivos: o sobran
ciertos elementos en el cuerpo, o faltan otros que son
indispensables.
No es muy diferente lo
que sucede en nuestra Latacunga. Sobra indolencia, sobra pereza,
avaricia, envidia, desinterés y negligencia. Falta amor propio,
identidad, técnica y responsabilidad.
Vivimos en una ciudad
que crece por cualquier lado y a cualquier velocidad, incluso, a
cualquier costo. Es una ciudad tumoral, descoordinada y
autodestructiva. Como tumores se dan, en nuestra tierra, los barrios
y caseríos, los edificios, comercios, postes, canchas de voley y
cuasi fabelas.
Con el mayor cariño a
todos mis vecinos, pero hay cosas que nunca debieron haberse
permitido en Latacunga: casas en grises y sin cerramineto, segundos y
terceros pisos con volados que atentan al tendido eléctrico, barrios
enteros como los que hay en sectores como de Sigsicalle Sur o Loma
Grande y a los alrededores de Bethlemitas, igual que en Vásconez
Cuvi, al sur de Rumipamba, donde, en general, faltan cerramientos y
muchas obras han estado en grises durante años; y otros sectores
que, seguro, no alcanzaría a enunciar.
Y, como siempre aquí
salvo mi responsabilidad: no escribo en contra de ningún barrio; a
la final, la gente construye lo que le alcanza y donde se le permite.
A la postre, no es muy diferente lo que ocurre con algunas
propiedades en sectores céntricos, incluso en zonas supuestamente
pujantes como La Estación y El Salto.
Nuestros “médicos”,
los Administradores de turno, no se han preocupado por curar estos
tumores, sino que, al contrario, los han alimentado.
Vuelvo a decir, la
culpa no es del que construye, pues hace lo que le alcanza y se le
permite. La culpa es del que le permite. Nunca debieron aprobarse
casas de tres pisos, donde ni siquiera hay calles. Jamás debió
permitirse asentamientos de mediaguas con techos de zinc y
plástico, a escasos metros metros del parque Ignacio Flores, por
ejemplo.
Siempre he dicho, y me
ratifico, que aún es temprano para criticar la labor de la actual
Administración, misma que, hasta donde se, si ha realizado varios
actos benéficos para la Ciudad. Pero también digo que ya es tiempo
de empezar a hacer caer en cuenta de las situaciones que bien pueden
solucionarse por fuera del presupuesto. Desde luego, el asunto que
hoy tratamos es un tema subsanable con simples actos regulatorios y
pantalones bien puestos.
Tampoco digo que los
administradores sean cobardes, esta columna nunca pretende degradar a
nadie, pero si insisto en que, en todo caso, hay cosas que pueden
hacerse más rápido de lo que se hacen. Las sanciones a los
incumplidores pueden empezar a imponerse de inmediato, con la
ordenanza actual.
Conozco que existe toda
la intención de realizar una reforma completa al sistema de
ordenamiento territorial de la ciudad. Aplaudo muchísimo esta
iniciativa, porque ya hacía falta; pero, mientras tanto, seguimos
viviendo en una ciudad “en grises”. Algo habrá, seguro, que se
puede hacer este rato, y no esperar hasta que el trabajo edilicio nos
brinde la nueva organización.
A mis amigos
Administradores de turno (que sobre todo, son mis amigos), les digo
que si, hasta aquí, se han mostrado muy buenos, tienen la
obligación de ser mejores; y si, esto es lo mejor que pueden dar,
sigan siendo así de buenos, pero sean más rápidos.
Latacunga está al
borde de la emergencia
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