lunes, 30 de mayo de 2016

SIMTEL




Primero que nada, he de disculparme por el editorial anterior. Hice constar como si fueren más recientes algunos hechos que se sucedieron ya varias semanas atrás. A veces la tecnología no nos acompaña y, en el apuro, remitimos archivos borradores en lugar de versiones finales. Me disculpo.

Ahora si, a lo que vinimos: siempre he sido un profundo detractor de SIMTEL. No solo que nos golpea en el hígado cuando nos ponen esos candaditos, sino que los parámetros legales sobre cuales lo hacen no son, digamos, los más técnicos.

Verán, bajo mi muy personal opinión, el Sistema Municipal Tarifado de Estacionamiento Latacunga tiene mal desde el nombre -que por norma gramatical debería ser “Sistema Municipal de Estacionamientos Tarifados de Latacunga”-, además de varias incongruencias legales. No estoy seguro de cómo sea hora, pero la última vez que multaron a un conocido no le dieron ni factura. Por sobre ese problemita tributario tenemos el hecho de que las ordenanzas que regulan a SIMTEL dejan demasiados vacíos legales. La meta, los objetivos de SIMTEL están oscuros y su gente son una mezcla de oficial de tránsito y aparcador de carros... cualquier cosa sirve mientras venda su cuota de tarjetas. Como siempre, la estadística por sobre el sentido común.

Incluso, creo yo, toda la idea misma de cobrar por parquearse es ilegal, inconstitucional. No se si lo han pensado ya, pero la calle no es propiedad municipal: es mía, del ciudadano, del que paga los impuestos. Ya me dejan “limpio” cuando matriculo mi carro (mas ahora que ese asunto lo maneja el municipio) y encima quieren cobrarme por dejarlo en un lugar que me pertenece (¡¿?!).

Lo que yo rescato, así a muchos les duela, es a los trabajadores del SIMTEL. Esas personas que andan por las calles controlando las tarjetas, sí, esos que nunca aparecen cuando queremos comprar tarjetas pero están primeritos cuando dejamos el carro mal parqueado cinco minutos. Esos “malas gentes” que nadie entiende, esos “perros del hortelano” como a veces les decimos, ellos, si, ellos, tienen familias y se sacan la madre por llevar el pan a su casa, aguantan agua y sol, gentiles y patanes, sonrisas e insultos y todo eso por un sueldito que, ojalá alcance para lo prioritario.

Nadie se detiene a pensar en ellos. Yo les voy a contar lo poco que se: ganan muy poquito y trabajan duro. No tienen seguro médico privado, pese a los muy evidentes riesgos de su trabajo. No son servidores públicos sino que están acomodados al Código del Trabajo, es decir, no tienen nombramiento sino que pueden ser despedidos apenas haya el presupuesto para liquidarles, cualquier día, a cualquier hora. No cuentan con asesoría jurídica. No tienen los suficientes cambios y tipos de uniformes para los variados climas de nuestra ciudad. Trabajan bajo presión y reciben muchos malos tratos todo el día... como si sus vidas privadas no reportaran suficientes problemas (como todos).

También sé que su equipamiento es apenas básico. Sus uniformes ya están viejitos y apenas cargan un esferográfico, un paquete de tarjetitas y un radio pesado y feo. ¡Así quién los va a respetar!

La mayoría de ellos son mujeres. Están, las pobres, expuestas a cualquier malcriado. No tienen un departamento jurídico encargado de apoyarlas. ¡Ni su propio jefe les acompaña a las audiencias! Están solas.

