Mientras
insistimos en noticias y cuentos del Cotopaxi, lo que realmente está
a punto de reventar es nuestra economía local.
Nos
pintan escenarios catastróficos y apocalipsis galopantes; y al final
de la semana nos sentimos felices y contentos porque el volcán aún
no nos mata. Mientras saboreamos ese pequeño momento de falsa
felicidad, olvidamos que la catástrofe ya vino para muchos y que,
lenta pero segura, se acerca a nosotros.
Vecino,
vea más allá de su nariz. Una gran cantidad de propiedades
agrícolas han sido ya afectadas por la ceniza. La producción de
alfalfa, flores y hortalizas está decayendo y no remontará en un
buen tiempo. Usted dirá que no come alfalfa ni flores, y brócoli
solo de vez en cuando. No sea estrecho de mente.
Insisto,
vea más allá. Estas empresas y propiedades emplean a cientos de
latacungueños en sus labores. Estas personas, seguramente, perderán
su empleo pronto. ¡Gracias a dios usted no es empleado agrícola!
Pero, espere, resulta que a estas personas habrá que indemnizarles,
y despedir a cien empleados puede costar al rededor de doscientos mil
dólares, o más. Y no son cien, sino más. Entonces, estas empresas,
no solo que dejan de producir, sino que quiebran, luego, todos los
demás pierden sus empleos también. La esperanza es que esa
inversión privada retorne luego de la erupción; pero si además de
quebrar, quedan endeudados con indemnizaciones a empleados, ¿de
dónde podrían volver a emprender?
Claro,
usted, vecino, no es agricultor, ni empleado de florícola, ni vende
insumos ni come rosas. Pero usted vive de ellos, todas esas personas,
miles y miles que se ocupan en el agro de la zona cercana al volcán,
no solo que abastecen nuestros mercados, sino que abastecen nuestros
bancos, dinamizan la economía, gastan en su tienda del barrio,
compran en su papelería, comen en su restaurante...
Y,
claro, los administradores de turno nada dicen y lo que han dicho en
la semana que pasó no sirve para nada. (Quienes fueron a las
reuniones con los altos ejecutivos de la administración no me
dejarán mentir)
El
emprendedor agrícola no quiere plata, ni subsidios ni palmaditas en
la espalda. Es claro lo que se necesita, y así nos duela, y así el
mal llamado costo social sea alto: necesita estar exento de
indemnizar a sus trabajadores que se encuentran desocupados, pues los
cultivos se perdieron por la ceniza y las vacas ya se vendieron a dos
reales. El agricultor no quiere dádivas; solo quiere dejar de
perder.
Otro
problema es el turismo, que siempre fue incipiente, pero ahora ni
siquiera es perceptible. La solución de los supermanes de turno es
buscar otros atractivos en la provincia. Eso es bueno, y era bueno
siempre; debió hacerse hace diez años, por lo menos. Ahora, que
busquen re-explotar el Quilotoa o los Llanganates o lo que sea,
sinceramente, con todo el cariño para nuestros vecinos de Salcedo,
Pujilí, Saquisilí, La Maná y Pangua, pero ¡a mi que me importa
ahora! Ahora es tarde, porque todos los planes para potenciar el
turismo provincial eran necesarios hace décadas, hoy estamos en
emergencia turística y esa emergencia es casi solamente para
Latacunga. Es mi ciudad la que necesita turismo del tipo tal que
logramos que cada turista pase, al menos, dos noches en Latacunga.
Y
si, me pongo egoísta, porque el problema que enfrenta “la
provincia”, realmente lo carga Latacunga casi sola. Sobre las
décadas de abandono que ya sufrimos, ahora nos ignoran y casi se
burlan; y no hay un solo elegido del pueblo que dé la cara por
nosotros.
Si,
soy Cotopaxense, pero nací Latacungueño, y es mi ciudad la que está
perdiendo. ¡Exijo ser representado de mejor manera!
Y si
no rompe en cólera el Cotopaxi, pues que rompa en cólera al menos
un Latacungueño más. No importa un volcán, cuando un pueblo hace
¡PUM!.
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