viernes, 14 de julio de 2017

Otra vez, los pendientes.



El cambio de gobierno nos ha traído una extraña sensación de paz. Parece que nada está pasando, los ánimos se calmaron y todos estamos esperanzados, como niño en víspera de cumpleaños, que algo espectacular suceda pronto. Parecemos haber olvidado que el Ecuador está en un severo bajón económico, que Cotopaxi aún pelea mercados internos para su producción y que Latacunga sigue en manos de gandules sin creatividad.

Por eso, y sin el fin de estorbar su paz de placebo, vecino, voy a repetir como vengo haciendo cada de vez en cuando, la lista de pendientes de nuestra tierra. Solo para que no se olvide, que aunque haya nuevo presidente, los de aquí siguen siendo los mismos, y siguen igual. Vaya viendo:

Hasta la fecha no se sabe qué va a pasar con Tilipulo, llevamos dos años de pelea, al menos se logró que no lo acaben de matar, pero tampoco se ve un esfuerzo real por rescatar nuestra hacienda histórica. Lo del camal es un cuento de nunca acabar, supuestamente ya teníamos terreno pero corrió la voz de que los procesos para su construcción van mal, mientras tanto, todo el equipamiento que compramos por adelantado y a ciegas, sigue guardado en una bodega, añejándose. El plan maestro de alcantarillado es una mentira, hasta ahora no vemos un plan ni tampoco un maestro que nos cambie aunque sea un tubo. Ahora ya se necesita repavimentar la ciudad y no hay plata, además sería inoficioso gastar en pavimento sin aprovechar para cambiar el alcantarillado y, con un poquito más de inteligencia, de una vez soterrar todos los cables que estorban el magnífico horizonte de nuestra ciudad.

Para rematar hay deudas que pagar y éstas acumulan decenas de miles de dólares en intereses cada mes. Nuestro sistema de recolección de basura es una basura, mismo. Los contenedores parecen de juguete, el carro recolector es un mastodonte que no pasa por nuestras calles estrechas y que nadie sabe con qué criterio lo compraron... ni en cuánto. Ahora la solución, supuestamente, es comprar otro camión recolector, cuando la verdad es que no tenemos una estrategia ni estadística real, ni capacitación ni infraestructura. Y la empresa que nos podía dejar todo eso nos enjuició, justamente, porque no le pagaron. Para rematar el asunto, debemos solucionar también respecto del lugar de destino de nuestros deshechos, porque el botadero de la vía a Pujilí ya no sirve y nunca operó técnicamente.

Seguimos con un SIMTEL anacrónico e inútil que, además, opera sin una legislación clara que lo respalde, no presta ningún servicio real a la ciudadanía y, francamente, es un desperdicio de esfuerzo cuando casi todos se dan modos para evadir esos pagos y, realmente, lo que se necesita es una policía de tránsito municipal que ponga algo de orden en este avispero. Pero claro, como gran chiste asumimos las competencias de tránsito sin tener ni la más mínima idea de lo que hacíamos.

Políticamente el municipio es un caos. El Concejo de la ciudad no sabe que hacerse pues les resulta imposible conciliar en asuntos importantes de la ciudad, pese a que algunos se lamen los bigotes ante la ausencia de uno de los Concejales que más pataleaba. Lo peor es que, según se dice, algunos de esos concejales aún creen que la gente les seguirá apoyando y ya han manifestado su intención de reelegirse o, incluso, de terciar para la Alcaldía en los próximos comicios. A esto hay que sumarle que, también dice el chisme, tendrían la misma intención el actual y un ex Alcalde...

No estoy seguro si en mi ciudad sobra audacia o falta vergüenza. Nuestra clase política actual debe ser extirpada de raíz y reemplazada por elementos técnicos, personal joven y líderes sociales con capacidad académica y criterio de ciudad.


