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lunes, 10 de agosto de 2020

Independencia

 

Hoy, como hace un poco más de doscientos años, lo que algún día esperamos sea nuestro país, se encontraba dividido. Entonces, como ahora, se nos exigía contribuciones económicas para mantener una estructura invisible que solo servía a unos pocos. Estábamos, y estamos, tan distraídos en sobrevivir que no nos podemos concentrar en aquello que nos mantiene en zozobra.

Los intelectuales de la era pre-republicana, igual que los de hoy, carecen de los espacios para compartir su sabiduría. O deben mantenerse callados, o están en otros países que los tratan mejor.

En aquella época, Europa veía caer a sus reyes y América se aprovechaba de las circunstancias de quienes eran sus dueños. Hoy, debemos escoger si servimos a China o a Estados Unidos, porque no podemos existir por nosotros mismos. En aquel entonces aprovechamos los conflictos europeos, hoy estamos sentados al costado de la mesa donde se juega la guerra fría internacional, esperando que se caiga alguna migaja. En 1809 nuestra economía era residual y basada en la explotación brutal de los recursos; igual que ahora. Lo que producíamos era vendido al precio que la corona decidía, tal como hoy lo hacen los llamados mercados internacionales.

Entonces no podíamos elegir a nuestros líderes; y sorprendentemente hoy tampoco. Los colonizadores clásicos simplemente negaban la democracia, y los modernos colonizadores nos fabricaron un sistema fraudulento que nos contenta con darnos una papeleta cada par de años. Al final el resultado es el mismo: la gente no puede elegir a quienes realmente necesita.

En 1809 había un grupo de intelectuales y guerreros independentistas que forjaron la independencia sin recursos, sin gobierno, sin autoridad, sin reconocimiento y con mucho miedo. Los últimos 10 años, en cambio, el Ecuador abundaba: la economía era boyante, el gobierno tenía credibilidad y por tanto gobernabilidad plena ocupando todos los poderes del Estado, la comunidad internacional nos veía como un prodigio y la identidad nacional iba viento en popa. Es decir, verdaderamente estuvimos listos para una nueva independencia. Pero aquí no hubo intelectuales ni patriotas, sino mercaderes de almas. Nos vendieron.

Hoy estamos igual que en 1809. Nada ha cambiado en el fondo.

Hoy, igual que entonces e igual que siempre, no somos independientes. Y cuando verdaderamente tuvimos la oportunidad de serlo, nuestra independencia fue vendida por los mercaderes, perjudicando a millones por el beneficio económico de un ciento. Y no podemos hacer nada, porque dependemos de un sistema judicial deficiente, de una estructura legal ineficaz y de la voluntad política de quienes pugnan por ser los futuros dueños de la chacra.

Hoy no somos independientes. No nos hemos ganado el derecho a serlo y por lo tanto tampoco a festejarlo.

Para poder volver a gritar independencia, un buen inicio será sancionar a aquellos que nos robaron nuestra segunda oportunidad de ser libres. Y no vamos a esperar que el sistema judicial lo haga por nosotros, porque no puede. La respuesta debe ser en las urnas.

Solo cuando tengamos un parlamento diferente, dotado de intelectuales y patriotas como en 1809, solo entonces podremos iniciar la nueva guerra de independencia. Es que esta guerra no será con sangre o en las calles como algunos pseudidirigentes pregonan, con mas tinte terrorista que patriotista. La guerra por recuperar la república debe darse dentro del mismo sistema. Y para librarla debemos ocupar una posición estratégica: hay que devolver el legislativo al pueblo. Y solo el pueblo puede tomarlo.

Hoy, igual que entonces, dependemos de la reacción de todos. Hoy igual que entonces, hace falta conciencia y unidad. Hoy, igual que entonces, debemos desconocer las estructuras que han montado los que nos oprimen y crear otras que nos beneficien. Hoy, igual que entonces, es urgente empezar a pensar por y para nosotros mismos.

Y mientras hoy siga siendo igual que entonces y no otra cosa, seguiré ahogando el grito de ¡viva la idependencia!

miércoles, 2 de agosto de 2017

¡Uy! La justicia.



Verán, no es solo el asuntito ese de la corrupción lo que nos tiene mal. De hecho, donde hay poder hay corrupción y, obvio, los operadores de justicia tienen mucho poder en sus manos. Pero de esto no trataremos hoy.

