miércoles, 22 de abril de 2015

Lo que hay entre los conos



Alguna vez, cuando más guambra, un amigo me dejó subirme a uno de esos enormes cabezales cargados de chorrocientas ruedas. Él estaba aprendiendo algunas habilidades para conducirlo y, en un ejercicio de parqueo, debía ubicar el monstruoso aparato entre una serie de conos naranjas. Yo, asustado, no podía ni considerar manera cómo encuadrar semejante animalón. Los conos se me hacían enormes. Parecía no haber solución.

Le pregunté a mi amigo cuál era el truco para conseguir tremenda hazaña, y me respondió algo bien simple: no hay que ver los conos.

Aunque en ese momento no entendí, hoy, que han pasado más de diez años, me he dado cuenta de cuánta razón hay en esa respuesta. Es que el consejo no sirve solo para parquear camiones, si no, para la vida entera.

Los conos no son parte del camino: el camino está entre los conos.

Desperdiciamos ingentes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo en lidiar con supuestos problemas que no son tales, en librarnos de obstáculos que no obstaculizan nada, en sufrir por los miles de peros que nos pone la vida, pero no nos damos cuenta que, todos ellos, están fuera del camino. Dejemos de ver los conos, y concentremos nuestro esfuerzo en lo que hay entre ellos: el espacio vacío por donde habremos de pasar nuestros logros.

Lo mismo pasa a nivel de gobierno y administración pública. Nos quedamos paradotes, viendo los conos, sin darnos cuenta de todo el espacio que tenemos para pasar. Estos son algunos “conos” típicos de la administración pública: “no hay presupuesto”, “la gente no hace”, “no van a cuidar”, “falta la sumilla”, “eso dejaron dañando los que estaban antes”....

Si no hay presupuesto, pues hay que generar ingresos de alguna manera; si la gente no hace, pues hago yo; si no van a cuidar, pues igual lo hago hasta que se aburran de dañar; si falta la sumilla, voy y la busco; si los de antes hicieron pendejadas, pues yo soy el llamado a solucionarlas. ¡Ese es el espacio que queda entre conos, y que nadie quiere ver!

Hay dos palabras que, mediante ordenanza o decreto supremo o lo que sea, deben PROHIBIRSE en Latacunga: “es-que” y “pero”.

Revira el hígado, cuando uno plantea alguna idea, recibir por respuesta, por ejemplo, “es-que nadie hace”, “pero igual no va a valer”, y otras parecidas. ¡Mediocres!¡Pusilánimes!. Hay que ser como el humilde aprendiz de albañil: si nadie hace, yo hago, y si mañana no va a valer, pues igual lo hago hoy, simplemente porque TIENE QUE hacerse. El aprendiz de albañil se saca el aire armando castillos, sin saber quién los va a ocupar, o si siquiera va a ser ocupado, o si mañana será derrocado, si quedará abandonado o si, realmente, la pared en la que se esmera llegará a ser un castillo algún día: lo hace, simplemente porque es su deber.

Vecinos, nos falta eso, nos falta sentido del deber. TENEMOS que hacer las cosas que TENEMOS que hacer, simplemente porque TENEMOS que hacerlas y porque TIENEN que estar hechas.

No nos importe si el de junto cumple o no, si el otro hace o no. Debemos hacerlo nosotros. Debo hacerlo yo.

Dejemos de ser indolentes. Pareciera que no nos importa nuestra casa, ni aún siquiera nuestra vida como ciudadanos.
Dejemos de perder el tiempo en conos, cuando el camino es amplio. Dejemos de alimentar problemas, cuando, a veces, ni siquiera hace falta resolverlos, sino solamente ignorarlos.

Seamos más objetivos y, sobre todo, proactivos.

jueves, 9 de abril de 2015

Racismo y estupidez




Es racista el que defiende las particularidades de un grupo humano, proponiéndolas como mejores, superiores o únicas. A la vez, es racista el que positivamente discrimina, aborrece o hace de menos a otros grupos humanos, exclusivamente por sus características físicas o genéticas.

Léase bien: EXCLUSIVAMENTE por sus características físicas o genéticas.

Es racista, por ejemplo, el que hace de menos al que considera “blanco”, EXCLUSIVAMENTE por el hecho de serlo, situación bien común en este país donde los descendientes de criollos somos harto discriminados. Es racista el que propugna ideas sobre supuesta inferioridad de todo un grupo humano, EXCLUSIVAMENTE por su color de piel. Y NO POR OTRA COSA.