SIMTEL no sirve. No sirve para la municipalidad, no sirve para los ciudadanos y no sirve ni para sus propios empleados. Cuidado, que no estoy poniéndole cara ni nombre a esto. Que se me entienda bien: la misma idea de cobrar por usar lo público es errada. Y, además, la forma en que se lo hace aquí es antitécnica y denigrante para quien ejerce el control de tal tarifa. Por sobre eso, los mismos encargados de dicho control no cuentan con apoyo ninguno. Lo dicho: SIMTEL no sirve.
Ya hemos escrito sobre esto: desaparezca SIMTEL, peatonalice la ciudad y organice un cuerpo de control de tránsito.

lunes, 2 de mayo de 2016

Somos héroes



Tras las jornadas vividas en el país estos últimos días, me gustaría mucho tratar sobre asuntos preocupantes y de atención inmediata. Sería necesario hablar, por ejemplo, del aprovechamiento del estado de excepción para la gestión de cierto tipo de contratos y crédito; del desabastecimiento generalizado, del alza de impuestos o, incluso, de la patente incompetencia del personal del MIES que maneja las donaciones y la práctica invisibilidad de la directora provincial de esta cartera. Más cercano está el poco liderazgo de la Alcaldía en este escenario y la preocupante evidencia de estar, los latacungueños, totalmente faltos de preparación para cualquier evento remotamente similar al de nuestros hermanos costeños.

Podemos tratar hoy, también, de la completa inoperancia de la logística gubernamental y la necia posición de no permitir hacerse cargo de esto al ejército. Otro tema colgante es el qué se va a hacer con el crédito de ocho mil millones de dólares que se sacaron del sombrero chino, así como el paquetazo tributario que no va a servir los fines publicitados y todos los errores y horrores que son conocidos por todos, merced a las redes sociales.

De todo eso podemos tratar, pero no, hoy no. Y no lo haremos por dos motivos principales: primero, que en estado de excepción cualquier comentario puede ser tomado al arbitrio del superman de turno, y no vale “dar papaya” gratis; y segundo, que, simplemente, no es el momento no estamos de genio para más malas noticias. Nos damos por mal gobernados y punto, para qué ahondar el asunto. En todo caso, después nos encargaremos de ustedes, burócratas.

Hoy necesitamos revisar lo que en el fondo, en el espíritu, significó esta catástrofe natural. Y es que hemos visto lo más importante, aunque toque tomar palabras del “más simpático”: ningún ecuatoriano está solo. Somos, en el alma, los guardianes más celosos del egregor de la minga, renacimos como pueblo unánime en contra del desastre natural con fuerza nunca vista, pese a los muchos desastres políticos que vivimos los últimos tiempos. Mientras llega la ayuda internacional, en empaques bonitos y uniformizados, antes que éstos, y en mayor cantidad estuvieron ya las conservas enlatadas movilizadas a la costa desde las despensas más lejanas del país, con notas de solidaridad escritas con marcador indeleble, las cartas de los niños a sus coetáneos despojados, las redes sociales bulliendo y los más fuertes viajando a brindar rescate, aún sin formación ni entrenamiento y tan solo armados de su férrea voluntad y el compartir del dolor de otro ecuatoriano.

Es que somos héroes, forjados en el fuego de los volcanes, aleación de machetes y azadones fundidos y templados en aguas de lagunas y mares. El ecuatoriano no es cualquier gente: somos especiales, raros, únicos. Aguantamos más sufrimiento y opresión que ningún otro (lo cual, de paso, es un defecto), pero no medimos limites en nuestra voluntad cundo un hermano sufre y nos necesita.

¡Este es el fondo del asunto! No los políticos que viven para mal parecer, como si sus cargos incluyeran esta obligación, sino nosotros mismos, los ciudadanos, los ecuatorianos que hoy, como siempre pero más que nunca, nos convertimos en falanges de un mismo puño. Esta es la lección a aprender: siempre hemos estado juntos, y juntos hemos vencido hasta las fuerzas naturales, cuando así hemos deseado. Bajo nuestra voluntad conjunta se han rendido colonizadores, opresores, ejércitos, caudillos y gobiernos enteros. ¡Al mundo entero haríamos rendir si nos lo propusiéramos!Hoy, y a costa de la vida de cientos de hermanos, hemos encontrado algo que nos han venido quitando de a poco: la voluntad, la fuerza, el valor y la fe.

