martes, 11 de febrero de 2014

GOBIERNO ELECTRÓNICO





En términos simples, el Gobierno Electrónico, es la práctica de usar las nuevas –o no tan nuevas- tecnologías en los procesos internos del gobierno, y en su interrelación con el ciudadano. Es, como se imaginan, el uso de tecnologías para volver al gobierno y, por tanto, al Estado, más eficiente, rápido, barato, descomplicado y amigable.

Latacunga necesita urgentemente de la implementación de este tipo de herramientas. Imaginemos que podemos pagar nuestros impuestos y tasas municipales desde nuestra computadora o, es más, desde nuestro celular. Igual, podríamos averiguar y pagar nuestros servicios de agua y luz eléctrica, verificar la situación catastral de nuestro predio, recibir en nuestro teléfono reportes el tráfico y el clima; evitar filas y papeleos, etc. Dejamos de ir al Municipio a hacer trámites, trayendo, en cambio, al Municipio, a nuestra computadora o celular.

No se confundan: tener una página web no es tener un Gobierno Electrónico. No es suficiente, tan solo, tener la información disponible, sino que nosotros, los ciudadanos, podamos interactuar con la administración. El uso más básico y generalizado –en otras ciudades, claro- es el sistema denominado “Ventanilla Única”. En gran parte, se está aplicando este principio de manera física, es decir, que un solo funcionario, en una sola ventanilla, es capaz de atender casi todas nuestras solicitudes más comunes. En el caso del Gobierno Electrónico, esta “Ventanilla Única” es virtual, y no hay más funcionario, ni colas, ni tickets.

Suena precioso, y lo es. Entonces, por qué nuestra ciudad no tiene un Gobierno Electrónico? Hay tres opciones de respuesta:

1.      PRESUPUESTO.- Caso todo lo que se deja de hacer en nuestra ciudad se exculpa con la falta de presupuesto. Parece ser que decir “no hay plata” nos libera de la responsabilidad de aceptar que, lo que no hay, es ideas. Gran parte del software (programas de computadora) que se exporta a países desarrollados es diseñado en Ecuador, y, aunque no lo crean, mucho de este software se desarrolla en Latacunga, por jóvenes Latacungueños. Si no hay dinero para pagar un contratista, pues organicemos un concurso para crear algunos programas de este tipo, contando con alumnos de nuestras universidades locales. Es verdad, por asuntos de contratación pública, ellos no podrían garantizarnos muchas cosas, pero ya nos habremos ahorrado el estudio y el diseño básico.

2.       VOLUNTAD POLÍTICA.- Evidentemente, a la administración no le interesa implementar este tipo de Gobierno, porque debería reestructurar su organigrama, y eliminar a algunos funcionarios que quedarían inutilizados. Más allá de ello, un sistema de este tipo funciona solo, automáticamente, sin papeles; no es necesario controlarlo, auditarlo, presionarlo, amenazarlo con no renovarle el contrato ni se presta para “ayudar” a nadie. Entonces, queda claro que, este tipo de herramientas, simplemente, no conviene a ciertos intereses mezquinos.

3.       NECESIDAD.- Muchos opinan que la actual administración local no necesita de este tipo de sistemas, pues, como está, funciona bien y es suficiente. Esta mentalidad es poco progresista, y es más propia de un mediocre arriero que de un administrador. No debe observarse solamente el hecho de que las ventanillas físicas que existen si alcancen a atender a las filas; hay que ir más allá: el Gobierno Electrónico ahorra tiempo de trabajo, papel y otros insumos. Esto significa, no solo ahorro económico, sino ahorro de tiempo de trabajo por cada empleado, lo que resulta en la superación y mejor explotación del recurso humano.

Con lo dicho, queda claro que este tipo de implementaciones es, no solo necesaria, sino urgente. A la fecha, ¿alguno de los candidatos a la administración de Latacunga, ha dado su comentario al respecto?

lunes, 20 de enero de 2014

Si así llueve, que no escampe.





