miércoles, 16 de septiembre de 2015

Hace ¡PUM!




Mientras insistimos en noticias y cuentos del Cotopaxi, lo que realmente está a punto de reventar es nuestra economía local.

Nos pintan escenarios catastróficos y apocalipsis galopantes; y al final de la semana nos sentimos felices y contentos porque el volcán aún no nos mata. Mientras saboreamos ese pequeño momento de falsa felicidad, olvidamos que la catástrofe ya vino para muchos y que, lenta pero segura, se acerca a nosotros.

Vecino, vea más allá de su nariz. Una gran cantidad de propiedades agrícolas han sido ya afectadas por la ceniza. La producción de alfalfa, flores y hortalizas está decayendo y no remontará en un buen tiempo. Usted dirá que no come alfalfa ni flores, y brócoli solo de vez en cuando. No sea estrecho de mente.

Insisto, vea más allá. Estas empresas y propiedades emplean a cientos de latacungueños en sus labores. Estas personas, seguramente, perderán su empleo pronto. ¡Gracias a dios usted no es empleado agrícola! Pero, espere, resulta que a estas personas habrá que indemnizarles, y despedir a cien empleados puede costar al rededor de doscientos mil dólares, o más. Y no son cien, sino más. Entonces, estas empresas, no solo que dejan de producir, sino que quiebran, luego, todos los demás pierden sus empleos también. La esperanza es que esa inversión privada retorne luego de la erupción; pero si además de quebrar, quedan endeudados con indemnizaciones a empleados, ¿de dónde podrían volver a emprender?

Claro, usted, vecino, no es agricultor, ni empleado de florícola, ni vende insumos ni come rosas. Pero usted vive de ellos, todas esas personas, miles y miles que se ocupan en el agro de la zona cercana al volcán, no solo que abastecen nuestros mercados, sino que abastecen nuestros bancos, dinamizan la economía, gastan en su tienda del barrio, compran en su papelería, comen en su restaurante...

Y, claro, los administradores de turno nada dicen y lo que han dicho en la semana que pasó no sirve para nada. (Quienes fueron a las reuniones con los altos ejecutivos de la administración no me dejarán mentir)

El emprendedor agrícola no quiere plata, ni subsidios ni palmaditas en la espalda. Es claro lo que se necesita, y así nos duela, y así el mal llamado costo social sea alto: necesita estar exento de indemnizar a sus trabajadores que se encuentran desocupados, pues los cultivos se perdieron por la ceniza y las vacas ya se vendieron a dos reales. El agricultor no quiere dádivas; solo quiere dejar de perder.

Otro problema es el turismo, que siempre fue incipiente, pero ahora ni siquiera es perceptible. La solución de los supermanes de turno es buscar otros atractivos en la provincia. Eso es bueno, y era bueno siempre; debió hacerse hace diez años, por lo menos. Ahora, que busquen re-explotar el Quilotoa o los Llanganates o lo que sea, sinceramente, con todo el cariño para nuestros vecinos de Salcedo, Pujilí, Saquisilí, La Maná y Pangua, pero ¡a mi que me importa ahora! Ahora es tarde, porque todos los planes para potenciar el turismo provincial eran necesarios hace décadas, hoy estamos en emergencia turística y esa emergencia es casi solamente para Latacunga. Es mi ciudad la que necesita turismo del tipo tal que logramos que cada turista pase, al menos, dos noches en Latacunga.

Y si, me pongo egoísta, porque el problema que enfrenta “la provincia”, realmente lo carga Latacunga casi sola. Sobre las décadas de abandono que ya sufrimos, ahora nos ignoran y casi se burlan; y no hay un solo elegido del pueblo que dé la cara por nosotros.

Si, soy Cotopaxense, pero nací Latacungueño, y es mi ciudad la que está perdiendo. ¡Exijo ser representado de mejor manera!

Y si no rompe en cólera el Cotopaxi, pues que rompa en cólera al menos un Latacungueño más. No importa un volcán, cuando un pueblo hace ¡PUM!.


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