Sucede que todos fallamos en lo que a justicia se refiere. Jueces, Fiscales, Defensores Públicos y Abogados en libre ejercicio somos igual de culpables.

Empiezo por mi: los abogados en libre ejercicio no sabemos valorar nuestro trabajo y nos entregamos al baratillo de ofertas. Tampoco es que nos especialicemos; con tal de no perder al cliente hacemos de todo y al final no somos óptimos en nada. Es simpatiquísimo, por ejemplo, ver a un colega que normalmente es muy bueno en derecho civil tratando de hacer una audiencia penal: es como ver un ginecólogo haciendo una operación a corazón abierto. Sin embargo, estos colegas, sea por necesidad o ambición, se salen de sus campos de conocimiento para hacer trabajos de baja calidad y, lo peor, a precios imposibles de mejorar para alguien que si es especialista. Y esto pasa en todas las profesiones, por supuesto.

Los Defensores Públicos son otro cuento. Tienen la obligación de defender gratuitamente a quien se les presente, pero no siempre cuentan con las herramientas necesarias, ni tienen contacto suficiente con sus defendidos. Además, algunos de ellos no tienen mística y, al final, solo justifican trabajo sin hacer defensas realmente buenas. Generalizar está mal, claro. Hay muy buenos, brillantes; pero seamos honestos, los mediocres también están, y cobran el mismo sueldo, y pierden los juicios, y dañan el mercado de los que estamos en libre ejercicio.

Vamos por los Fiscales, que también hay muy buenos. Pero no faltan unos cuantos que realmente no saben su trabajo. Otros, en cambio, se creen semidioses y casi hay que rogarles que se gestione lo que uno pide. Otros se inventan diligencias y requisitos, alargan las investigaciones y finalmente, cuando organizan una investigación contra alguien, resulta que no siempre sus argumentos son bien presentados en las audiencias. Ni que decir de algunos casos importantes y delicados que por algún motivo no prosperan como la ciudadanía quisiera. Y esto es a nivel nacional, obvio.

De los Jueces también hay que hablar con beneficio de inventario. Los hay brillantes, realmente brillantes. Muchos jueces de aquí deberían estar dando clases de posgrado. Pero hay otros... otritos. Estos otritos se dan modos para no asistir a las audiencias difíciles, suspenden audiencias relativamente sencillas para ir a averiguar cómo resolver, se inventan procedimientos, se olvidan de leyes y normas constitucionales, valoran las pruebas de formas imposibles y, como es opinión de varios colegas, no se sienten lo suficientemente libres para resolver conforme su conciencia. No son independientes. Y no es que haya injerencias externas, que tampoco lo niego; pero definitivamente los jueces y otros funcionarios judiciales dependen de su sueldo.

Me explico mejor, para que no haya sustos: para que usted pueda trabajar en paz, vecino, tiene que hacerlo sin que nadie le jorobe. Si usted tiene un taller, por ejemplo, y su mujer le dice que si no pinta de verde su trabajo, entonces no hay merienda, pues usted deja de trabajar independientemente. Usted sabe que su trabajo es azul, pero si no lo pinta de verde capás y hasta le mandan sacando de la casa. ¿Que haría? Así están algunos funcionarios: con más miedo a perder el puesto que a actuar contra la Ley.

El gran ausente es la Defensoría del Pueblo. No se le ve sino haciendo mediaciones, controles de cumplimiento de sentencias que no siempre agradan y haciendo alguna que otra cosa con un perfil bastante bajo para una entidad tan importante. Es mas, usted vecino, ¿sabe lo que hace el Defensor del Pueblo?. Ya ve.

Y el encargado de coordinar todo esto, el Consejo de la Judicatura, es también un elemento pasivo. En Cotopaxi, al menos, no hay una actuación particularmente destacable. Mientras las estadísticas que nos muestran dicen que todo está bien, quienes estamos cerca del sistema judicial tenemos la profunda sensación de que todo está mal. Lo mismo, vecino, ¿sabe cual es el papel específico del Consejo de la Judicatura? Por si acaso, el Consejo de la Judicatura NO son los jueces, es otra cosa. ¿Respondió igual que la anterior? ¡Ya ve!.