Eso mismo, que no escampe. Aprovecharemos la inundación, la lluvia, la desidia, el olvido, la negligencia y la ineptitud, para convertir a nuestra Latacunga en la Venecia ecuatoriana, utilizando remos por las ventanas de los vehículos, hasta que las ruedas se transmuten en hélices o aletas.
Nos encontraremos “achicando” el  civismo, para que no naufrague el escrúpulo.

Que no escampe, para quienes se han beneficiado, de una u otra manera, de cualquier tipo de obra o concesión que la autoridad haya hecho, con toda seguridad, distrayendo recursos que bien pudieron haber servido para la obra magna y urgente de alcantarillado. Y, es que la obra grande es subterránea, no se ve, no da rédito político, no interesa al ciudadano de la periferia, al voto fuerte, a la masa. Y es que la obra grande es una sola, y es más fácil representar favores y fervores haciendo varias.

Que no escampe para los que, de entre el lodazal en que se ha convertido la latacungueñidad (si aún existe), obtienen materia prima para sus edificaciones, cual de si barro para adobe se tratare.

Pero que escampe, para el ciudadano común, para el que pierde su vereda, el que tiene que limpiar, con carretilla, la entrada de su casa. Que escampe, para el peatón, para el ciclista, para el deportista de las mañanas, para el que regresa cansado de sus labores, a palear el lodo de su sala. Que deje de llover, pedimos los latacungueños que sentimos la ciudad como casa y madre.

Es que lo que aquí llueve, no es agua: es parsimonia, quemeimportismo, indolencia, ignorancia, dejadez, incapacidad y desgobierno.

¿Cómo no desear que amaine la pasiva agresión a nuestra ciudad?

Está claro: para quienes están encargados del gobierno local, es importante que se mantenga el actual estado de lluvias. Para que quienes están arriba sigan estando, es indispensable que la ciudad se inunde de demagogia, olvido, indulgencia, desinformación e ignorancia. Cuánto más llueve, más croan los sapos. Igual sucede cuando llueve desdicha y oportunismo: abundan los sapos.

En campaña, el anfibio nos dirá que, en su futura gestión, tendremos listo el mejor sistema de alcantarillado del mundo. Ninguno nos dirá cómo lo va a hacer. Cuidado con estos seductores de oído, que dirán todo lo que necesiten para ganar un aplauso. Todos saben lo que la ciudad necesita, porque necesita mucho, pero nadie acierta la fórmula de salvación.

Seamos prácticos: el alcantarillado de la ciudad cuesta setenta millones de dólares, o, eso nos han dicho. En este costo no está calculado el tiempo de trabajo que pierde el ciudadano cuando deja de transportarse eficientemente, ni las indemnizaciones por las algunas casas que, seguro, sufrirán daños. Pero, bueno, digamos que son setenta millones. ¿Algún candidato ha dicho ya, de dónde va a sacar esa cantidad?  Mientras unos están confiados en los fondos del gobierno central, otros solo afirman ser los mesías que harán sangrar dinero a los páramos.

El problema del alcantarillado es un problema de dinero. El problema del dinero es un problema de falta de ideas.

miércoles, 8 de enero de 2014

¿Qué es una ordenanza?




Más de una vez hemos escuchado en la radio, o leído en la prensa, referencias a las ordenanzas. Y, pareciera ser, por lo que se oye, que estas cosillas son suficientes para salvar o hundir a la ciudad; y así es. Pero, ¿qué son, exactamente?

Simple: una ordenanza es una especie de ley. Así como las leyes mandan la vida de todos, a nivel nacional, las ordenanzas hacen lo mismo, a nivel de la ciudad. A la par, el Concejo hace las veces de Asamblea, y los Concejales son una especie de Asambleistas locales. Queda claro, las ordenanzas son las “leyes” que rigen la ciudad, mientras no se contrapongan a las leyes nacionales y la Constitución; y, los Concejales son quienes las elaboran.