Es necesario escribirlo así, en mayúsculas, porque hoy por hoy, en nuestro Ecuador, existe una capacidad sorprendente de tildar de racista a cualquiera. Somos hipersensibles, porque cualquier cosa que no nos guste, o es racismo, o es homofobia o directamente, es “bullyng”. Llegamos a un punto en que todo es “algofobia”, y nadie puede opinar nada porque, además de ser políticamente incorrecto, puede afectar la sensibilidad de cualquier grupito minoritario.

¡Dejémonos de tonterías! Yo, personalmente me opongo a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales; pero tengo amigos abiertamente homosexuales, y no me cuesta tomarme un café con ellos, y es mas, les tengo alta estima, pues todos ellos son gente muy inteligente. Esto no me hace homofóbico, por favor. También tengo claro que un gran porcentaje de indígenas mantienen una ignorancia general de normas de convivencia urbana, pero esto es solo un resultado de su tratamiento histórico, de su aislamiento geográfico y del poco acceso a educación regular; decir lo que digo, bajo ningún parámetro puede convertirme en racista “indigenofóbico”.

Hay que separar las cosas.

Si un torpe es torpe, se lo digo, y punto. Y no debería pasar nada, porque la estupidez es un concepto sin color de piel. Pero en Ecuador, si le digo estúpido a un afroecuatoriano, automáticamente me hacen racista; si se lo digo a un gay, pues tengo que ser homofóbico; si se lo digo a una madre soltera, soy machista, si se lo digo a una persona con sobrepeso, es bullyng y, si se lo digo a un alto dignatario, es traición a la patria. ¡Que cosa!

Basta de proteger la ineptitud con conceptos ampliados. El estúpido es estúpido, independientemente de ser alto, flaco, negro, discapacitado, o lo que sea que la vida le haya adjudicado ser. Cualquiera de sus realidades personales es totalmente independiente al hecho de su estupidez.

Muchos dicen que, claro, un discapacitado, un indígena aislado u otras personas con pocas oportunidades de educarse no tienen la culpa de su estado de ignorancia, y que hacerlo público o notorio es discriminatorio. No estoy de acuerdo con eso, porque una cosa es la ignorancia, en la cual me refugio pues me declaro como el más ignorante de todos, y otra cosa es la estupidez. Revisemos el diccionario.

Ignorante es el que no conoce. Eso, nada tiene de malo. Pero el que sabe que no sabe, y aún así se mete a hacer, se convierte en estúpido. Ignorante es, por ejemplo, el jardinero, en materia de legislación; pero estúpido sería que se meta de asesor de algún Asambleista. Ignorante es el basketbolista en materia de finanzas públicas, y eso no es malo; lo malo y estúpido sería que aquel jugador pretenda ser Ministro de Economía.

El mundo está al revés. Ahora, los preparados e inteligentes son perseguidos por sus capacidades, y ellos han de callar y tolerar las demostraciones públicas de ineptitud. Es más, deben subsumirse a ellas, bajo la amenaza de ser perseguidos judicialmente, atemorizados y tildados de “algofóbicos” y racistas.

Es indispensable y urgente, por el bien del Ecuador, dar el poder a los científicos, a los inteligentes, a los pensadores. Dejemos de proteger a los estúpidos.

viernes, 9 de enero de 2015

Año nuevo, vida nueva.


Primer lunes del año 2015. Muy emocionados estarán todos los que temían el fin del mundo, invasiones alienígenas y fatalidades globales. Muy desanimados estarán, en cambio, los que creían que, de un día para el otro, algún aspecto de su vida iba a cambiar.

Por ahí empezarán las promesas de gimnasios, comer sano, estudiar alguna carrera nueva o posgrado, ahorrar, casarse, cambiar de carro...  Lo que es yo, ya dejé de fumar, justo desde este día. Ahora, veamos cuánto nos dura.

Pero esperar un cambio completo en la forma en que se ha venido manejando la ciudad, así, de un día para el otro, es cosa de necios. Las cosas no funcionan así. Latacunga, ha venido siendo mal administrada durante décadas, y esta mala administración no solamente se debe a los propios administradores, sino al sistema mismo que vuelve a nuestra ciudad ingobernable.

