jueves, 15 de octubre de 2015

Cambiar o morir



Llegamos a un momento histórico: se nos propone seguir viviendo o, si es que nos arriesgamos, podríamos empezar a vivir.

Lo que digo no es error gramatical, vecino. Es que una cosa es estar vivo y otra cosa es vivir. Estar vivo es un asunto de mera existencia, no implica acción y se basa en el solo hecho de seguir respirando. Así estamos hasta ahora: respirando inactivos, esperando que llegue el diluvio universal, erupcione el Cotopaxi, o nuestra ciudad colapse o la hagan colapsar y todo; pero sin inmutarnos, con tal de tener el alimento que nos contente.

En cambio, vivir es otra cosa. Vivir es acción, es una potencialidad positiva y un ejercicio de la voluntad. Vive el que hace, vive el que actúa, el que inspira, el que crea y motiva.

Y digo que estamos en ese momento histórico porque hemos llegado al punto de quiebre. No podríamos estar más grises. Como ciudadanos nos hemos despreocupado de generar movimiento. Ya no existe organización filantrópica ni voluntariado desinteresado. Tampoco hay actores políticos reconocibles. Apenas hay por ahí uno u otro pseudo dirigente que nos entretiene con maromas politiqueras más propias de un show televisivo que de un libro de Platón.

Estamos, hablando “latacungueño”, en la lona. Y si como ciudadanos nos hemos quedado quietos, qué hemos de esperar de los que se supone nos lideran, sino lo mismo: inactividad.

La ciudad es un caos. El tránsito depende más de la suerte que de la señalética y es un día bendecido aquel que no nos hayamos librado de chocarnos con un taxista, busero o motociclista. SIMTEL es una falacia: a veces se pude dejar el carro parqueado durante horas y, otras veces, aparece el candadito naranja cuando nos hemos olvidado de cambiar la tarjeta un par de minutos, y no hay santo que nos salve ni razón que se acepte. Los pasos cebra no sirven ni para jugar a la rayuela y no hay chofer “profesional” que sepa respetar un semáforo en amarillo o rojo.

Pero todo esto es bueno, aunque no lo crean. Porque hemos llegado al estado en que hasta el vecino más vago y pusilánime se siente mortificado. ¡Hasta el más cómodo se da cuenta que estamos mal!

Si, con todo esto, que es una señal del destino, usted vecino no se da cuenta de la urgencia de hacer algo, entonces no habrá nada en esta vida que le salve de la extinción. Usted puede que siga estando vivo, pero como latacungueño dejará de vivir. ¿Ahora entiende la diferencia entre vivir y simplemente estar vivo?

Es verdad, cada uno de nosotros estamos obligados a modificar nuestra conducta en pro de la convivencia y el progreso. Pero también es cierto que somos muy malcriados y no cambiaremos así nomás. Se necesita castigo, fuete. Iba a decir correa, pero por los obvios efectos e interpretaciones descomedidas que pudieran hacerse, prefiero la fusta.

Y no es chiste. Esta ciudad necesita orden.

Para todo se pretexta falta de presupuesto, pero solo multando a los infractores se podría hacer millonaria esta ciudad. Propongo algo simple: desarmen ese SIMTEL que no hace más que incomodar, organicen bien los parqueaderos municipales y hagan convenios con los privados, hagan crecer las veredas sobre la zona azul y a todo ese personal pónganles a controlar el tránsito, con unas buenas cámaras como dotación que le permitan multar a todos los malcriados que hoy están de vivos en mi ciudad. Ahí está la plata.

Lo que sea puede hacerse. En serio, lo que sea... algo... cualquier cosa. Vivir es accionar, actuar, cambiar. Si seguimos como estamos desapareceremos. Hay que cambiar.

Le pregunto, vecino, ¿a quién cambiamos primero?





jueves, 8 de octubre de 2015

CONTRATO COMPLEMENTARIO




En una radioemisora local se entrevistaba una administradora de turno, mientras se recibían llamadas en vivo para permitir las preguntas de rigor. Hago algunas anotaciones personales:

1.- Los administradores locales (algunos, pero casi la mayoría) no tienen idea de lo que están haciendo en sus cargos. Aunque los medios se esmeran en tener al entrevistado adecuado, éste no logra responder la expectativa de un oyente medianamente culto. Me queda la duda, si es que el/la superman de turno realmente es torpe, o si está terriblemente seguro de que todos los demás somos torpes y nos trata como tal. Para cualquier ciudadano informado, gran parte de lo que se dice es claramente falso o, al menos, equivocado. Merecemos información oficial fidedigna, confirmada y corroborable.

