miércoles, 20 de mayo de 2015

Sin ideas.




La idea es, por concepto, el primero y más obvio acto de la inteligencia humana que se circunscribe, en primer lugar, a la simple asimilación del concepto de algo, luego, se comprende como idea a la construcción mental de una imagen de un algo que, existente, puede ser inteligible y, si no existente, puede llegarse a factibilizar.

Entonces, la idea es, por supuesto, un acto meramente humano. La idea es, en definitiva lo que nos hace humanos y nos diferencia del resto de animales. De ella se devienen el genio, la imaginación, la aptitud, la capacidad, la perfección, la creatividad.

Sin ideas, la humanidad no existe.

Pero, alejémonos del primer concepto de idea, el de asimilar conceptos, pues eso es solo un acto casi osmótico. Tomemos a la idea como la fuente de creación. Quien crea es superior al resto, quien genera algo nuevo a partir de la nada es un superhumano y se acerca más a Dios.

Siguiendo esta lógica, la idea es el camino para la perfección del hombre, para su santificación en sentido genérico; el camino real para llegar a Dios, aún por sobre la oración, meditación o cualquier rito inventado por la gente.

Y por eso estamos así hoy, como estamos. Llegamos a un punto de nuestra involución, donde es más bien visto un ingeniero que un filósofo (con el mayor respeto y cariño a mis amigos técnicos). Vale más un buen petrolero que un sociólogo, un albañil que un especialista en feng shui. Todo es necesario, desde luego, pero el trabajo intelectual avanzado, la investigación de todas las ciencias, la observación de los fenómenos humanos no valen más que la capacidad de un niño para manejar una computadora.

Se avala al administrador que conoce de presupuestos, de números, de técnicas, de urbanística; pero no se califica su conocimiento sobre simplemente, cómo vivir bien y hacer que los otros vivan bien. ¿Que es mejor, un Máster o un PhD? ¿Es mejor el que sabe hacer, o el que sabe por qué y para qué se hace? Es ésta la diferencia entre el peón, el ingeniero, el arquitecto y el dueño de la casa que se construye: el peón sabe hacer muy bien las paredes, el ingeniero conoce el cómo deben ser colocadas para que no se caigan, el arquitecto le otorga un sentido estético, artístico si se quiere; pero el dueño de la casa, y solo él, sabe cómo van a vivir sus hijos dentro de ella. Luego, ¿quién de ellos tiene un conocimiento más importante?

Esto hay que aplicar en nuestra ciudad: para que nos administren, no busquemos peones que solo sepan mover las piedras para prodigar lucro, ni aún a técnicos capaces de construir puentes, aunque los construyan sobre desiertos; tampoco a artistas superficiales que se solacen en el aspecto de sus obras sin saber si son útiles para los demás; busquemos un dueños de casa, un latacungueño de corazón y raigambre, uno que sepa como se ha vivido en nuestra casa, y que tenga claro como se ha de vivir los próximos cincuenta o cien años.

A la final, un buen dueño de casa, bien puede contratar arquitectos, ingenieros y albañiles. A la final, todos ellos son necesarios, pero eso no quiere decir que ellos deban comandar al dueño de la casa.

Ya basta de tecnócratas que solamente saben “cómo hacer”; busquemos al que tenga claro el “para qué hacer”. Busquemos al que tenga limpia la idea de la Latacunga del futuro, al que ame esta tierra, al que regresó, al que nunca se fue, al que sufre cuando los ajenos rayan las paredes y cuando el propio no le reclama. Busquemos, justamente, al que tiene la mejor IDEA de Latacunga.

Dejemos algo en claro: hasta hoy, casi nadie tiene ni la mas remota idea de lo que mi ciudad es.


jueves, 14 de mayo de 2015

Cómo fabricar una ciudad.




Primero que nada, una ciudad no es una estructura de cemento; una ciudad es un concepto.

Los conceptos se construyen a partir de definiciones precisas de lo que se quiere significar a partir de una idea. En este orden, la idea “Latacunga”, ¿que significa, qué representa?. Una vez sepamos qué es lo que queremos representar a través de la idea “Latacunga”, debemos plasmar esas representaciones de forma organizada y suficientemente fácil de entender para todos. Luego, tenemos un concepto de “Latacunga”, y, ese concepto, puesto a la práctica, se convierte en lo que llamamos ciudad física o de cemento.