La tierra ha temblado para recordarnos el tipo de pueblo que somos, para despertarnos. El precio de esta lección es alto: medio millar de almas o más. No hagamos desperdicio de la sangre de nuestros hermanos: aprendamos y aprendamos bien. ¡A despertar, ecuatoriano!


martes, 12 de abril de 2016

Información Pública




Muy a pesar de la política de “no mas pitos” que guardan varios de nuestros administradores, las desgracias siguen sucediendo. La reacción desgraciadamente natural de quienes dicen representarnos es silencio y cuasi complicidad.

Por evitar un “pito”, y hasta donde conozco, la autoridad no ha dicho nada respecto del detenido que habría sido asesinado en el interior de la cárcel y, justamente, en el área de máxima seguridad. Mientras, en las redes sociales se ha dicho que el fallecido sucumbió tras más de media docena de tiros y que, además, ni siquiera tendría sentencia. Mientras no haya una versión oficial, los ciudadanos nos vemos obligados a creer a las redes sociales, que parecen ser el único medio de información que -más o menos- nos informa de algo.

Dejemos una cosa clara: la ciudad nos pertenece, es nuestra casa, y lo que pase en esta casa debe ser informado a los dueños. Ya nos pusieron la cárcel, a contracorriente y con un secretismo ridículo. Lo menos que pueden hacer, ahora, es contarnos la verdad de lo que sucede allí. Esa información es nuestro derecho.

Pero qué derecho podría reclamar un ciudadano de a pie, cuando aquel que elegimos como fiscalizador tiene problemas para acceder a información considerada pública. Y, sino, pregúntenle al Concejal García Moreno, que necesitó de acciones judiciales para obtener información de una empresa pública local.

Es una vergüenza: el Concejal, que es el representando directo de los ciudadanos en el Municipio y que además es fiscalizador, necesita de un juicio para obtener información pública, de una empresa pública, sobre asuntos públicos.

Lo que se evidencia es que nuestra ciudad está a un paso de convertirse en tierra de nadie. Los propios representantes del ciudadano se ven limitados en el ejercicio del control de los bienes que, obviamente, le pertenecen al ciudadano y, por obvia deducción, el mismo ciudadano “de pie” se ve imposibilitado de acceder a información que la Constitución garantiza como accesible de manera directa. Así siendo, pedir que nos informen sobre lo que acontece en la cárcel sería una labor de necios.

Parece ser que los administradores olvidan algo: nosotros, los ciudadanos, somos sus jefes y nos deben información. Así es, no nos hacen ningún favor, NOS LO DEBEN, les es obligatorio mantenernos al tanto de todo lo que sucede con la cosa pública. Y, esta cosa pública, por si lo olvidan, no les pertenece a los administradores: me pertenece a mí, el ciudadano. Yo soy dueño.

La política “no mas pitos” es necesaria para cualquier gobierno que busca perennizarce (y todos los gobiernos buscan eso, en mayor o menor grado); pero evitar el escándalo público no se logra ocultando el error, sino evitando cometerlo y si, se comete, buscando su pronta solución y reparación. Cuando un error necesita ocultarse ya no es error, sino delito; y cuando éste se oculta utilizando el aparato público, no es mantenimiento de la calma social, sino encubrimiento.

La política “no mas pitos” es también saludable para el ciudadano, pues el escándalo degenera en sensación de inseguridad. Pero eso no quiere decir que la información sea ocultada, sino que tenga un tratamiento adecuado.

La verdad debe ser dicha de manera técnica y sin apasionamientos. Alguna prensa amarillista a contribuido de manera innecesaria al aumento de la sensación de inseguridad. En Cotopaxi no hay mucho de esa prensa grotesca, casi nada. Eso debería ser tomado como ventaja para el administrador local, pues puede estar tranquilo sabiendo que los medios locales no exageran las noticias y que, incluso y desafortunadamente, algunos hasta parece que tienen miedo de informar.

De nuestra parte, vecinos recordemos que somos dueños, jefes. Si usted quiere cualquier información, de cualquier entidad y ésta no se encuentra en la página web, pídala y, si no se la dan inmediatamente, acuda a un Juez, que éste seguro hará valer sus derechos.

martes, 29 de marzo de 2016

Falsa Interculturalidad.