2.- Estamos copiando estrategias viciosas de manejo de los espacios mediáticos. Las llamadas al aire, de esta entrevista a la que me refiero, todas o casi todas, no eran sino para felicitar y agradecer al entrevistado, a sus estandartes, compadres y priostes. ¡Vergonzoso! Pareciera que ningún Latacungueño tuviera idea de una pregunta coherente. Claro, al intentar llamar al medio para preguntar alguito, toda comunicación se encontraba ocupada. Ahora bien, si casi todas las llamadas son del mismo barrio, a felicitar por la misma obra, de gente adulta y en horas de oficina, lo que a mi me parece es que esas felicitaciones no eran tan sinceras. Me parece mas bien, que algunos burropies y uno que otro cognado se dedicaron a saturar las líneas de comunicación con el medio radial, a fin de realzar las dubitables dotes del superman entrevistado y, de pasito, evitar que preguntas reales lleguen a ser públicas y evidencien (más) la ignorancia del preguntado. Horrible, además de la mentira (o error, demos el beneficio de la duda), tener que aguantar a un puñado de anónimos zalameros que no hacían sino restarle aún más a la imagen de la entrevistada ante cualquier oyente culto.

3.- En toda la entrevista escuché varias veces que, en diferentes obras, habría que hacer “contratos complementarios”. Pero, ¿qué es un contrato complementario? Pues simple: es un segundo contrato que se hace sobre la misma obra, para realizar ciertas tareas que resultan ser nuevas e indispensables para el cabal funcionamiento de la obra principal. Es decir, por la complejidad de la obra, se determinan requerimientos adicionales o diferentes a los originalmente presupuestados y como no puede modificarse el contrato principal, se hace otro llamado complementario. Lo dicho: “por la complejidad de la obra”. Pero escucho que, en mi Latacunga, una gran cantidad de obras van a salir con contratos complementarios. Pregunto: ¿dónde estamos construyendo la nave espacial?

Con esta contratación complementaria puedo disponer hasta del 70% del monto del contrato original; es decir, puedo llegar casi a duplicar el valor de la obra. Si se hace bien, sirve para salvar eventualidades típicas de construcciones complejas; pero si se hace “mejor” sirve para salvar las eventualidades económicas del contratista. Roguemos que estos contratos complementarios de que han tratado en la radio sean a bien de la ciudad. Normalmente, para obras de relativamente pequeña envergadura, como son las pocas que se ven de esta administración, no debería haber mucho contrato complementario. O las obras son enormes, o los contratos están mal hechos o la fiscalización no funciona; pero no puede solucionarse todo con contratos complementarios.

Nos encantaría considerar que todo lo que escuché se debe solo a una ligereza o error de la persona entrevistada. Nos gustaría creer que esta persona estaba nerviosa o, incluso, que no contaba con la información real en sus manos. Pero, en todo caso, y mientras no se nos permita información oficial a la ciudadanía (que nunca se encuentra accesible), nos tocará quedarnos con la duda de si algunos problemas de Latacunga son asunto de corrupción o de simple incompetencia.

Para dilucidar esta duda, vecino, deberemos dedicarnos un poco más a estudiar el funcionamiento de nuestra ciudad. Es momento de interesarnos realmente por lo que pasa en la caja de cascajo.

jueves, 1 de octubre de 2015

Me muero, estos profesionales...




Un profesional, según el diccionario, es una persona que ejerce una profesión. A la par, una profesión es una actividad más o menos habitual de una persona, misma que, por su estado avanzado de preparación o perfeccionamiento de ese hecho habitual, merece ser remunerada por el mismo.

Luego, una cosa es que habitualmente maneje mi carro, y otra cosa es que lo haga tan, pero tan bien, que merezca recibir dinero por hacerlo. Este es el contrapunto conceptual de los llamados chóferes “profesionales”: hacen lo que todos hacemos a diario, lo hacen pésimo, y reciben dinero por ello. Y lo digo de frente, otra de las cosas malas que le han venido sucediendo a Latacunga es la proliferación del taxismo anárquico. Cientos de carros amarillos colapsando nuestra ciudad a las ocho y a las dieciocho, y ninguno cuando uno lo necesita a las cinco de la mañana o a las diez de la noche.