No se si me explico bien: una ciudad no es un conjunto de calles y casas más o menos organizadas alrededor de un parque. Una ciudad es un espíritu vivo, un concepto de vida y una forma de existir dentro de una Nación.

Ahí es donde nos estamos equivocando en la Administración de Latacunga. Tanto administradores como ciudadanos se entretienen en cómo reclamar y cómo hacer obras, mientras, entre puentes y bordillos, se pierde el verdadero concepto “Latacunga”. Y no estoy hablando de identidad, ni cultura, ni educación; ni siquiera de principios o valores. Estoy hablando, simplemente, de normas de convivencia.

Necesitamos un concepto claro de qué es Latacunga, cómo se vive aquí, cuáles son las normas de comportamiento que debemos tener, etcétera. La idea “Latacunga”, ¿viene con casas grises, blancas o de colores?, ¿tiene áreas de estacionamiento especiales?, ¿prefiere arquitectura incluyente?, ¿privilegia al peatón o al automovilista?, ¿propende a la construcción de casas o departamentos?, ¿como mira Latacunga a las mascotas y animales en general?, ¿queremos industria en Latacunga?, ¿cuáles son las políticas de transporte público, turismo, agua?...

Primero que nada, hay que hacer una lista enorme de preguntas, todas basadas en la convivencia diaria de los ciudadanos y las necesidades propias de las ciudades modernas. Como segundo paso, debemos responder esas preguntas. Una vez con las respuestas, las más simples posibles, las agrupamos según su temática. Con cada grupo de respuestas, nos avocamos a organizar políticas públicas locales, es decir, reglas generales sobre cada grupo de respuestas. Una vez con las políticas establecidas, es decir, con los principios generales y universales que regirán el concepto “Latacunga”, nos dedicamos a hacer un reglamento, igual, el más simple y lógico posible, para cada principio y, solo en los casos que sea estrictamente necesario, para alguna respuesta individual.

Adivinen qué: acabamos de hacer una ordenanza. ¿Ven? No es nada difícil.

Lo difícil es hacer entender al Administrador de turno, que no necesitamos “otra” ordenanza, sino una reconstrucción completa e integral de todo el sistema de ordenanzas de la ciudad: UNA RECOSTRUCCIÓN DEL CONCEPTO “LATACUNGA”.

Nos seguimos atorando en reglamentar “X” o “Y” situación, creando ordenanzas nuevas atiborrando de basura legislativa los archivos oficiales. No necesitamos más ordenanzas, necesitamos la recomposición completa del sistema administrativo de la ciudad, pronto, urgente, emergente. El sistema está mal, y cuando la misma estructura es deficiente, los elementos que soporta tampoco pueden ser eficientes, aunque quieran.

El concepto “Latacunga” está perdido entre un mar de regulaciones caducas o confusas, que han permitido y casi auspiciado una ciudad gris y desordenada. Seguimos viendo casas en grises, lotes vacíos y, aveces, una que otra vaca o puerquito en las zonas supuestamente urbanas.
Construir una ciudad es fácil, relativamente: primero tengan claro el concepto, luego, hagan reglas en torno a ese concepto. Si lo hacen bien, la parte física se irá reacomodando casi y por sí sola.

Pero en esto último está la clave: háganlo bien, con técnica legislativa y jurídica, con buena fe y, sobre todo, con sentido común. El resto, cae por su propio peso.


viernes, 8 de mayo de 2015

La misma cosa.



Pues ya es mediados de año, y del 2015. ¿Cuántos días han pasado, cuántos meses, cuántos años, desde la última vez que nos sentamos en una banca del parque Vicente León, a ver y analizar cómo está nuestra ciudad?

Es que ya no nos preocupamos de eso, simulamos que no nos interesa. Damos por hecho que las cosas están bien en Latacunga, pues a nuestra casa aún no entran los ladrones ni se nos ha caído el cielo encima. Todo está bien, mientras a mi no me toque.

Pero haga el ejercicio, vecino. Vaya al parque y siéntese en la banca que más le guste, busque hacia donde sale el sol, y revise ese pedacito de la ciudad. Vea bien lo que tiene al frente. ¿Que ve? En seguida me responderá que todo está bien, que todo está igual. Y ese es el punto, pues, vecino. ¿Cómo va a estar bien que las cosas sigan igual?