No sé qué tipo de definiciones manejen ustedes, o las entidades gubernamentales, pero realmente este asunto es bastante simple: la interculturalidad es la convivencia de grupos de personas, de diferentes culturas, bajo tratos justos y sin ventajas ni desventajas para nadie.

En definitiva, y si lo hiciéramos bien, una ciudad intercultural haría caso omiso de los orígenes culturales del individuo y propendería a la habitabilidad pacífica y respetuosa de los vecinos.

Suena sencillo, pero no lo es.

Es que aquí no hay interculturalidad, sino transculturación. Ya le mandé a buscar el diccionario, vecino, pero no se mate, es mejor buscar en Internet.

La transculturación es, en cambio, el fenómeno por el cual un grupo socialmente definido  absorbe y se transmuta a las costumbres culturales de otro grupo.

Verán, ninguna de las dos cosas es mala ni buena, por si misma. Estos fenómenos no son “elegibles” sino que, simplemente, se dan. Y si se da el uno o el otro depende, justamente de la fuerza de las costumbres culturales de un grupo u otro.

Por ejemplo, si un grupo de indígenas orientales vinieran a nuestra ciudad, bajo parámetros de interculturalidad, ellos no deberían modificar sus vestiduras sino en tanto el clima les apremie. Pero claro, asumiremos que tales individuos están de paso, entonces su cultura no corre el riesgo de perderse en la urbanidad, ni el vecino puritano se alcanzará a escandalizar de verles chirisiquis. La interculturalidad supone, justamente, ese respeto a la cultura del otro, en tanto no signifique un atentado a la cultura propia.

En un segundo ejemplo, y que vivimos más de cerca, si este mismo grupo de hipotéticos aborígenes pretendiera afincarse en nuestra ciudad, pues es natural que terminen transculturizados. Obviamente encontrarán mucho problema andando lluchos por el centro, sin comprender el lenguaje, y bajándose tórtolas con cerbatanas. Es apenas obvio que estas personas acogerán ropajes serranos, aprenderán español y terminarán haciendo compras en el centro comercial. Y, sino, pregúntenle a unos políticos orientales que son por demás conocidos.

Pero claro, el ejemplo es bien drástico y por eso parece obvio. Sin embargo, vivimos este fenómeno incompleto de transculturización a diario en Latacunga. Vivimos a la zozobra de las -buenas o malas- costumbres de cada individuo hasta el punto que el Alcalde decidió mejor poner un servicio higiénico en media plaza pública, antes que hacer cumplir las ordenanzas vigentes y sancionar a los desculturizados que defecaban en las jardineras.

El latacungueño debe tolerar, bajo el peso de una descontextualizada interculturalidad, entre otras cosas, escupitajos en  las veredas, camionetas mal parqueadas, chóferes “profesionales” con maniobras totalmente ajenas a la lógica, familias enteras comiendo en las veredas, construcciones ilegales y a medio terminar...

Eso no es interculturalidad. A la tierra que fueres harás lo que vieres, reza el refrán. Quien quiera vivir en Latacunga, o en cualquier ciudad, ha de acoger sus costumbres, obligatoriamente. Aquí pasa lo contrario: el latacungueño (los pocos que quedan) acaba aceptando todo, cansado de nadar contra corriente; los jóvenes mezclan su crianza con las formas y modismos que traen lo huéspedes y, al final del partido, nadie culturizó a nadie, sino que obtuvimos un togro sin forma, que nos priva de la identidad y nos aleja del orgullo.

Es indispensable hacer respetar a Latacunga, sus valores, sus costumbres, sus razones y sus verdades. A falta de una fuerza ciudadana viva (porque usted, vecino, sigue tirado en el sillón viendo tele), necesitamos un representante bien fajado, uno que sienta como siente un verdadero Mashca, no uno que construye letrinas para que los ajenos se sientan más cómodos mientras nos hacen sus “favores”.