¿Eso es profesión? Redondear el sueldo de Policía, Militar o Profesor en los ratos libres, hacerse una chauchita la mañana antes de ir al verdadero trabajo, o, peor, “rentar” el carrito a un guambra que necesita el trabajo y no consigue qué mas hacer. ¡Eso no es profesión!

Aquí, como de costumbre, me salvo del linchamiento afirmando lo que es verdad: NO SON TODOS. Veo mucho profesionalismo, mayormente, en los chóferes que realmente han hecho del volante su forma de vida: los más antiguos. No se enojen, amigos míos, que a la final yo ando en taxi y luego no me han de querer hacer parada; pero acepten que, de su cooperativa, al menos unito es una verdadera bestia. Y si, de entre sus compañeros, no distingue al más salvajón, pues es harto posible que el muérgano sea usted. Medítelo, sanamente.

Pero hay un profesional que no quiero ver: el político profesional. Es que la política no debe ser una forma de vida, sino un acto de servicio. Queremos políticos bien preparados, claro, pero no gente preparada exclusivamente para la política. Latacunga necesita administradores, abogados, ingenieros, médicos, analistas y mucho más, y, de ellos, varios que tengan vocación política. Una cosa es ser, por ejemplo, un abogado profesional, que vive de eso, y que tiene vocación política de servicio; y otra cosa es ser un vividor de la política que se pasa de cargo en cargo y que, cuando no tiene que más hacer, ejerce de abogado.

No hay, porque no debería haber, políticos profesionales. Lo que si es imperativo para nuestra ciudad es que haya profesionales políticos. La diferencia es enorme.

Si me reúno con un grupo de gente a conversar, no debería ganar un salario por ello. Pero si, esa conversación se vuelve técnica, y de ella resulta, por ejemplo, una ordenanza BIEN HECHA, que beneficie a la ciudad, entonces merezco un estipendio. Si nos sentamos a discutir, en lugar de crear; a debatir en lugar de coordinar; a pelear en lugar de emprender, entonces no estamos haciendo nada profesional.

Cuidado, administradores, en convertirse en políticos profesionales. Sean profesionales políticos.

Otro punto de salvataje a mi favor, antes de que mis amigos Concejales se me tiren al cuello: igual que el taxista, busque entre sus colegas ediles a aquel que no crea, ni coordina, ni construye, ni propone; ese es el político profesional, maligno para nuestra ciudad. Y si claro, usted deduce que todos sus compañeros de foro son correctos profesionales políticos, pues, bueno, qué le diré, saque usted sus conclusiones. Pueda ser que a usted le vaya mejor pirateando taxi.

Lo que digo parecerá fuerte, pero solo para el chófer salvajón y para el político profesional. El profesional político y el chófer profesional lo tomarán, seguro, hasta con algo de humor. Así que, si se siente molesto por la columna de hoy, pues ya sabe a qué grupo se pertenece usted.



lunes, 28 de septiembre de 2015

Pienso, luego existo.



Cuando Descartes pensó en esto, en su trabajo “Discurso del método”, trataba de resumir en una sola consigna todo un circunloquio filosófico. En cristiano: existo porque pienso y en tanto soy capaz de tener una idea, estoy existiendo.

Pongámoslo más simple: mientras sea capaz de mantener una idea existiré. Ahora hagámoslo al contrario: sin ideas, no existo.

Nuestros mayores, y específicamente nuestros padres, de todas las generaciones, lo aceptaron como “piense antes de hacer”. Para nada es esto lo que Descartes quiso decir, pero sigue siendo un buen consejo.

Y volvemos a nuestros administradores, que no son capaces de seguir consejo técnico, ni consejo de viejo. Piensen antes de hacer, rogaría. Y me voy a referir a un par de “obritas” que, notoriamente, fueron hechas sin ser pensadas suficientemente.

Una de ellas, que ya hemos tratado, es el puente nuevo que baja por “la cuesta del hospital”, y que estaba supuesto para liberar del tráfico al puente angosto que hay, justamente, al final de esa cuesta; pero de todos modos, quienes acceden a ese puente desde la Panamericana terminan siendo redirigidos al mismo puente angosto. Resultado final: lo mismo, pero con otra vuelta.

Otra obrita boba es el baño público que hasta ahora intentan construir en el parque La Filantropía. Primero que daña terriblemente la estética del parque, segundo que se han tardado meses en construir y luego que es un gasto torpe, considerando que hay baterías sanitarias públicas a escasos cuarenta metros, en la plazoleta de San Agustín. ¿No pensaron en eso?