Espero que este nuevo gobierno nacional signifique, a nivel local, el paso de transición que urgentemente reclamamos en Latacunga, el fin de una era y el inicio de otra.

viernes, 23 de junio de 2017

Mariquita Pérez


Cuando era chico y en medio de un juego alguna niña resultaba golpeada, pronto los demás niños hacían escarnio y lo anulaban socialmente a uno recitando en coro: “mariquita Pérez, pegando a las mujeres”. Era duro ser niño en esas épocas. Pero más duro es ser adulto hoy.

Verán, muchos de los que coreaban el mariquita Pérez terminaron golpeando a la mujer que dicen amar. Otro tanto no fue capaz de alzar la mano -gracias a Dios- pero la anularon como persona de alguna manera. Ya no hay, junto a ellos, quien los avergüence públicamente. Que duro ser adulto hoy y haber decepcionado al niño que odiaba a los mariquitas Pérez.

Pero claro, a veces es al revés: hoy es desgraciadamente común el maltrato hacia el hombre. Le aseguro, vecino, que usted conoce al menos un hombre maltratado y, si no lo conoce, usted es el aludido. Y no se apene, el que no nos guste aceptarlo solo hace más profunda la realidad, porque está oculta.

Y no es cosa de comparar quien maltrata más, o quien históricamente ha violentado más derechos, porque no hay que esconder el maldito abolengo machista de nuestra sociedad. Pero tampoco es cosa de empezar a desquitar los errores de otros, a pena de nuevas víctimas.

Es que la sociedad colabora. La misma estructura machista que hipócritamente cantaba el mariquita Pérez, también afirmaba después que “no le ha de haber pegado de gana”. Esta sociedad actual, que busca vindicar los derechos de la mujer no ha sido capaz de crear una “abusiva López” que signifique la misma vergüenza que el mariquita Pérez.

Es momento de preguntarnos en qué han fallado nuestros padres, y evitar esos errores en nuestros hijos.

Les doy algunas pistas. Para empezar, las personas de ahora no saben atenderse solas, se creen de la realeza y son incapaces de cocinarse un arroz con huevo. Las gentes de hoy, mi generación, crecieron pensando que son semidioses a quienes no se les puede reclamar nada y, si se les reclama, es un atentado psicológico. Mi generación, inconscientemente, se cree con derecho a todo y sobre todo. Las personas de hoy no saben pelear la vida juntos, sino pelearse toda la vida por no saber estar juntos. Generación entera de huérfanos, pues no hubo padres sino empleados, proveedores; sirvientes mimosos incapaces de darnos una buena lección, aunque eso requiera un correazo o una bofetada. Es que tenían miedo de herir la psiquis del guagua y lo que consiguieron es una generación completa con miedo al sufrimiento, incapaces de resolver sus propios problemas o, incluso, de reconocer que tienen un problema.

Otra pista: cuando leyó el párrafo anterior habrá notado que nunca diferencié entre hombres o mujeres, solo dije personas, pero usted que lo leyó habrá tenido imágenes en su cabeza de alguno de los dos sexos, específicamente, parado frente a la cocina, por ejemplo. Y no se preocupe, eso es normal. Desgraciadamente normal. Es que también nos criaron con estricta observancia de nuestros genitales, como hombres, como mujeres; nunca como personas.

Hoy insistimos en ver a la gente como lo uno o lo otro: o es hombre o es mujer. ¡Y cómo estorban los homosexuales, los transexuales, los transgénero! ¡Como estorban los que son, simplemente diferentes! Pero no es que los odiemos, es que les tenemos miedo: ellos significan la ruptura de nuestra comodidad mental, nos obligan a pensar más allá y a ver el mundo de una manera distinta. De hecho, nos dejan ver que todo es más simple cuando eliminamos etiquetas, cuando asumimos nuestra realidad y nos damos cuenta que solo somos personas, nada más.

Hay personas abusivas, personas tristes, personas violentas, personas alcohólicas, personas manipuladoras y, sobre todo, muchas personas buenas. Solo somos personas. Ser hombre no es etiqueta de insensibilidad y violencia; ser mujer tampoco significa un estado de víctima e indefensión indudable; una distinta orientación sexual realmente no significa nada, solo que a esa persona le gusta algo que a mi no me gusta -como pasa con la comida-; no sentirse conforme con el género que se nace tampoco significa sino que esa persona busca su felicidad por medios diferentes a los comúnmente aceptados.