Con una ordenanza bien hecha pueden resolverse la mayor parte de los problemas de la ciudad, como tránsito, organización sectorial, construcciones, impuestos, servicios municipales, transporte, medio ambiente y muchos otros temas. Para que una ordenanza sea bien hecha, quienes las elaboran deben tener conocimientos profundos del problema que se va a solucionar y, al menos, conocimientos básicos de Derecho. Hacer una ordenanza no debería ser una labor política, sino un trabajo técnico especializado.

Estando a puertas de elecciones, bien nos cabe, a los votantes, consultar a los candidatos a Concejales, sobre sus propuestas de regulación legal de la ciudad, recordando que ellos no hacen obra, sino ordenanzas. El candidato a Concejal debe ser capaz de responder qué ordenanzas hay que crear, cuáles modificar y cuáles eliminar. El candidato debe poder mostrarnos cuáles serían los posibles efectos futuros de estas modificaciones, y, sobre todo, convencernos y convencerse él mismo, de que tales propuestas no tendrán otro fin, sino, el mejoramiento de la ciudad.

Hacer leyes no es fácil. Así como un padre de familia no puede ofrecer o disponer comprar, para su casa, un carro del año, cuando gana un sueldo básico, tampoco el candidato puede ofrecer, o el Concejal puede disponer mediante ordenanza, la elaboración de un imposible. Para hacer una ordenanza hay que verificar varios puntos escenciales, entre ellos: disponibilidad de fondos, efectos ambientales, cuántas personas serán afectadas y cuántas beneficiadas, si esa ordenanza va a servir a futuro y no solo como parche, si es ambientalmente factible, si es necesaria y, sobre todo, si realmente va a poder llevarse a efecto y controlarse su cumplimiento.

La ordenanza es letra muerta, si no existe un encargado de hacerla cumplir. No importa tener la mejor ordenanza de construcciones del país, si el comisario encargado no controla esas construcciones o si, el mismo municipio, otorga permisos fuera de la ordenanza. De nada sirve que se regule el comercio del centro, si la Policía Municipal es incapaz de controlar el comercio informal. Una buena ordenanza debe incorporar una sanción drástica a quien la incumpla, y tiene que venir de la mano de un agente encargado de su cumplimiento que sea capaz, transparente y, sobre todo, tenga mano firme.

Si la ordenanza es responsabilidad del Concejo de la ciudad, nominar la autoridad de control correspondiente suele ser tarea del Alcalde. Es obligatorio que trabajen juntos, coordinadamente.

Estando, como digo, a puertas de elecciones, nosotros, los ciudadanos, debemos analizar minuciosamente y con cabeza fría las ofertas de campaña y, sobre todo, saber valorar la real capacidad intelectual, la voluntad y el espíritu latacungueñista del candidato. Ante todo, recordemos lo que ya dejo anotado: la administración de la ciudad NO es una labor puramente política, sino un trabajo técnico especializado.

Es tiempo de elegir gerentes para nuestra ciudad.

martes, 17 de diciembre de 2013

El campeonato electoral.




Vamos al fútbol, pero, jugaremos en la copa “Rodrigo Espín”, o en la copa “Patricio Sanchez”, o buscar el trofeo “Yanez”?.

No se qué opinen ustedes pero este proceder es tan parroquiano, que no sería apropiado ni aún siquiera en Tangamandapio. Ahora, el deporte, también es tarima. Y, los dirigentes deportivos, obviamente, se prestan. Estos grises negociantes (me refiero a los publicistas o quienes les asesoran, no a los políticos, por si me quieren saltar al cuello), no entienden que existen cosas intocables. El deporte es sagrado, es el único espacio libre de basura política que nos quedaba. En su ansia de poder, contaminan todo, matan todo. Poco les faltará para hacer desfilar a sus mamasitas con camisetas de su efigie. (Aunque creo que ya se ha hecho.)

Me siento, la verdad, insultado. Arman torneos barriales, dos entrevistas en radio y publican fotos sonreidotes, acompañando a un “Saludo a Latacunga por sus fiestas”. Así, seguro, piensan ellos, ganarán el voto popular. Mediocres.

Entiendan de una vez: este pueblo no es estúpido. Dejen de tratar a los ciudadanos como si fueren imberbes mozuelos de escuela. La gente está hastiada de estas burlas. La gente está ofendida.