Pero la cereza del pastel es verde: una larga línea verde que lleva a ningún lado, pero que supuestamente nos iba a salvar la vida, pero que era completamente invisible en la noche. Hablo de las líneas de evacuación, que las hicieron color mate y tuvieron que volver a pintarlas con material retroreflexivo. ¿No se les ocurrió que también puede haber erupción en la noche? ¿Acaso el volcán cumple horas de oficina?

Pero hay obras que no ocurren porque no conviene. Como algunas obritas que solo llegan a barrios alejados cuando los lotes cambian de dueños. De eso conversaremos algún otro lunes.

Lo de hoy es clave, y muy grave. En Latacunga primero se hace, luego se piensa. Parecería que la obra que hay (que de entrada es poca y fea) se justifica en los puros números y no en realidades. Al final, lo mismo fue el Centro Comercial Popular de El Salto y lo que hoy es el CAC: par de elefantes blancos construidos con dineros de la gente sin un fin realmente provechoso. En el un caso, los pobres comerciantes han debido jugarse las del malabarista para hacer subsistir sus negocios; y, en el otro, no supieron administrar un negocio simple y les pareció mejor “revender” al gobierno central.

Ya lo hemos dicho antes, en nuestras administraciones últimas no hay ideas. Ya es suficientemente malo que no haya obras, pero que se gaste la plata de la gente en obras sin argumentos, es inaceptable.

Construimos sin estudios y sin utilidad. Actuamos sin pensar. Nos esforzamos por existir sin ideas.

Si Descartes nos viera, nos gritaría alertado lo que todos sabemos pero nos gusta jugar a olvidar: nuestra ciudad se está condenando a dejar de existir.
Piense, luego exista; porque si hace al revés, lo más posible es que termine con su casa pintada a rayas y con un enorme servicio higiénico en la sala.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Hace ¡PUM!




Mientras insistimos en noticias y cuentos del Cotopaxi, lo que realmente está a punto de reventar es nuestra economía local.

Nos pintan escenarios catastróficos y apocalipsis galopantes; y al final de la semana nos sentimos felices y contentos porque el volcán aún no nos mata. Mientras saboreamos ese pequeño momento de falsa felicidad, olvidamos que la catástrofe ya vino para muchos y que, lenta pero segura, se acerca a nosotros.

Vecino, vea más allá de su nariz. Una gran cantidad de propiedades agrícolas han sido ya afectadas por la ceniza. La producción de alfalfa, flores y hortalizas está decayendo y no remontará en un buen tiempo. Usted dirá que no come alfalfa ni flores, y brócoli solo de vez en cuando. No sea estrecho de mente.

Insisto, vea más allá. Estas empresas y propiedades emplean a cientos de latacungueños en sus labores. Estas personas, seguramente, perderán su empleo pronto. ¡Gracias a dios usted no es empleado agrícola! Pero, espere, resulta que a estas personas habrá que indemnizarles, y despedir a cien empleados puede costar al rededor de doscientos mil dólares, o más. Y no son cien, sino más. Entonces, estas empresas, no solo que dejan de producir, sino que quiebran, luego, todos los demás pierden sus empleos también. La esperanza es que esa inversión privada retorne luego de la erupción; pero si además de quebrar, quedan endeudados con indemnizaciones a empleados, ¿de dónde podrían volver a emprender?

Claro, usted, vecino, no es agricultor, ni empleado de florícola, ni vende insumos ni come rosas. Pero usted vive de ellos, todas esas personas, miles y miles que se ocupan en el agro de la zona cercana al volcán, no solo que abastecen nuestros mercados, sino que abastecen nuestros bancos, dinamizan la economía, gastan en su tienda del barrio, compran en su papelería, comen en su restaurante...

Y, claro, los administradores de turno nada dicen y lo que han dicho en la semana que pasó no sirve para nada. (Quienes fueron a las reuniones con los altos ejecutivos de la administración no me dejarán mentir)

El emprendedor agrícola no quiere plata, ni subsidios ni palmaditas en la espalda. Es claro lo que se necesita, y así nos duela, y así el mal llamado costo social sea alto: necesita estar exento de indemnizar a sus trabajadores que se encuentran desocupados, pues los cultivos se perdieron por la ceniza y las vacas ya se vendieron a dos reales. El agricultor no quiere dádivas; solo quiere dejar de perder.