Se necesita un cambio radical en la forma de hacer justicia. Y es urgente. Todas las partes involucradas tenemos que modificar nuestras maneras. ¿Pero quién encabezará este diálogo? ¿Quién cuenta con el crédito y apoyo de todos los actores?

viernes, 28 de abril de 2017

Paraísos Fiscales


En la consulta popular que nos presentaron en estas últimas elecciones generales se nos propuso decidir si deseamos que los servidores públicos de cualquier tipo se abstengan de mantener capitales en los llamados paraísos fiscales so pena de destitución. Esto se hizo en medio de vientos ásperos y momentos en que los medios nos llenaban la cabeza de “Panama Papers” y nos decían que los corruptos tenían sus dineros allí. Pero también encontraron dinero sucio en el techo falso de una casa, y no por eso se ha consultado si se debe prohibir construir techos así.

Votamos con el hígado. Elegimos el “SI” con la idea de que un paraíso fiscal es un país de gangsters destinado exclusivamente para el servicio de la corrupción. Y no es así.

Un paraíso fiscal es algo increíblemente simple: es un país donde no hay tantos impuesto ni controles a cómo la gente mueve su dinero. Solo eso. Nada más.

Piense en esto: a usted le gustaría que le quitaran el impuesto verde, el de salida de capitales, reduzcan el IVA y la renta, que el banco no le pida certificaciones sobre dónde saca la plata que tiene, que no le joroben con papeleo cuando abre una cuenta corriente y que le dejen de controlar cómo gasta su plata que se ha ganado con el sudor de la frente de forma lícita y legal. Entonces, a usted le gustaría que el Ecuador sea un paraíso fiscal.

Ahora bien, es verdad que estos lugares son aprovechados por mafiosos y corruptos para esconder o limpiar su plata mal habida. Entonces, lo malo no es el país con bajos impuestos, sino el origen del dinero. El Ecuador debe buscar medidas para acabar con la corrupción, no para controlar dónde la gente invierte. En países como Panamá hay plata de corruptos y también de empresarios sanos que, simplemente, quieren tener su plata en un lugar en que les jodan menos. ¡Y no hay nada de malo en ello!

Al contrario, los paraísos fiscales ayudan a sostener la economía de nuestros continentes. Economías frágiles donde se inventan impuestos a cada rato, como la nuestra, no son atractivas a los inversionistas, entonces ellos guardan sus capitales en estos lugares hasta que la situación sea más beneficiosa. Así, y por ejemplo, si queremos mantener la inversión en nuestro país, aunque suene ridículo, la mejor opción no es prohibir que el dinero salga, sino eliminar el impuesto a la salida de capitales porque, obviamente, el inversionista extranjero querrá sacar sus ganancias, y si no e dejamos sacarlas, pues mejor simplemente no invierte aquí.

Por último, negar a cualquier persona tener su dinero en algún lugar es inconstitucional. Usted, vecino, puede tener la plata donde se le pegue la gana. ¡Es su plata! El estado puede -y debe- controlar cómo usted consiguió su plata, cuidar que sus negocios sean legales; pero luego de que usted ha ganado bien ese dinero, usted tiene el derecho de hacer con él lo que desee.

Esta medida que, como digo, elegimos con el hígado, no hace más que complicar la ya obscura situación de los pocos que desean invertir en nuestro país. Es verdad, no todos los inversionistas son servidores públicos, ni todos los servidores públicos son inversionistas internacionales. Pero simplemente no existe ningún motivo razonable por el que no puedan serlo. Hoy la mayor parte de empresas mundiales mantienen sus sedes en paraísos fiscales así que, si usted es funcionario público y ha comprado, por ejemplo, paquetes de vacaciones en cadenas hoteleras, se mandó a traer sus repuestos del extranjero o simplemente juega poker por internet podría ser que, al final de la cadena, su dinero esté o haya estado en un paraíso fiscal. Tenga cuidado también de hacer donaciones a organizaciones internacionales benéficas, ecológicas, promotoras de software libre, entre otras que, por supuesto, recibirán su dinero en cuantas bancarias de paraísos fiscales.

Acabamos de crear un nuevo pretexto de persecusión a funcionarios público y, para nada, ayudamos a eliminar la corrupción.