Ese es el problema de fondo, que no hemos aprendido a tratarnos como simples personas sino de acuerdo a nuestro sexo.

Dejemos de vernos a las ingles, y empecemos a vernos a los ojos.



viernes, 28 de abril de 2017

Paraísos Fiscales


En la consulta popular que nos presentaron en estas últimas elecciones generales se nos propuso decidir si deseamos que los servidores públicos de cualquier tipo se abstengan de mantener capitales en los llamados paraísos fiscales so pena de destitución. Esto se hizo en medio de vientos ásperos y momentos en que los medios nos llenaban la cabeza de “Panama Papers” y nos decían que los corruptos tenían sus dineros allí. Pero también encontraron dinero sucio en el techo falso de una casa, y no por eso se ha consultado si se debe prohibir construir techos así.

Votamos con el hígado. Elegimos el “SI” con la idea de que un paraíso fiscal es un país de gangsters destinado exclusivamente para el servicio de la corrupción. Y no es así.

Un paraíso fiscal es algo increíblemente simple: es un país donde no hay tantos impuesto ni controles a cómo la gente mueve su dinero. Solo eso. Nada más.

Piense en esto: a usted le gustaría que le quitaran el impuesto verde, el de salida de capitales, reduzcan el IVA y la renta, que el banco no le pida certificaciones sobre dónde saca la plata que tiene, que no le joroben con papeleo cuando abre una cuenta corriente y que le dejen de controlar cómo gasta su plata que se ha ganado con el sudor de la frente de forma lícita y legal. Entonces, a usted le gustaría que el Ecuador sea un paraíso fiscal.

Ahora bien, es verdad que estos lugares son aprovechados por mafiosos y corruptos para esconder o limpiar su plata mal habida. Entonces, lo malo no es el país con bajos impuestos, sino el origen del dinero. El Ecuador debe buscar medidas para acabar con la corrupción, no para controlar dónde la gente invierte. En países como Panamá hay plata de corruptos y también de empresarios sanos que, simplemente, quieren tener su plata en un lugar en que les jodan menos. ¡Y no hay nada de malo en ello!

Al contrario, los paraísos fiscales ayudan a sostener la economía de nuestros continentes. Economías frágiles donde se inventan impuestos a cada rato, como la nuestra, no son atractivas a los inversionistas, entonces ellos guardan sus capitales en estos lugares hasta que la situación sea más beneficiosa. Así, y por ejemplo, si queremos mantener la inversión en nuestro país, aunque suene ridículo, la mejor opción no es prohibir que el dinero salga, sino eliminar el impuesto a la salida de capitales porque, obviamente, el inversionista extranjero querrá sacar sus ganancias, y si no e dejamos sacarlas, pues mejor simplemente no invierte aquí.

Por último, negar a cualquier persona tener su dinero en algún lugar es inconstitucional. Usted, vecino, puede tener la plata donde se le pegue la gana. ¡Es su plata! El estado puede -y debe- controlar cómo usted consiguió su plata, cuidar que sus negocios sean legales; pero luego de que usted ha ganado bien ese dinero, usted tiene el derecho de hacer con él lo que desee.

Esta medida que, como digo, elegimos con el hígado, no hace más que complicar la ya obscura situación de los pocos que desean invertir en nuestro país. Es verdad, no todos los inversionistas son servidores públicos, ni todos los servidores públicos son inversionistas internacionales. Pero simplemente no existe ningún motivo razonable por el que no puedan serlo. Hoy la mayor parte de empresas mundiales mantienen sus sedes en paraísos fiscales así que, si usted es funcionario público y ha comprado, por ejemplo, paquetes de vacaciones en cadenas hoteleras, se mandó a traer sus repuestos del extranjero o simplemente juega poker por internet podría ser que, al final de la cadena, su dinero esté o haya estado en un paraíso fiscal. Tenga cuidado también de hacer donaciones a organizaciones internacionales benéficas, ecológicas, promotoras de software libre, entre otras que, por supuesto, recibirán su dinero en cuantas bancarias de paraísos fiscales.