Otro problema es el turismo, que siempre fue incipiente, pero ahora ni siquiera es perceptible. La solución de los supermanes de turno es buscar otros atractivos en la provincia. Eso es bueno, y era bueno siempre; debió hacerse hace diez años, por lo menos. Ahora, que busquen re-explotar el Quilotoa o los Llanganates o lo que sea, sinceramente, con todo el cariño para nuestros vecinos de Salcedo, Pujilí, Saquisilí, La Maná y Pangua, pero ¡a mi que me importa ahora! Ahora es tarde, porque todos los planes para potenciar el turismo provincial eran necesarios hace décadas, hoy estamos en emergencia turística y esa emergencia es casi solamente para Latacunga. Es mi ciudad la que necesita turismo del tipo tal que logramos que cada turista pase, al menos, dos noches en Latacunga.

Y si, me pongo egoísta, porque el problema que enfrenta “la provincia”, realmente lo carga Latacunga casi sola. Sobre las décadas de abandono que ya sufrimos, ahora nos ignoran y casi se burlan; y no hay un solo elegido del pueblo que dé la cara por nosotros.

Si, soy Cotopaxense, pero nací Latacungueño, y es mi ciudad la que está perdiendo. ¡Exijo ser representado de mejor manera!

Y si no rompe en cólera el Cotopaxi, pues que rompa en cólera al menos un Latacungueño más. No importa un volcán, cuando un pueblo hace ¡PUM!.


viernes, 11 de septiembre de 2015

Siga la línea




Hasta que se vio algo de acción en nuestros administradores. Sendas líneas verdes recorren algunas calles de la ciudad, indicando las zonas de seguridad en caso de erupción volcánica. Dioslepague, señores administradores, ahora ya sabemos para dónde correr. Confiamos en que, al final de la línea haya dónde guarecernos por un par de días y, si no es mucho exigir, un poquito de agua y medicinas básicas.

Ahora debemos saber verdaderamente cuál es la “línea de cota” que divide las zonas seguras de las de riesgo y que, más que definir quién vive y quien no, están ya justificando mercantilmente quién tiene un bien sobrevaluado y quién no podrá vender su casa hasta que el volcán explote o la venderá en precios de risa. Hemos perdido la “línea de horizonte” de nuestra ciudad, estamos extraviados en nuestra propia casa y el mercado de cualquier profesión o negocio es extremadamente volátil. Mas claro: estamos hechos locos y no hay plata.

Mi vecina ya “perdió la línea” de tanto mal dormir preocupada por el volcán; y mi vecino, que antes estaba “en línea” con el gobierno, hoy no quiere creerle más que al FaceBook y a sus panas del voley. Los administradores recién cogen la “línea de trabajo” para casos de emergencia, y ahora aparecen muy seguros y atinados en sus primeras acciones concretas antidesastre. ¡Que comparación con cómo se veían hace unas semanas: completamente “desalineados”!

Y yo creo que mejor ya dejo de hacer líneas, porque sino mi vecino de la derecha va a pensar que yo también me estoy “alineando” con su estilo de escritura.

Hablando de vecino de la derecha, un vecino derechoso, que no es lo mismo, ya me dijo que debería “alinearme” a algún partido político. Lo mismo me dijeron un par de pseudoizquierdosos. Les dije que me disculpen, que “mi línea” es la radical coronelsubista; es decir, que prefiero que no me den pensando y que además vivo hecho bolas, motivo por el cual no me gustan las líneas pues me resultan geométricamente incompatibles.

Otros bien fuera de línea son algunos amigos que andan con la moda #YOMEQUEDOENLATA, y publican en redes sociales fotos con ese lema hasta en las camisetas... pero viven en Quito. ¡Hablen serio! ¿No se dan cuenta que le quitan crédito a la iniciativa? Capaz que me coge la moda de ponerme la camiseta, porque me gusta la idea de acompañar una tendencia tan buena como esa y en verdad #yomequedoenlata para ver que tal van las cosas, y para contarles, el lunes que le siga a la erupción, cómo se ve todo, desde la humilde óptica de un guambra de Lata.

Mientras el Cotopaxi nos permita, cuidemos lo que aún tenemos de ciudad, lo que aún nos queda de latacungueñismo y, a ser posible, hagámoslo crecer. Pero, sobre todo, seamos coherentes y tengamos sindéresis. Ojala los primeros en salir de mi tierra no sean los supermanes de turno; aunque pensándolo bien, hasta sería bueno.