Vecino, ¿no se cansa de que le hagan baño la sala?

lunes, 7 de marzo de 2016

Ordenamiento para mejor vivir




Es bueno ver que nuestra ciudad retoma su ambiente normal. Me refiero al clima, por supuesto. Nuestra ciudad es fría, andina. Aún extraño fenómenos que admiraba cuando pequeño, granizadas apocalípticas y tormentas de rayos que ponían en sustos a mi bisabuelita. Falta, porque desde hace mucho no se ve, la neblina cubriendo las calles empedradas y apenas iluminadas por los faroles que cuelgan de algunas paredes y postes del centro.

Es innegable que nuestro clima ha cambiado. Ahora enfrentamos sequías de casi un año seguido y las disputas por el agua están a la orden del día.

Productores campesinos denuncian el bombardeo de las nubes con químicos que estarían impidiendo que llueva. Por su parte, grandes empresas productoras a las que se les imputa tal acto afirman no haberlo hecho y estar igual de preocupados por la situación climática. ¿Es el inicio de verdaderas disputas por el líquido vital?

Regresan a mi memoria los inviernos llenos de “catzos”, que por miles se apegaban a las luminarias de mi casa, correr por potreros sobrecargados de saltamontes y escaparme con los amigos del barrio a capturar sapos y renacuajos. Hoy, eso es imposible. La producción de bienes agrícolas no alimentarios como rosas y claveles a eliminado el hábitat del escarabajo, la sobreoferta inmobiliaria asesinó al saltamontes y la desecación de pantanos acabó con los anfibios.

Y, si le pregunto a mi padre o abuelo, ellos todavía me hablarán de cochas llenas de garzas y digles y patos de páramo; me cuentan de bosques cercanos donde se podía cazar perdices y gallinetas con tan solo una piedra y buena puntería.

Hoy, los humedales de La Cocha han sido desecados, sacrificando miles de animales para beneficio de un par de vacas, y bajo la bandera de la mal llamada “propiedad comunitaria”. Los sectores boscosos de Alaquez, Joseguango y sus cercanías han sido eliminados para dar paso a un urbanismo desordenado, canchas y proyecciones agrícolas. Ni hablar de los ríos y canales de agua que por allí cruzaban, donde íbamos con los primos, en las bicicletas, a refrescarnos; éstos o no existen más o están tan contaminados que a nadie beneficiarán corriente abajo.

La ciudad está creciendo, es verdad. Es necesario que crezca y, sobre todo, es imposible impedirlo. Pero podemos ser más organizados. El gobierno cantonal no hace empeño en reformar el ordenamiento territorial. Creo que hay zonas en las que se puede crecer verticalmente. Latacunga está lista ya para edificios de varios pisos. No podemos seguir soportando estructuras antiestéticas de tres o cuatro pisos, cuando en ese mismo espacio se puede hacer diez y así aliviar la carga que nuestra urbanidad significa para la madre naturaleza.

Es es mediocridad e hipocrecía: escudarse en el riesgo de temblor y el volcán Cotopaxi para impedir construcciones elevadas en la ciudad mientras en Japón que soporta todo embate natural se levantan rascacielos y mientras acá, de todos modos, se autorizan las mismas casonas de cuatro pisos al filo del río.

En papeles existe una supuesta zona industrial, en la realidad tal cosa no existe ni existirá en buen tiempo y los emprendimientos industriales se asientan adonde bien pueden. Eso, los pocos emprendimientos de este tipo que existen, sino es mejor referirse a mecánicas y lubricadoras, para ser más acertado.

Necesitamos un nuevo ordenamiento territorial, pensado en una mejor calidad de vida. Es indispensable replantearse TODA la ciudad, desde la óptica del vecino, del ciudadano. La ciudad necesita tener a las empresas potencialmente contaminantes a relativa distancia, que la zona centro sea protegida y que en ella se potencia la cultura, las artes y el turismo; zonas residenciales diferenciadas para casas, condominios, departamentos y edificios inclusive; veredas amplias, muchas áreas verdes y, lo más urgente, orden y control de tránsito y de construcciones.