Hablando de este sistema tenemos, por ejemplo, el mismo organigrama municipal y la distribución de su personal. Aún existen procesos internos que ocupan muchas personas y otros que requerirían más personal y mejor capacitado. Ni hablar de los policías Municipales, la mayoría de los cuales debieron haberse jubilado hace años ya, hay un par que son alcohólicos y, ninguno, tiene conocimientos mínimos de turismo local, inglés, ordenanzas aplicables a su trabajo y, peor, técnicas de trabajo conjunto con Policía Nacional y otros organismos.

Quedan pendientes para este año, por parte del Municipio algunas cosas. En definitiva, el GAD de Latacunga NOS QUEDA DEBIENDO, entre otros temas:

1. Una ordenanza adecuadamente codificada para el funcionamiento de la Policía Municipal, suficiente para normar un cuerpo casi independiente del Municipio, su organización, funcionamiento, capacitación, deberes y atribuciones, etc.

2. Una ordenanza que regule el aspecto exterior de las construcciones, incluyendo paredes laterales y fachadas, así como el tipo de arquitectura que se debe usar en las diferentes áreas de la ciudad, así como potenciar el trabajo del Comisario del ramo e imponer multas severas.

3. Reconstrucción y rehabilitación de plazas, pasajes y calles del centro histórico, principalmente.

4. Trabajo general de reestructuración de todo el sistema de ordenanzas existentes.

Estas cuatro cositas no son todo lo que está pendiente. Ni hablar del tema alcantarillado, pavimentación y vialidad, soterramiento de cables, proyectos turísticos y culturales, habilitación turística del cerro Putzalahua, mercados, zonificación, el problema de los comerciantes ilegales, potenciamiento de la insipiente industria local, equipamiento tecnológico, gobierno electrónico y muchas otras necesidades. Falta mucho en mi ciudad, y muchas de estas necesidades se verían cubiertas con obras que necesitan fuertes sumas de dinero que, hoy por hoy, Latacunga no tiene. Pero otras necesidades pueden resolverse con la mera voluntad política, un poco de amor por la llacta y, sobre todo, pantalones bien puestos.

Ya tuvieron, los administradores actuales, ocho meses para “ambientarse”. Queremos ver trabajo real, y queremos verlo en enero. Ya no hay excusas.

Que si algunos de los anteriores administradores actuaron mal en contra de la ciudad, pues reunamos la documentación necesaria, iniciamos juicios y reventemos a los malos ciudadanos, pero ya!
Que si no hay plata, pues iniciemos procesos intensivos de cobro de multas a los miles de vecinos que contravienen ordenanzas, verbigracia del asunto de tránsito. Cobremos esas multas y llevemos ese dinero a las arcas de la ciudad; pero ya!

Que si no hay turismo, entonces, organicemos a las organizaciones rurales, asociaciones de bares, guías de montañas y demás; armemos un buen proyecto, obtengamos fondos de organizaciones internacionales o, por último, levantemos a la ciudad en minga... pero ya, pues!

Año nuevo, energías nuevas, problemas viejos.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cuestión de barrios



Todos somos Latacungueños, es verdad, pero también es cierto que a algún barrio nos pertenecemos. Yo, por ejemplo, viví en San Carlos hasta hace poco y actualmente vivo bien al sur; pero nací y mi corazón pertenece al barrio Rumipamba. Nuestro barrio es, en definitiva, la extensión directa de nuestra casa. Allí tenemos algo parecido a hermanos, con quienes jugábamos pelota; la señora de la tienda que es casi como la abuela de todos los chiquillos; el “veshi”, del cual no sabemos ni el nombre pero nos cae muy bien y hasta la vieja fregona que no nos dejaba jugar en paz. Son, todos ellos, nuestra familia también.

Normalmente las familias, cuando deben solventar algún problema o necesidad, se reúnen y, al comando del o de la jefe de hogar, se busca la mejor y más rápida solución.

Pero sucede, en nuestra familia barrial, que no sabemos ni quienes viven junto. Tampoco nos reunimos para nada, casi que ya no juegan los muchachos en las canchas y, si es que algún momento recibimos una notificación para reunirnos a formar directiva, pues le hacemos bolita y la tiramos al tacho. No nos interesa nuestra familia. Esa es la triste verdad.

Más allá de las causas, que son muchas (tiempo que dedicamos a trabajar, el maldito celular, la famosa inseguridad...), quedan los efectos.