Vaya al parque, en serio, y vea, desde donde sale el sol hasta donde se oculta, todo sigue igual. La misma cosa es, hoy, que hace cinco o diez años. A veces cambian de pintura, a veces de nombre, a veces de olor; pero lo mismo es, sin duda.

En el mundo de la información y la velocidad, en nuestro país que ha cambiado Constitución, leyes, organismos y hasta matriz productiva en menos de una década, sorprende que la ciudad de los “sabios y grandes”, se muestre igual de ignorante y pequeña que hace cien años. Estamos mal.

Ya me dirán, que trato mal a la ciudad, y que atento al amor propio de lo vecinos. Pero hablemos latacungueño, hablemos frontal y claro sin vueltas. No tenemos idea ni nos interesa lo que pasa en la administración de nuestra ciudad. Ignoramos por voluntad o asqueo propio. Nuestra mente, en muchos casos, no quiere ir más allá de las necesidades mensuales, nuestras almas, parece, que no quieren ir más lejos que nuestras estrechas veredas y, pese a tanto condominio, lotización y conjunto habitacional bien o mal autorizado, el latacungueñismo no crece un ápice, sino entre unos pocos. Lo repito: ignorantes y pequeños. Así nos tienen.

¿Que dirian, si vieran cómo estamos hoy, por ejemplo, Ramírez Fita, Marco Aurelio Subía, Rumazo González, Varea Quevedo, Rafael Cajiao y hasta el mismo Vicente León?

Y si, de esos nombres, solo le suena el último, vaya a ver vecino, que mal latacungueño es usted.

Ya, levántese del sillón, por enésima vez le pido. Fabriquemos la ciudad que queremos, que nadie nos va a dar haciendo. Por eso seguimos como hace tanto tiempo, igual que siempre y peor que nunca.

Hablemos claro, hablemos latacungueño. Aceptemos, de frente y con vergüenza, que estamos en la misma cosa que antes.

Cambiemos todo. Cambiemos todos.





















miércoles, 22 de abril de 2015

Lo que hay entre los conos



Alguna vez, cuando más guambra, un amigo me dejó subirme a uno de esos enormes cabezales cargados de chorrocientas ruedas. Él estaba aprendiendo algunas habilidades para conducirlo y, en un ejercicio de parqueo, debía ubicar el monstruoso aparato entre una serie de conos naranjas. Yo, asustado, no podía ni considerar manera cómo encuadrar semejante animalón. Los conos se me hacían enormes. Parecía no haber solución.

Le pregunté a mi amigo cuál era el truco para conseguir tremenda hazaña, y me respondió algo bien simple: no hay que ver los conos.

Aunque en ese momento no entendí, hoy, que han pasado más de diez años, me he dado cuenta de cuánta razón hay en esa respuesta. Es que el consejo no sirve solo para parquear camiones, si no, para la vida entera.

Los conos no son parte del camino: el camino está entre los conos.

Desperdiciamos ingentes cantidades de tiempo, dinero y esfuerzo en lidiar con supuestos problemas que no son tales, en librarnos de obstáculos que no obstaculizan nada, en sufrir por los miles de peros que nos pone la vida, pero no nos damos cuenta que, todos ellos, están fuera del camino. Dejemos de ver los conos, y concentremos nuestro esfuerzo en lo que hay entre ellos: el espacio vacío por donde habremos de pasar nuestros logros.

Lo mismo pasa a nivel de gobierno y administración pública. Nos quedamos paradotes, viendo los conos, sin darnos cuenta de todo el espacio que tenemos para pasar. Estos son algunos “conos” típicos de la administración pública: “no hay presupuesto”, “la gente no hace”, “no van a cuidar”, “falta la sumilla”, “eso dejaron dañando los que estaban antes”....

Si no hay presupuesto, pues hay que generar ingresos de alguna manera; si la gente no hace, pues hago yo; si no van a cuidar, pues igual lo hago hasta que se aburran de dañar; si falta la sumilla, voy y la busco; si los de antes hicieron pendejadas, pues yo soy el llamado a solucionarlas. ¡Ese es el espacio que queda entre conos, y que nadie quiere ver!

Hay dos palabras que, mediante ordenanza o decreto supremo o lo que sea, deben PROHIBIRSE en Latacunga: “es-que” y “pero”.