Hay que reinventar Latacunga. Para esto se necesita mentes abiertas, gente nueva con ánimo y ganas de ser diferentes, de ser mejores. Se necesita hombres y mujeres sin miedo, creativos y leales.

En otras palabras, hace falta latacungueños. A Latacunga le hace falta latacungueños.

jueves, 18 de febrero de 2016

Células cancerígenas.




Cuando se está acostumbrado a hacer deporte, y por cualquier motivo debe dejar de entrenar por un buen tiempo, uno empieza a sentirse deprimido. Luego decimos que no salimos a entrenar porque estamos deprimidos. La realidad es al revés: estamos deprimidos porque no entrenamos.

La ciudad es igual. Para los filósofos clásicos, el deporte de la ciudad es justamente su administración y gobierno. Entrenar es, bajo el mismo ejemplo, participar activamente del ejercicio de ese gobierno.

¿Entienden ahora por qué nuestra ciudad se siente tan deprimida? Es simple: los ciudadanos, que somos propiamente las células de la ciudad, no estamos gobernando ni participando de la administración. Si las células de los músculos dejan de trabaja, el músculo muere y el deportista se torna deficiente y deprimido. Si los ciudadanos dejamos de participar del gobierno de la ciudad, sus organismos administradores se vuelven vagos y la ciudad también se torna deficiente y deprimida.

Latacunga está enferma de depresión. Los organismos administrativos se han vuelto ociosos y hasta parásitos y los ciudadanos no hacemos nada.

Hablando con propiedad, Latacunga NO tiene gobierno. Esto, claro, visto el gobierno como el acto de dirigir, controlar y administrar. Aquí no se dirige porque no hay un proyecto real que dirigir; no se controla porque no se tiene los pantalones, en unos casos, o no se tiene los recursos y medios adecuados, en otros; y no se administra porque, simplemente, no se tiene idea de cómo hacerlo.

Pero recordemos que los organismos son como los músculos, y que los ciudadanos son como las células. Lo que sucede en Latacunga es rarísimo: las células quieren que los músculos hagan, pero sin que las células participen. ¿Cómo puede el corazón seguir bombeando, si sus células no se comprimen juntas y a ritmo?

Entonces, y como no me canso de decir, la culpa es nuestra. Si a las células no se les da la gana, pues el músculo no se mueve, y punto. Si las células hacen fuerzas todas juntas y con la intensidad suficiente, el músculo se rompe.

Nosotros somos latacungueños, hijos de próceres, filósofos, escritores, independentistas, ideólogos... No hechemos a la basura la herencia de nuestros ancestros. Es tiempo de recuperar nuestra ciudad y hacerlo juntos.

La economía local no se moverá, mientras insistamos en evitar comprarle al vecino o afincar nuestras inversiones aquí. Todos estamos asustados, deprimidos; con nuestros ahorros metidos bajo el colchón esperando que algo maravilloso pase afuera. ¡Nada va a pasar afuera! Nosotros somos amos y señores de todo lo que pasa adentros; y, es aquí adentro donde los cambios deben ser realizados.

Es nuestra obligación inmiscuirnos en la administración local. Si los que delegamos no saben administrar, pues gobernemos nosotros. Hagamos, vecinos, una ciudad boyante con el simple ejercicio de gobernar nuestros cuatro metros cuadrados y, por supuesto, impedir que los músculos se muevan para donde nosotros no queremos.

La marcha contra al delincuencia fue una buena iniciativa. Faltaron células.

Nos tienen divididos. Para buscar implanta el camal en Tilipulo habían hablado con los barrios cercanos, les pintaron mariposas y con su anuencia, el gestor de este proyecto se llena la boca diciendo que “la ciudadanía” está de acuerdo. Dejemos algo claro: tres barrios no son “la ciudadanía”. La hacienda Tilipulo no es de doscientas gentes: pertenece a más de cien mil latacungueños.