Es de los efectos de los que debemos preocuparnos, pues la ciudad, como todo organismo vivo, debe su existencia al correcto funcionamiento de todas sus partes. El barrio es un órgano de la ciudad. Si los barrios no funcionan, la ciudad está perdida.

A muchos pseudo políticos les interesa que los barrios pierdan espacio de participación, pues así pueden comandar mas cómodos. A muchas empresas, públicas y privadas, les interesa mantener a los barrios callados, para no ser acusados de sus negligencias. A algunos burócratas les conviene barrios ciegos y mudos, que no le señalan con el dedo su incompetencia.

Me queda el sinsabor, y puede que esté equivocado; pero parece ser que la organización barrial está muriendo. Ya no hay una federación de barrios capaz de sostener o derrocar servidores públicos, ni suficientemente dotada de carisma y tanates para demandar, incluso judicialmente, cualquier circunstancia que atente al normal desarrollo de la ciudad.

Insisto, espero estar equivocado.

Ahora que tampoco vamos a hechar culpas sobre quien sea que esté al frente de los barrios. A la final, el representante solo hace y puede hasta donde sus representados exigen y ayudan. No hay guerras de un solo hombre, ni tampoco un solo hombre que pueda enfrentar una guerra. Se necesita de la unión de todos. Dicho estuvo, hace algunas semanas, que me causó sorpresa ver que la mayoría de dirigentes barriales son mujeres maduras. ¡Bien por ellas! ¡Lástima por la juventud desperdiciada y la masculinidad indolente e ignorante!

Es verdad, a la gente no le importa. Es verdad, también, que no hay líderes motivadores de esa comunidad. A la final, todos tenemos un político, un cura y un director técnico guardados en algún lugar de nuestro inconsciente. El director técnico aflora cada domingo, el cura cada vez que hay que reprender o criticar; pero el político está amarrado a vicios de percepción.

Busquemos en el diccionario el concepto de política y dejemos de creer que política es la basura que nos han obligado a ver. Hagamos política real, diaria. Dejemos la pereza y tomemos las riendas de nuestras vidas. Cada ser es un alcalde en chiquito, cada barrio es un Municipio, cada ciudad es un País.

Dicho dejo que, al final, el futuro del país y, por lo menos, de Latacunga, es solo cuestión de barrios.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Ciudad tumoral




El tumor crece sin orden, sin medida y a velocidades diferentes para cada lado. El tumor no respeta los órganos vecinos, ni la vida del organismo que lo acoge, ni el sentir del ser que lo carga. El tumor es atentatorio, peligroso, fatal.

Un cuerpo plagado de tumores está destinado a la muerte y si sobrevive, está sentenciado al sufrimiento perpetuo, a la deformidad, a la fealdad y al dolor.

Ahora, sin ser médico, puedo decir que los tumores se causan por dos motivos: o sobran ciertos elementos en el cuerpo, o faltan otros que son indispensables.

No es muy diferente lo que sucede en nuestra Latacunga. Sobra indolencia, sobra pereza, avaricia, envidia, desinterés y negligencia. Falta amor propio, identidad, técnica y responsabilidad.

Vivimos en una ciudad que crece por cualquier lado y a cualquier velocidad, incluso, a cualquier costo. Es una ciudad tumoral, descoordinada y autodestructiva. Como tumores se dan, en nuestra tierra, los barrios y caseríos, los edificios, comercios, postes, canchas de voley y cuasi fabelas.

Con el mayor cariño a todos mis vecinos, pero hay cosas que nunca debieron haberse permitido en Latacunga: casas en grises y sin cerramineto, segundos y terceros pisos con volados que atentan al tendido eléctrico, barrios enteros como los que hay en sectores como de Sigsicalle Sur o Loma Grande y a los alrededores de Bethlemitas, igual que en Vásconez Cuvi, al sur de Rumipamba, donde, en general, faltan cerramientos y muchas obras han estado en grises durante años; y otros sectores que, seguro, no alcanzaría a enunciar.

Y, como siempre aquí salvo mi responsabilidad: no escribo en contra de ningún barrio; a la final, la gente construye lo que le alcanza y donde se le permite. A la postre, no es muy diferente lo que ocurre con algunas propiedades en sectores céntricos, incluso en zonas supuestamente pujantes como La Estación y El Salto.

Nuestros “médicos”, los Administradores de turno, no se han preocupado por curar estos tumores, sino que, al contrario, los han alimentado.