Tampoco sería malo que el batallón de ajenos destructivos salieran y se olvidaran de volver. Pero solo los destructivos, porque está claro que hay foráneos, y hasta de otras nacionalidades que nos dan lecciones de latacungueñismo.

Y así, podemos seguir “tirando líneas” para esta columna, pero me arriesgo a que me tilden de amargado, y no lo soy tanto. Hasta ver qué mismo pasa con el volcán, nos veremos el otro lunes, a menos que nos toque alerta roja entre semana, en cuyo caso, seguro nos veremos al final de la línea.

viernes, 4 de septiembre de 2015

Especulación




Dice el diccionario: “ESPECULACIÓN: Idea o pensamiento no fundamentado y formado sin atender a una base real.”
Somos una ciudad especulativa, puramente. Desde el chisme de la vecina hasta algunas decisiones de los administradores de turno se dan por puras ideas irreales e infundadas. En mi ciudad es peligroso andar en el carro con un acompañante del sexo opuesto, porque resulta casi obligatorio haber tenido alguna relación sentimental con esa persona. Si logramos tener algo de dinero en esta vida, pues seguramente tenemos negocios chuecos o estamos lavando dinero. SI somos exitosos en lo que hacemos, no puede ser que seamos inteligentes o capaces, sino que seguramente tenemos la palanca adecuada o comerciamos favores. ¡Puro cuento!

De la misma manera especulativa y loca que organizamos la evacuación de la ciudad, estamos ahora abandonando nuestras casas de siempre y pagando arriendos ridículos en cualquier otro lado que sea zona segura. Seguimos más interesados en las noticias que nos da el FaceBook que el IGM y nos enteramos que hubo presos y garroteados en las marchas por los “memes” e imágenes jocosas antes que por las noticias de la mañana. Sabemos más del juicio al marido de la Sharon que de la política local; nos importa más adónde correr que cómo salvar esta ciudad.

¡Especulador! Usted, vecino, si, usted: especulador. Usted que comenta lo que no sabe y afirma lo que no conoce. Usted que se atreve a dar consejo sobre el Cotopaxi sin haber ni siquiera leído el último reporte técnico.

¡Ladrón! Usted, que ya subió los precios de su tienda y que dice que “todo está caro” cuando sigue comprando a su distribuidor al mismo precio y haciendo lucro infame, abusando del susto e ignorancia de su propio hermano latacungueño.

Otro especulador es el comerciante de fuera, que llega a nuestra ciudad solamente a fomentar el desorden, a competir deslealmente y a destruir la frágil economía de quienes ejercen el comercio legalmente.

Pero no me quedo en los comerciantes ilegales, pues otros especuladores son algunas grandes cadenas comerciales que, llegadas a nuestra ciudad hace poco y habiendo sido recibidos con alegría, hoy nos duplican y hasta triplican los precios de algunas mercaderías específicas, como si no nos diéramos cuenta.

Pero ideas y pensamientos no fundamentados es lo que más hay en la administración de las últimas décadas de nuestra ciudad. ¡La misma ciudad es prueba de ello! El puente nuevo, por ejemplo, ese que está junto al hospital, ¿no tenía por finalidad desahogar el paso por los “dos puentes”? Y qué sucede ahora, si de todos modos el tráfico de este obra se redirige a la cuesta del Molino Poultier. Y para ello tuvieron que modificar varias veces el sentido y geometría de las calles. Quedó claro que primero se hizo la obra y luego los estudios de tránsito, o los hicieron mal.

Nos encanta el chisme y la desinformación. Somos especulativos. Nos estamos mostrando al mundo como poco reflexivos e ignorantes. ¡Qué vergüenza!

Acá no hay solidaridad, ni un mínimo sentido de buena vecindad o compasión por el prójimo. El que pudo ya huyó, el que pueda huirá y al que mejor le fue ni siquiera vive aquí porque se acomodó en cualquier otra ciudad y se olvidó de su cuna.

Y así está la cuna de los filántropos sabios y grandes: despoblada de sus hijos y llena de gorgojos.

Así vivimos hoy, en lo que otro día fue el centro del país: totalmente apartados de cualquier avance social, medio incultos y medio ignorantes. Dependientes y a la vez promotores del qué dirán, flojos de acción y ligeros de lengua. Lo mismo aplica para la clase política, si es que hay una.

Ah, cierto, la clase política local, ¿qué opinará? Ni se le ha visto.