Vecino, deje de sentirse solo y deprimido. Usted es una célula, el más importante elemento de la ciudad. Sin usted la ciudad se muere, y porque usted no funciona bien es que Latacunga agoniza.

Las cosas en mi ciudad están mal. Y lo digo de frente. O los latacungueños empezamos a hacer lo que debemos hacer, o nos vamos todos al mismo hueco donde van a parar los enfermos que no se curan.

Decida, vecino: quiere ser latacungueño o quiere ser un cáncer. Hoy es cuando. Mañana es tarde.

viernes, 12 de febrero de 2016

El Anticristo (político)



Hemos pasado las últimas décadas soportando proselitismo político que ha aprovechado y agudizado las diferencias de clases para crear luchas ficticias e innecesarias y, de esas guerras entre pueblo hermano, obtener rédito electoral.

Actualmente todo parece ser un conflicto. Patrono contra trabajadores. Pobres contra ricos. Mujeres contra hombres. GLBTI contra heterosexuales. Consumidores de marihuana contra dogmáticos religiosos. Burócratas contra independientes. Todos contra todos.

Naturalmente, en las guerras nacen los héroes. Pero debemos tener claro que las guerras simuladas traen héroes simulados.

Acuso que, en nuestra sociedad actual, existen todavía falsos arengadores, sembradores de tormentas que se entretienen fabricando problemas inexistentes para, luego, y tras no poco engaño, hacerse aparecer a sí mismos como los únicos salvadores. Mientras tanto, los torpes seguidores se quedan con los problemas que el falso mesías les endilgó (porque obviamente no va a solucionar los problemas, sino deja de ser indispensable) y sin que nadie sepa cómo, resulta que además se le debe favores, gratitudes y hasta honorarios.

Hay que tener cuidado en año electorero. Estas temporadas son cuando los chacales visten de ovejas, los burros usan birrete y los pícaros lucen hábito obispal.

Y, si algo hay en nuestra política local es chacales, burros y pícaros.

Vecinos, cuídense del chacal, porque ese perro no solo come ovejas, sino a sus propios congéneres. De los pícaros huyan, porque esos dejan, nomás, endosando problemas y luego no hay ni cómo encontrarles. Pero más teman a los burros porque, bueno, ya ven cómo nos está yendo.

Nuestra situación -la de Latacunga- es delicada y emergente. No podemos permitirnos el lujo de volver a elegir en base a pasiones o desafectos. Es verdad, esta vez elegiremos asambleistas, pero en estas elecciones es dónde levantarán su perfil los futuros candidatos a supermanes locales. Cuidado, mucho cuidado, y ojo atento.

Hay que estar muy agudos en este año electoral por dos principales motivos: porque tras la masa de alimañas disfrazadas hallaremos a un séquito de zombies anonadados por las ofertas proselitistas (y, como dijo don Facundo, hay que tener miedo de los pendejos); y, sobre todo, porque es bastante posible también que en la mitad de esta fanesca del diablo, se encuentre alguno que realmente valga la pena y que no llegue muy lejos por faltan de apoyo.

Un solo consejo voy a dejar hoy: no se dejen llevar por ofertas ni discursos. Exijan planes reales y factibles, propuestas legislativas y temas fiscalizables específicos. Luego, analicen uno a uno a los candidatos en base a las iniciativas LEGISLATIVAS y de FISCALIZACIÓN (porque solo eso hace la Asamblea, así que cualquier otra oferta es simplemente falsa) y, viendo bien quién miente y quien no -que siempre se delatan solos-, elija su representante.

Estamos en crisis, y estamos muy mal acostumbrados a salir de ellas no por esfuerzo propio sino por gestión de héroes o salvadores. Este es el año en que los anticristos se aprovecharán de nuestras esperanzas y nuestros anhelos.

Solución: no tenga esperanza en un tercero sino en usted mismo y póngase a trabajar; no tenga más anhelo que el de un día bien justificado, llegar a casa cansado por una jornada aprovechada. Aléjese del dogmatismo político, crea en usted y no en el candidato.