Acabamos de crear un nuevo pretexto de persecusión a funcionarios público y, para nada, ayudamos a eliminar la corrupción.



viernes, 3 de febrero de 2017

Crónicas de Piedra Pómez



¿Ya se vieron las películas tipo Crónicas de Narnia y otras parecidas que cuentan historias sorprendentes, en reinos mágicos, donde ninguna cosa parece tener sentido,pero sin embargo suceden? Yo ya me vi algunas. Y veo novelas parecidas todos los días. Situaciones increíbles, personajes que nadie explica por qué están en la posición que están, locaciones mágicas y un montón de mentiras infantiles que algunitos optan por creer para no complicarse.

Creo que podríamos ensayar una historia similar, más o menos con el siguiente guión:

“En una tierra prodigiosa, isla de paz y poblada por gente industriosa pero extremadamente incauta, lugar apacible rodeado de colinas y surcado por ríos se levantó, hace más de un siglo, un elegante castillo de Piedra Pómez, el mejor y mas grande en su tipo que el mundo haya visto jamás. Habitar ese castillo es un premio que galardona al mejor habitante del reino, por selección escrupulosa de sus vecinos y con el fin de gobernar y administrar dicho reino para que continúe siendo, como ha sido siempre, el más bonito de la región.

Naturalmente, el acceso a ese castillo ha sido muy codiciado por mercenarios, oportunistas y vagos. La mayor parte de quienes han pasado por la casa de cascajo han aprovechado la inocencia de los habitantes para hacerse de beneficios personales. Unos, disfrazados de héroes azules, otros con coraza y espada en mano, otros acanallando al antecesor y todos, pero todos, escondiendo sus errores, agrandando virtudes inexistentes, ocultando su incompetencia e ignorancia, engañando.

El castillo otorga bondades mágicas a quienes lo gobiernan. De repente, tienen el poder de desaparecer monedas, crear estructuras sin nunca haber hecho un plano, convertir tierras agrícolas en edificaciones de concreto, hacer llegar agua hasta donde nadie la necesita, convertir monumentos históricos en carnicerías, otorgar absoluciones a los más pecadores y hasta organizar tratos con el diablo sin que parezca haber ningún efecto colateral para el que gobierna.

En este castillo también funciona una mesa redonda, donde notables ciudadanos cumplen con el deber de organizar la vida del reino. Pero el gobernante de turno es hábil e impide que los notables puedan llegara a acuerdos benéficos para la ciudad, ya sea haciéndose de la voluntad de algunos u organizando entuertos para desprestigiar a otros. Se dice incluso que algún notable se ceba con favores y beneficios para sus cercanos.

El que gobierna el castillo distribuye su poder entre varios delegados, a fin de que le ayuden a gestionar su autoridad. Algunos de estos delegados son terribles tiranos, otros incluso se creen superiores al propio gobernante y, en general, hacen y deshacen sin control, aún por fuera del conocimiento y aprobación de aquel que los delegó. En el mejor de los casos hay delegados que no hacen nada, porque no saben hacerlo y están en sus lugares a título acomodaticio, pero como tampoco presentan incomodidad para el gobernante, son mantenidos allí, mientras se fabrique situación más favorable.

Mientras, los habitantes del reino se distraen y contentan con mínimas raciones de felicidad y comida, además de una que otra bondad residual de la administración. El reino pierde su lucidez y los habitantes se encuentran más preocupados en sobrevivir el día a día que en el propio destino del reino.

El castillo de Piedra Pómez se ha vuelto gris. Ya no es símbolo de orgullo del pueblo, sino un estandarte de decadencia.

(...)”