Revira el hígado, cuando uno plantea alguna idea, recibir por respuesta, por ejemplo, “es-que nadie hace”, “pero igual no va a valer”, y otras parecidas. ¡Mediocres!¡Pusilánimes!. Hay que ser como el humilde aprendiz de albañil: si nadie hace, yo hago, y si mañana no va a valer, pues igual lo hago hoy, simplemente porque TIENE QUE hacerse. El aprendiz de albañil se saca el aire armando castillos, sin saber quién los va a ocupar, o si siquiera va a ser ocupado, o si mañana será derrocado, si quedará abandonado o si, realmente, la pared en la que se esmera llegará a ser un castillo algún día: lo hace, simplemente porque es su deber.

Vecinos, nos falta eso, nos falta sentido del deber. TENEMOS que hacer las cosas que TENEMOS que hacer, simplemente porque TENEMOS que hacerlas y porque TIENEN que estar hechas.

No nos importe si el de junto cumple o no, si el otro hace o no. Debemos hacerlo nosotros. Debo hacerlo yo.

Dejemos de ser indolentes. Pareciera que no nos importa nuestra casa, ni aún siquiera nuestra vida como ciudadanos.
Dejemos de perder el tiempo en conos, cuando el camino es amplio. Dejemos de alimentar problemas, cuando, a veces, ni siquiera hace falta resolverlos, sino solamente ignorarlos.

Seamos más objetivos y, sobre todo, proactivos.

jueves, 9 de abril de 2015

Racismo y estupidez




Es racista el que defiende las particularidades de un grupo humano, proponiéndolas como mejores, superiores o únicas. A la vez, es racista el que positivamente discrimina, aborrece o hace de menos a otros grupos humanos, exclusivamente por sus características físicas o genéticas.

Léase bien: EXCLUSIVAMENTE por sus características físicas o genéticas.

Es racista, por ejemplo, el que hace de menos al que considera “blanco”, EXCLUSIVAMENTE por el hecho de serlo, situación bien común en este país donde los descendientes de criollos somos harto discriminados. Es racista el que propugna ideas sobre supuesta inferioridad de todo un grupo humano, EXCLUSIVAMENTE por su color de piel. Y NO POR OTRA COSA.

Es necesario escribirlo así, en mayúsculas, porque hoy por hoy, en nuestro Ecuador, existe una capacidad sorprendente de tildar de racista a cualquiera. Somos hipersensibles, porque cualquier cosa que no nos guste, o es racismo, o es homofobia o directamente, es “bullyng”. Llegamos a un punto en que todo es “algofobia”, y nadie puede opinar nada porque, además de ser políticamente incorrecto, puede afectar la sensibilidad de cualquier grupito minoritario.

¡Dejémonos de tonterías! Yo, personalmente me opongo a la adopción de niños por parte de parejas homosexuales; pero tengo amigos abiertamente homosexuales, y no me cuesta tomarme un café con ellos, y es mas, les tengo alta estima, pues todos ellos son gente muy inteligente. Esto no me hace homofóbico, por favor. También tengo claro que un gran porcentaje de indígenas mantienen una ignorancia general de normas de convivencia urbana, pero esto es solo un resultado de su tratamiento histórico, de su aislamiento geográfico y del poco acceso a educación regular; decir lo que digo, bajo ningún parámetro puede convertirme en racista “indigenofóbico”.

Hay que separar las cosas.

Si un torpe es torpe, se lo digo, y punto. Y no debería pasar nada, porque la estupidez es un concepto sin color de piel. Pero en Ecuador, si le digo estúpido a un afroecuatoriano, automáticamente me hacen racista; si se lo digo a un gay, pues tengo que ser homofóbico; si se lo digo a una madre soltera, soy machista, si se lo digo a una persona con sobrepeso, es bullyng y, si se lo digo a un alto dignatario, es traición a la patria. ¡Que cosa!

Basta de proteger la ineptitud con conceptos ampliados. El estúpido es estúpido, independientemente de ser alto, flaco, negro, discapacitado, o lo que sea que la vida le haya adjudicado ser. Cualquiera de sus realidades personales es totalmente independiente al hecho de su estupidez.

Muchos dicen que, claro, un discapacitado, un indígena aislado u otras personas con pocas oportunidades de educarse no tienen la culpa de su estado de ignorancia, y que hacerlo público o notorio es discriminatorio. No estoy de acuerdo con eso, porque una cosa es la ignorancia, en la cual me refugio pues me declaro como el más ignorante de todos, y otra cosa es la estupidez. Revisemos el diccionario.