Mientras se pelean el trofeo, la ciudad sigue esperando proyectos, planes, ideas reales, financiamiento y la reconstrucción del centro.

Ah si, esto del centro es otro tema. ¿Cuando volveremos a ver obra real en el centro histórico? ¿Cuando le daremos uso turístico a todas nuestras plazoletas? Mientras Latacunga, la CIUDAD de Latacunga, el CENTRO, se cae a pedazos, el turismo se nos va, y el emprendedor huye, todos los de turno se apean al poder, con chaupi obras, caminos vecinales, medias canchas y par de faroles en los barrios rurales. Claro, es allí donde aún hay votos para pusilánimes. En la CIUDAD, quienes tiene acceso a una instrucción básica, difícilmente se convencen con estas ofertas.

Es necesario escuchar, de los candidatos, sus posiciones REALES respecto a, por ejemplo: turismo histórico, turismo de aventura, control de construcciones, recuperación de espacios culturales, creación de oportunidades para los jóvenes emprendedores, agua, organización territorial, codificación de ordenanzas y demás.

Latacunga está cansada, Latacunga no merece el trato que ha recibido hasta ahora.




martes, 1 de octubre de 2013

Breve Historia del Palacio Municipal de Latacunga



Por: Paúl García Lanas


En el primer plano que se conoce de la vieja ciudad de Tacunga, en 1587 cuando era un tambo de vital importancia para la Real Audiencia de Quito por la producción de sus obrajes urbanos y rurales, se observa la traza urbana “dameral” primitiva con una distribución espacial tal cual como ha permanecido hasta la actualidad en sus espacios más importantes, es decir, en un trazado que conserva los sitios donde están ubicadas las más importantes edificaciones como iglesias, gobernación y residencias de relieve como la del Marqués de Maenza, Manuel Matheu, en la esquina de las calles Quito y Padre Salcedo, que hace 300 años era la única construcción de tres pisos en la ciudad.
El espacio destinado a lo que hoy ocupa el palacio Municipal de Latacunga era una residencia real del Cacique Sancho Hacho de Velasco, años más tarde era la casa de la familia Ramírez y Fita, donde nacería el afamado presbítero Cayetano Ramírez Fita, quien formaría parte de la política y Constituciones del siglo XIX, específicamente en la elaboración de la primera en 1830 como lo testimonian los documentos respectivos, especialmente la publicación del historiador Patricio Muñoz Valdivieso en uno de los Boletines de la Academia Nacional de Historia.
Siguiendo con el tema, a finales del siglo XIX la propiedad privada central de la ciudad de Latacunga, estaba muy bien distribuida, en base a su estructuración primitiva ya anotada, al sur la Iglesia Matriz y el estanco “real”, al norte las residencias de las familias Iturralde Irazabal, Maya Naranjo y Rivas Gallo, al oriente las de las familias Ramírez Fita, Vasconez Cuvi y Teran Arellano, al occidente, la citada casa que fuera del Marqués de Maenza, en aquella época de la familia Pazmiño Cardenas, junto a ella, el Asilo de Beneficencia “Estupiñán”, hacia el sur la casa de la familia Narváez Vasconez y la Casa de Gobierno que en el siglo XIX era el figón de la heroína Baltazara Terán.
Se iniciaba el primer decenio del siglo XX, y el Cabildo estaba presidido por el latacungueño Angel Subía Urbina, quien fue motivado para hacer realidad la construcción de una Casa del Cabildo, pues hasta entrado el siglo referido, la casa municipal y/o parroquial estaba ubicada junto a la hoy Curia Diocesana, es decir en la calle “Sánchez de Orellana”.
En Quito, estaba de “moda”, por así decirlo un afamado profesional de la arquitectura, que era catedrático en la Escuela de Bellas Artes llamado Raúl María Pereira Alves, éste fue llamado por el Cabildo latacungueño para que elabore un proyecto de un gran Palacio Municipal para la ciudad de Latacunga, pero, quien era Pereira, sepamos algo al respecto.