Obviamente el cuento está incompleto. Es indispensable que usted, amigo lector, colabore con el final de la obra. Pero no se moleste en escribir, usted solo ejecute su papel que el cuento se escribirá solito. Decida, amigo mío, si quiere ser villano, ogro, mutante, duende, aldeano ignorante o si, por el contrario, desea ser el héroe del cuento o, al menos, un soldado activo y leal al antiguo espíritu de este pueblo.

Usted decida y actúe, que yo también le entraré a la obra, que seguro tendrá teatro lleno.



viernes, 16 de diciembre de 2016

Estamos solos




Cuando en el Ecuador vio la luz nuestra aún flamante Constitución, cundió la esperanza de un país eficiente. Entre los ciudadanos también nació la fe de una estructura garantista, donde nuestros derechos finalmente se hagan valer. Tras esa Constitución, y durante los últimos años, ha venido sucediendo una continua renovación y cambio de las autoridades en todos los niveles, desde conserjes hasta jueces y ministros. Esperábamos con los ojos brillosos ver los resultados de esta tan bien vendida “revolución”.

Lo dicho: todos han cambiado, pero nada ha cambiado. Del diario nos vienen noticias de incumplimientos de autoridades, vulneraciones de derechos constitucionales, leyes “a la medida” y, lo peor, la desatención flagrante y negligente de los ciudadanos.

No tenemos a quién reclamar y, cuando lo hacemos, mil situaciones se confabulan casi dolosamente para que nuestros reclamos no prosperen. Lo más doloroso es que, en muchos casos, los confabulados son los mismos que elegimos para que cuiden nuestros intereses. A nuestros elegidos no les pesa dejar de protegernos cuando, al hacerlo, puedan arriesgar sus intereses políticos o, simplemente, no les alcanzan los tanates para hacerlo. Hierven en temores y conveniencias mientras, fuera de sus acomodadas oficinas, quienes los elegimos caemos en desesperación ante tanta indolencia y ignominia.

Si, vecinos: todo apunta a que estamos solos. Nuestros líderes y representantes nos han abandonado.

Pero, lejos de sufrir por ello hemos de alegrarnos: si nuestros elegidos nos han abandonado significa entonces que no nos representan mas. ¡Nos hemos librado de ellos! Si, señores elegidos, desde que ustedes deciden voluntariamente no representar los intereses de los ciudadanos pierden automáticamente su único requisito de licitud: la voluntad popular. Y si, como ahora, han perdido nuestra representación, entonces lo que los sostiene en el cargo es tan solo una formalidad, un papel. Tengan dignidad, empiecen a hacer aquello que les mandamos a hacer o, simplemente, renuncien. Si, renuncien, mientra su honor aún sea salvable y antes de causar más y mayores perjuicios.

Y tranquilo vecino, replanteemos las cosas. Cuando muchos están solos todos esos solitarios acaban estando juntos. No estamos solos: ¡estamos juntos! Todos metidos en esta desesperanza y abandono, todos con la misma rabia y la misma intensidad. Todos, por fin, y a fuerza de ser golpeados por nuestros representante, podemos llamarnos hoy por un mismo nombre: latacungueños.

Ya pasamos de estar solos a estar juntos. Eso es un gran avance, pero falta un paso mas: estemos UNIDOS.

Muy poco lograremos si seguimos cada uno por su lado. Mientras la gran mayoría alza los hombros y finge demencia, otros cuantos agradecen con la vida la chaupiobra que han recibido y, los menos escrupulosos, se dedican a atacar a los pocos que hacen algo. Que los pocos se vuelvan muchos, que los inescrupulosos no se atrevan contra nosotros y que los que mendigan obras ganen amor propio y, por su honor, dejen de mendigar y empiecen a reclamar lo que por derecho les corresponde.

¡Esto es Latacunga! Y es nuestra, es mía. La ciudad nos pertenece y debemos hoy, como nunca, cuidarla de quienes tanto daño le han venido haciendo. Hoy es el día. Mañana, si seguimos como estamos, nos habremos graduado de cobardes.