Vuelvo a decir, la culpa no es del que construye, pues hace lo que le alcanza y se le permite. La culpa es del que le permite. Nunca debieron aprobarse casas de tres pisos, donde ni siquiera hay calles. Jamás debió permitirse asentamientos de mediaguas con techos de zinc y plástico, a escasos metros metros del parque Ignacio Flores, por ejemplo.

Siempre he dicho, y me ratifico, que aún es temprano para criticar la labor de la actual Administración, misma que, hasta donde se, si ha realizado varios actos benéficos para la Ciudad. Pero también digo que ya es tiempo de empezar a hacer caer en cuenta de las situaciones que bien pueden solucionarse por fuera del presupuesto. Desde luego, el asunto que hoy tratamos es un tema subsanable con simples actos regulatorios y pantalones bien puestos.

Tampoco digo que los administradores sean cobardes, esta columna nunca pretende degradar a nadie, pero si insisto en que, en todo caso, hay cosas que pueden hacerse más rápido de lo que se hacen. Las sanciones a los incumplidores pueden empezar a imponerse de inmediato, con la ordenanza actual.

Conozco que existe toda la intención de realizar una reforma completa al sistema de ordenamiento territorial de la ciudad. Aplaudo muchísimo esta iniciativa, porque ya hacía falta; pero, mientras tanto, seguimos viviendo en una ciudad “en grises”. Algo habrá, seguro, que se puede hacer este rato, y no esperar hasta que el trabajo edilicio nos brinde la nueva organización.

A mis amigos Administradores de turno (que sobre todo, son mis amigos), les digo que si, hasta aquí, se han mostrado muy buenos, tienen la obligación de ser mejores; y si, esto es lo mejor que pueden dar, sigan siendo así de buenos, pero sean más rápidos.

Latacunga está al borde de la emergencia

jueves, 27 de noviembre de 2014

Se acabó el asueto




Espero, estimado vecino, que no esté leyendo esto en estado chuchacoso. De todos modos no me sorprendería, pues hemos pasado ya las fiestas de nuestra ciudad, con feriado incluido y, a la postre, la única manera de festejar es, justamente, festejando. Confío en que haya usted aprovechado muy bien todos estos días, porque lo que se viene hasta terminar el año no es, precisamente, un lecho de rosas.

Merecido descanso nos hemos dado, de un año bien movido. Entre cambios de administradores de la ciudad, patrulleros nuevos, cárcel, poca obra física, descoloridas novedades con las obras de otros años, el tema del alcantarillado y otros menesteres, nuestra ciudad llega a su noviembre buscando unos momentos para apartarse de todo y simular que todo está bien.

Pero, lo dicho, se terminó el asueto. Al año aún le falta un mes y medio, a esta administración más o menos cuatro años y, a nuestra ciudad, por lo menos, mil siglos más. No es prudente alargar el reposo.

Hoy es lunes. Bonito día para retomar y recomenzar.

Los problemas pendientes siguen ahí, y habrán muchos más por llegar. Para empezar, ya tenemos plata para el alcantarillado, pero solo treinta millones, el resto, sabrá dios. Seguimos con un aeropuerto inutilizado por oscuras voluntades, apartadas de cualquier criterio técnico. Para este punto ya se habrá asentado la nueva administración y, aprobado el presupuesto del próximo año, habremos de estar pendientes de la obra que, grande o pequeña, ya debe seguirse haciendo. Queda también por conseguirse importantes reformas regulatorias, modificar y crear ordenanzas, reorganizar las atribuciones y obligaciones de las autoridades vigentes y, de ser el caso, crear nuevos estamentos suficientes para mantener el control de la ciudad.

Quedan también pendientes, por ejemplo, el asunto de tránsito, pues, parece, que asumir las competencias de este tema no ha sido tan bonito ni tan fácil. A eso, sumemos la falta de personal capacitado, desde quienes atienden tal servicio hasta la ausencia de policías municipales o agentes de tránsito. Todavía me gustaría ver los parques abiertos pasado las cinco de la tarde, las casas bien pintadas, los pasajes con mesitas de café, los comercios con rótulos adecuados, las veredas más amplias y los cables soterrados. Tampoco sería malo tener una página web de la ciudad, poder pagar nuestras tasas municipales por internet, tener información turística al día; conocer, por lo menos, el calendario de reuniones del Concejo para poder ocupar la silla vacía, conocer vía internet y directamente el trabajo de los ediles por medio de blogs y cuentas en redes sociales.