Raúl María Pereira nació en Portugal en 1876, estuvo en Ecuador para ser Maestro de la Escuela de Bellas Artes, se casó en Guayaquil en 1914 con Elvira de Veintemilla Vivanco, pariente cercana del ex Presidente Ignacio de Veintemilla, cuando en Quito, Pereira planificó el actual Ministerio de Defensa, que a inicios del siglo XX era el Palacio para la Exposición Universal aquí desarrollada, fue un gran artista plástico, pues retrató a 43 próceres de la Independencia de Guayaquil, retratos que están ubicados en el Museo Municipal del Puerto Principal, ciudad donde construyó la antigua biblioteca del Cabildo.
Partieron a Lima los esposos Pereira Veintemilla, pues la familia de la novia tenía allí parientes cercanos, fue allí diplomático y construyó varias residencias hasta su fallecimiento en 1933. Una nieta suya, Mariel Delucchi Pereira, visitó Latacunga hacia el año 2000, y se entrevistó con el historiador Paúl García Lanas, quien le indicó detalles documentales de la construcción del Palacio Municipal de Latacunga, que a criterio de ella, es la construcción más completa de las proyectadas por su abuelo, pretendía la señora Delucchi escribir una obra histórica acerca de la vida y obra de su ilustre abuelo.
Pereira fue contratado por el Cabildo de Latacunga a mediados del año 1910 para que elabore el proyecto del Palacio Municipal, cuando Pereira visitó esta ciudad, se alojó, según el citado historiador García, en casa de la familia Custode, a pocos pasos del parque central, se desconoce el monto de la contratación, pues los folios correspondientes no se encuentran en el archivo de la Secretaría del Municipio.
Sin embargo se sabe que se contrató además al Ingeniero Federico Páez, quien fuera Presidente del Ecuador en 1937, para que elabore los planos que le correspondían a su profesión, es decir planos ahora llamados estructurales, contratado Páez a un valor de 400 sucres (cuatrocientos sucres), se sabe además que se pidió al constructor jesuita Pedro Bruning que elaborara un plano para realizar la nivelación del suelo, pues, los niveles entre la Plaza Mayor, hoy parque “Vicente León” y la plazoleta “San Francisco” hoy plazoleta “Simón Bolívar” al oriente, es muy diferente, la elevación de la segunda con respecto a la primera es notoria.
Como Pereira partió a Guayaquil y luego a Lima, éste dejó dibujados los planos originales en dos grandes planchas de papel especial de elevado gramaje, trabajo realizado en tinta china, a mano alzada y muy bien desarrollados, planos que hasta hace pocos años se exhibían en la oficina de planificación del Municipio de Latacunga.
Los planos corresponden a las fachadas principal y posterior del Palacio, además las vistas de sus espacios, muy bien distribuidos: adelante el patio, corredores y oficinas, y en la parte posterior un gran espacio para un teatro, que lamentablemente no se llegó a construir, pues para la época en que se concluyó la primera etapa de la construcción, ya se pensó en la construcción del teatro del colegio Vicente León, que, lo construyó el arquitecto Augusto Ridder Ostman, quien fue, coincidencialmente el que construyó la segunda etapa del Palacio Municipal, que lamentablemente tuvo que ser modificado en su parte posterior, es decir, no se llegó a hacer realidad el citado teatro.
El proyecto original consta de un edificio neoclásico, con columnas corintias, arcos de medio punto arriba y arquería románica abajo, nueve arcos al frente principal, distribuidos en tres grupos de tres cada uno; hoy, la arquería sur y norte consta de 16 de medio punto, en las fotos iniciales consta la primera etapa de 8 arquerías, luego se construiría la otra mitad. Lo que si consta en el proyecto original es una edificación sin que se note la piedra pómez original, es decir, Pereira podría haber planteado la edificación enlucida, sin embargo el haberle dejado en piedra pómez tallada en estilo neoclásico, lo ha hecho único en el mundo, pues resulta ser la construcción más grande del mundo construida y ornamentada en esta piedra natural tan nuestra.