Hoy, vecino, hoy.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Carta para un burro




Las pasadas semanas la atención de todos se posó en los procedimientos iniciados por un ciudadano de quien nadie conoce nada, que pide la revocatoria del mandato del Alcalde Sánchez. Iniciado el proceso, el Alcalde debía defenderse y responder argumentadamente, como es normal. Pero nada de esto se hizo bajo parámetros de la más estricta, reservada y sobria técnica, sino que se organizaron marchas de apoyo, plantoneras y un amplísimo despliegue de entrevistas en los medios.Vimos, hace algunos días, cómo nuestro Alcalde se hace acompañar de un par de centenares de personas cada vez que cree que su cabeza está en juego. Y siempre está en juego.

Miren, que un líder se haga acompañar de sus acólitos para sus actos oficiales no está mal. Lo malo es que los acólitos no reconozcan al líder como tal ni actúen con espontaneidad. De entre los que marcharon junto al burgomaestre estaban, según recoge la prensa, el chisme y las averiguaciones, principalmente: empleados de la administración, compañeros de camiseta política y varias personas completamente desconocidas para los Latacungueños. Luego trascendió que estos desconocidos eran pobladores de las zonas rurales del cantón, muchos de ellos con carteles de gratitud por las chaupiobras recibidas. Eran Latacungueños también.

En la radio, misma dosis: en medio de una muy mediocre entrevista al administrador, varias llamadas con sufrida gratitud por las chaupiobras. Somos tontos: agradecemos el pedazo de queso que nos obsequia quien nos deja dañando la refrigeradora.

Volvemos al clientelismo político de hace un par de décadas. Con cien metros de tubería, una canchita o par de postes se compra la voluntad de un barrio. ¡Qué denigrante! Mientras la administración se finge fuerte por estar acompañada de unos cuantos autoreconocidos residentes rurales, la ciudad como tal está a punto de reventar.

Mira, vecino rural, para que sepas cómo está la cosa: mientras a tu barrio les hacen llegar la tubería o te adoquinan una callecita o te hacen cualquier agrado mediocre, la ciudad se hunde en sus propias eses al son del alcantarillado que colapsa, se gesta el atentado contra la memoria histórica de la ciudad queriendo convertir monumentos en despostaderos, permitiendo que TUS plazas y parques se vuelvan mercados negros; no se fomenta la industria, ni el turismo, ni nada; todo está de cabeza y nuestra Latacunga se fractura en todos sus niveles. ¡Pero claro, mientras a tu solar le llegue cuatro gotas de agua, el resto del mundo que se joda!

Basta, vecino campesino. No seas torpe. Te están usando. Las chaupiobras que recibes no son ningún favor: es obligación del administrador mejorar tu vida. Ese es su trabajo, no es un regalo. No tienes nada que agradecer.

Pongamos las cosas en perspectiva: el administrador ha de defenderse en un procedimiento que pide que deje de ser administrador por, según quién solicita, existir manejos deficientes, incumplidos o negligentes del asunto público. Ustedes, todos los que acompañan las marchas, si el administrador es ratificado en su lugar, aún deberán batallar con el trabajo investigativo que Contraloría viene realizando por varios asuntos y, hasta donde se sabe, con no muy agradables resultados. ¿Qué van a hacer ahí? ¿Van a marchar y desfilar y poner bandas de pueblo para ver si con eso cambian la realidad?

Si, al final del examen de Contraloría, resulta ser que esta administración si ha sido eficiente, yo seré el primero en utilizar este espacio para saludarle. Pero si, por el contrario, se encuentra que hay deficiencia, ineptitud, negligencia o, en el peor de los casos, responsabilidades penales y actos delictivos, entonces, pregunto, ¿quién saldrá a saludar al administrador? ¿Serán ustedes, los de las marchas y plantoneras, quienes se arriesguen a tratar de resembrar ese árbol caído?