Ignorante es el que no conoce. Eso, nada tiene de malo. Pero el que sabe que no sabe, y aún así se mete a hacer, se convierte en estúpido. Ignorante es, por ejemplo, el jardinero, en materia de legislación; pero estúpido sería que se meta de asesor de algún Asambleista. Ignorante es el basketbolista en materia de finanzas públicas, y eso no es malo; lo malo y estúpido sería que aquel jugador pretenda ser Ministro de Economía.

El mundo está al revés. Ahora, los preparados e inteligentes son perseguidos por sus capacidades, y ellos han de callar y tolerar las demostraciones públicas de ineptitud. Es más, deben subsumirse a ellas, bajo la amenaza de ser perseguidos judicialmente, atemorizados y tildados de “algofóbicos” y racistas.

Es indispensable y urgente, por el bien del Ecuador, dar el poder a los científicos, a los inteligentes, a los pensadores. Dejemos de proteger a los estúpidos.

viernes, 9 de enero de 2015

Año nuevo, vida nueva.


Primer lunes del año 2015. Muy emocionados estarán todos los que temían el fin del mundo, invasiones alienígenas y fatalidades globales. Muy desanimados estarán, en cambio, los que creían que, de un día para el otro, algún aspecto de su vida iba a cambiar.

Por ahí empezarán las promesas de gimnasios, comer sano, estudiar alguna carrera nueva o posgrado, ahorrar, casarse, cambiar de carro...  Lo que es yo, ya dejé de fumar, justo desde este día. Ahora, veamos cuánto nos dura.

Pero esperar un cambio completo en la forma en que se ha venido manejando la ciudad, así, de un día para el otro, es cosa de necios. Las cosas no funcionan así. Latacunga, ha venido siendo mal administrada durante décadas, y esta mala administración no solamente se debe a los propios administradores, sino al sistema mismo que vuelve a nuestra ciudad ingobernable.

Hablando de este sistema tenemos, por ejemplo, el mismo organigrama municipal y la distribución de su personal. Aún existen procesos internos que ocupan muchas personas y otros que requerirían más personal y mejor capacitado. Ni hablar de los policías Municipales, la mayoría de los cuales debieron haberse jubilado hace años ya, hay un par que son alcohólicos y, ninguno, tiene conocimientos mínimos de turismo local, inglés, ordenanzas aplicables a su trabajo y, peor, técnicas de trabajo conjunto con Policía Nacional y otros organismos.

Quedan pendientes para este año, por parte del Municipio algunas cosas. En definitiva, el GAD de Latacunga NOS QUEDA DEBIENDO, entre otros temas:

1. Una ordenanza adecuadamente codificada para el funcionamiento de la Policía Municipal, suficiente para normar un cuerpo casi independiente del Municipio, su organización, funcionamiento, capacitación, deberes y atribuciones, etc.

2. Una ordenanza que regule el aspecto exterior de las construcciones, incluyendo paredes laterales y fachadas, así como el tipo de arquitectura que se debe usar en las diferentes áreas de la ciudad, así como potenciar el trabajo del Comisario del ramo e imponer multas severas.

3. Reconstrucción y rehabilitación de plazas, pasajes y calles del centro histórico, principalmente.

4. Trabajo general de reestructuración de todo el sistema de ordenanzas existentes.

Estas cuatro cositas no son todo lo que está pendiente. Ni hablar del tema alcantarillado, pavimentación y vialidad, soterramiento de cables, proyectos turísticos y culturales, habilitación turística del cerro Putzalahua, mercados, zonificación, el problema de los comerciantes ilegales, potenciamiento de la insipiente industria local, equipamiento tecnológico, gobierno electrónico y muchas otras necesidades. Falta mucho en mi ciudad, y muchas de estas necesidades se verían cubiertas con obras que necesitan fuertes sumas de dinero que, hoy por hoy, Latacunga no tiene. Pero otras necesidades pueden resolverse con la mera voluntad política, un poco de amor por la llacta y, sobre todo, pantalones bien puestos.

Ya tuvieron, los administradores actuales, ocho meses para “ambientarse”. Queremos ver trabajo real, y queremos verlo en enero. Ya no hay excusas.