Puedo seguir, pues no hemos topado temas de cultura, organización territorial, centro histórico, turismo, parques y jardines, señalética, plazas y mercados, el camal...

La ciudad no está como la queremos. Es de cobardes seguir esperando.

Si bien es verdad que la mayor responsabilidad pesa sobre los administradores electos, también es cierto que desde nosotros mismos, como ciudadanos y vecinos, ha faltado muchísimo. Poca es la iniciativa barrial, por ejemplo. Siempre pensé que la organización barrial era la encargada de obligar al administrador, de proponer cambios y de presionar para que éstos se den. Pero la organización barrial en Latacunga está dormida. Otro zombie.

¡A despertar, vecino! Que la ciudad no está como queremos y nadie nos va a dar haciendo.

¡Arríba, latacungueño! Que la fiesta ha terminado y es tiempo de ordenar la casa.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Zombie City II




De las buenas películas, malas secuelas. Así, de nuestra zombie city, hoy lanzamos la segunda parte, muertos de iras al ver que las cosas no cambian. La gente no cambia. La gente no despierta.

Hemos visto en varios medios de prensa a nuestro amigo Mauricio Andrade, del conocido café El Gringo y La Gorda ubicado en pleno centro histórico de nuestra Latacunga. Se ha ganado la primera plana de los diarios por el hecho de atender bien a sus clientes, mantener limpio su local y sus alrededores, por conocer bien a sus vecinos y por buscar el mejoramiento de su ambiente más inmediato. Conversando con él mismo y otros amigos, nos hemos visto sorprendidos, por la capacidad de los ciudadanos de volver, cuasi heróicas, actitudes como barrer y procurar el ornato y las buenas costumbres en nuestras calles.

Cuidado, que no estoy diciendo que no se le deba parar bola al Gringo. Se lo ha visto, al Gringo, casi a una cuadra a la redonda de donde esta ubicado su local, armado de una escoba, una pala y su distintivo (camiseta, delantal o gorra que hacen alusión a su negocio y a la ciudad), limpiando, barriendo. Claro que su actitud es plausible. Claro que su personalidad es adorable y su carisma es único. Obviamente, es digno de felicitar y, más que ello, de imitar.

Lo que es una vergüenza, si, es que los ciudadanos se estancan en meras y superfluas felicitaciones. Entre mediocres y curuchupas, las palmadas en la espalda y el “que lindo cómo hace”; un “ojalá mas gente se le uniera” y el consabido “le felicito, que lindo”. Indigna que nosotros, los lataungueños, solo nos limitemos a felicitar. Indigna y casi insulta, el hallarnos estupefactos y felicitadores frente a actitudes que deberían ser (y son) NORMALES para un latacungueño real y digno.

El “modus operandi” del Gringo, debería ser cotidiano y costumbre común de todos. Entonces, desde la perspectiva y con palabras del mismo Mauricio (el Gringo), las felicitaciones sobran, lo que la ciudad necesita es que todos despertemos y actuemos, que cada uno de los ciudadanos lo seamos, con todo lo que el ser CIUDADANO implica: ser parte de la ciudad con todos los derechos y obligaciones; sobre todo, con el sentido de pertenencia y amor por nuestro espacio, nuestra casa.

Por eso esta secuela de zombies: el muerto viviente que cree que no está infectado, y fundamenta su creencia en su capacidad de valorar lo que hace el otro. Es un muerto viviente que con las justas, puede hablar para felicitar. Pero sigue muerto: no hace nada. Zombie mismo es, pues, el que se queda en el saludo y la felicitación, y, al final del día, regresa a su ataúd, a ver su programa de TV favorito y contar los días que faltan para fin de mes.

Gracias por las flores, diría yo, pero mejor ayuden a comprar las macetas.

Entre los “likes” en facebook, los buenos comentarios en redes sociales y las felicitaciones en la calle; no hacemos ciudad. Con un gracias y un te felicito no se construirá la ciudad que merecemos. Es hora de dejar las palabras y pasar a la acción: involucrarse, actuar.

Ya pasaron de moda los zombies. No queremos una tercera parte. Queremos latacungueños vivos, activos.

Es tiempo de elegir la ciudad que queremos para nuestros hijos. Es horita de actuar.