No deseo el mal de nadie, excepto el de aquel que atenta contra mi ciudad. Espero, con toda la fe, estar errado en mis apreciaciones particulares de esta administración. Me gustaría mucho tener motivos para disculparme por mis opiniones. Hasta ese día, ojalá consiga yo cien amigos que me acompañen a dejar mis textos en La Gaceta.O, al menos, que vayan más allá del "like" y comenten algo positivo.


lunes, 3 de octubre de 2016

COLECTIVOS




Mucho hemos oído hablar últimamente de los famosos “colectivos”. Pero muy pocos de nosotros sabemos exactamente qué es lo que son. Y la respuesta es sencilla: somos nosotros. Si, nosotros, todos.

Me explico: los colectivos son, formalmente, agrupaciones de personas que se conforman para lidiar, gestar o activar algún hecho o labor social de interés común. NO son minorías, para nada y al contrario, son quienes representan los intereses de las mayorías frente a los actos arbitrarios de la administración. A veces son miles, a veces cientos y muchas veces solo un par de decenas de gentes, pero eso no significa que sean pocos: somos todos. Ellos nos representan a todos y tenemos mucho que agradecerles.

El colectivo no es una asociación formalmente hablando, ni es un club, ni una ONG. Es, realmente, la más sencilla forma de participación: son los que están y están los que son. Para formar un colectivo no se necesita una escritura, ni sede, ni actas, ni cuotas ni membresías; la voluntad basta.

Cualquier grupo de personas, donde estén más de tres, que tengan un objetivo social común y que dispongan del tiempo y las ganas de cabildear y hacer activismo social por dicha causa son, por defecto, un colectivo, así no se reconozcan como tales. Es, más o menos, como una minga, pero con fines de construcción social.

Y son poderosos: los colectivos GLBTI han organizado cruzadas de miles de personas y han llegado a paralizar ciudades y preocupar Parlamentos; organizaciones animalistas han logrado reformas legislativas en varias ciudades y estados del mundo; lo mismo feministas, naturalistas, antiracistas y toda una serie de “istas” que se van colocando juntos conforme sus intereses les reúnen.

En Latacunga esta forma de agrupación ya había tardado bastante en hacerse ver. Sorprende que entre más de doscientos mil habitantes de Latacunga, no haya sino un par de cientos de latacungueñISTAS organizados. Pero, recordemos: no tienen que ser muchos, porque nos representan a todos.

Obra de colectivos fue, recuerden ustedes, las exposiciones de arte en los pasajes del centro histórico, adornar con geranios el pasaje de La Compañía en la calle Padre Salcedo, captar donaciones para afectados del terremoto y entregarlas directamente a los beneficiarios, activismo político en redes sociales contra la construcción del camal en Tilipulo y, más recientemente, la campaña y propuesta de protección de dicha hacienda. ¿Ven? Los colectivos somos todos, son los intereses de todos, nos benefician a todos.

Ahora, vecino, usted que sigue echado leyendo La Gaceta, párese (levántese, elévese) y busque una agrupación con la que pueda colaborar. Siempre encontrará dónde ser útil. Siempre habrá mas como usted buscando colaborar con los mismos asuntos que a usted le interesan. Y, sino encuentra un grupo, pues forme uno: solo necesita cuatro panas y un poco de voluntad. Cualquier pretexto es bueno, desde la recuperación de la cancha del barrio hasta un motivo humanitario internacional.

Pero, claro, le recomiendo que empiece sus acciones aquí, en Latacunga. Propenda usted al latacungueñismo, preocúpese de los temas locales y colabore con el impulso de los temas sociales que tanto nos interesan. Le dejo ideas: todavía hay que estar pendientes del asunto de Tilipulo, también habrá que organizarnos para supervigilar las torres de alta tensión y que no las pongan donde afecten nuestro patrimonio natural; es oportuno conformar una veeduría al proyecto de alcantarillado y tratamiento de aguas, puede usted gestionar charlas y ayuda en la cárcel u organizar un grupo que vigile los Derechos Humanos en ella...

Hay mucho por hacer, y no hay pretexto para no hacerlo. Recuerde: ni somos pocos ni somos tontos.

¡Manos a la obra!