Que si algunos de los anteriores administradores actuaron mal en contra de la ciudad, pues reunamos la documentación necesaria, iniciamos juicios y reventemos a los malos ciudadanos, pero ya!
Que si no hay plata, pues iniciemos procesos intensivos de cobro de multas a los miles de vecinos que contravienen ordenanzas, verbigracia del asunto de tránsito. Cobremos esas multas y llevemos ese dinero a las arcas de la ciudad; pero ya!

Que si no hay turismo, entonces, organicemos a las organizaciones rurales, asociaciones de bares, guías de montañas y demás; armemos un buen proyecto, obtengamos fondos de organizaciones internacionales o, por último, levantemos a la ciudad en minga... pero ya, pues!

Año nuevo, energías nuevas, problemas viejos.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

Cuestión de barrios



Todos somos Latacungueños, es verdad, pero también es cierto que a algún barrio nos pertenecemos. Yo, por ejemplo, viví en San Carlos hasta hace poco y actualmente vivo bien al sur; pero nací y mi corazón pertenece al barrio Rumipamba. Nuestro barrio es, en definitiva, la extensión directa de nuestra casa. Allí tenemos algo parecido a hermanos, con quienes jugábamos pelota; la señora de la tienda que es casi como la abuela de todos los chiquillos; el “veshi”, del cual no sabemos ni el nombre pero nos cae muy bien y hasta la vieja fregona que no nos dejaba jugar en paz. Son, todos ellos, nuestra familia también.

Normalmente las familias, cuando deben solventar algún problema o necesidad, se reúnen y, al comando del o de la jefe de hogar, se busca la mejor y más rápida solución.

Pero sucede, en nuestra familia barrial, que no sabemos ni quienes viven junto. Tampoco nos reunimos para nada, casi que ya no juegan los muchachos en las canchas y, si es que algún momento recibimos una notificación para reunirnos a formar directiva, pues le hacemos bolita y la tiramos al tacho. No nos interesa nuestra familia. Esa es la triste verdad.

Más allá de las causas, que son muchas (tiempo que dedicamos a trabajar, el maldito celular, la famosa inseguridad...), quedan los efectos.

Es de los efectos de los que debemos preocuparnos, pues la ciudad, como todo organismo vivo, debe su existencia al correcto funcionamiento de todas sus partes. El barrio es un órgano de la ciudad. Si los barrios no funcionan, la ciudad está perdida.

A muchos pseudo políticos les interesa que los barrios pierdan espacio de participación, pues así pueden comandar mas cómodos. A muchas empresas, públicas y privadas, les interesa mantener a los barrios callados, para no ser acusados de sus negligencias. A algunos burócratas les conviene barrios ciegos y mudos, que no le señalan con el dedo su incompetencia.

Me queda el sinsabor, y puede que esté equivocado; pero parece ser que la organización barrial está muriendo. Ya no hay una federación de barrios capaz de sostener o derrocar servidores públicos, ni suficientemente dotada de carisma y tanates para demandar, incluso judicialmente, cualquier circunstancia que atente al normal desarrollo de la ciudad.

Insisto, espero estar equivocado.

Ahora que tampoco vamos a hechar culpas sobre quien sea que esté al frente de los barrios. A la final, el representante solo hace y puede hasta donde sus representados exigen y ayudan. No hay guerras de un solo hombre, ni tampoco un solo hombre que pueda enfrentar una guerra. Se necesita de la unión de todos. Dicho estuvo, hace algunas semanas, que me causó sorpresa ver que la mayoría de dirigentes barriales son mujeres maduras. ¡Bien por ellas! ¡Lástima por la juventud desperdiciada y la masculinidad indolente e ignorante!

Es verdad, a la gente no le importa. Es verdad, también, que no hay líderes motivadores de esa comunidad. A la final, todos tenemos un político, un cura y un director técnico guardados en algún lugar de nuestro inconsciente. El director técnico aflora cada domingo, el cura cada vez que hay que reprender o criticar; pero el político está amarrado a vicios de percepción.

Busquemos en el diccionario el concepto de política y dejemos de creer que política es la basura que nos han obligado a ver. Hagamos política real, diaria. Dejemos la pereza y tomemos las riendas de nuestras vidas. Cada ser es un alcalde en chiquito, cada barrio es un Municipio, cada ciudad es un País.

Dicho dejo que, al final, el futuro del país y, por lo menos, de Latacunga, es solo cuestión de barrios.