Dos profesionales de la construcción construyeron el Palacio Municipal de Latacunga: el agrimensor latacungueño José María Quevedo Maldonado y el arquitecto alemán Augusto Ridder Ostman.
Pero porque fueron dos quienes hicieron realidad la construcción, sepamos algo al respecto.
A finales del siglo XIX, José María Quevedo Maldonado (nacido en 1854 en Latacunga) se habría desempeñado como Jefe de Obras Públicas del Municipio, como tal dirigió algunas construcciones en la ciudad, un ejemplo emblemático es el lago “Ignacio Flores”, concluido en 1898, según informe del citado Quevedo al Cabildo.
Fue agrimensor de profesión, entonces se le pidió que haga realidad el proyecto de Pereira, así lo hizo, y lo construyó con piedra pómez traída de las minas de Isinche San Ramón, ubicadas en Pujilí, de la familia Bucheli García, lamentablemente, Quevedo solo alcanzó a construir la primera etapa del Palacio, que fue inaugurado en 1918, a poco falleció Quevedo, y es entonces que se pensó poco tiempo después en el arquitecto alemán Ridder. Hay que saber, sin embargo, que tres nietos del agrimensor Quevedo Maldonado, han ejercido la arquitectura e ingeniería: arquitectos Guito y Eduardo e ingeniero José Meythaler Quevedo, artífices de la defensa del Patrimonio Cultural y Edificado de Latacunga.
Ridder fue quien construyó la quebrada de “Jerusalem” en Quito, el puente en la división de las provincias de Pichincha y Cotopaxi y otras obras, además el teatro, ya desaparecido, del colegio Vicente León, inaugurado en 1929.
Augusto Ridder terminó la obra iniciada por el agrimensor Quevedo, que ya se mencionó tuvo que hacer las modificaciones necesarias para no trabajar el teatro del proyecto inicial de Pereira, por ello, en el patio posterior del Palacio se observa un graderío “improvisado”, que además tiene esta fachada tres pisos y cuarto con pequeñas oficinas que en los años sesenta eran ocupadas por dos centros culturales y literarios.
En 1936 se concluyó la totalidad de la construcción del Palacio Municipal, la primera inauguración se la realizó el 24 de mayo de 1918, hubieron festejos, desfiles y banquetes a las autoridades, la segunda inauguración se efectuó en el citado año 36, que para esto ya se había incluido el balcón en la fachada principal, fachada que ha sufrido también modificaciones, pues si nos fijamos en las fotos de los años 20 de la fachada, en la parte superior se observan elementos decorativos como el cuerno de la abundancia, dos titanes que sostienen un círculo para que allí se ubicara un reloj público, dos cóndores, animales emblemáticos de nuestros países andinos, además de ornamentos en la parte superior, todos tallados en piedra pómez, que lamentablemente (todo el conjunto señalado) se fue al suelo en un de los movimientos telúricos ocurridos en el centro del país, especialmente los ocurridos en 1932 y en 1949, éste ultimo ocurrido en Pelileo y que destruyó gran parte de las ciudades de Ambato y Pelileo, en Latacunga, cayeron algunas torres de Iglesias como San Francisco, Santo Domingo y la parte superior de las ornamentaciones del Palacio Municipal de Latacunga como ya se indicó.
Lamentablemente, no se logró reconstruir las citadas ornamentaciones en forma total, penosa situación, pues parte de la identidad arquitectónica de la edificación hace falta, mucha falta.
Interiormente, en los años 30 del pasado siglo, se pintaron dos murales (frescos) en las paredes de los graderíos sur y norte del Palacio, donde se representan la Justicia y la filantropía, ésta última representada por el Dr. Vicente León.
Un detalle final que cabe conocer, tiene que ver con la antigua Plaza Mayor, hoy parque Vicente León: a finales del siglo XIX se iniciaron a trazar las “caminatas” del parque central, con pequeñas columnas y una verja de hierro forjado, en el centro se ubicaba una pila de piedra tallada barroca, que hoy se encuentra en la plazoleta de Santo Domingo, y que se la retiró para la ubicación e inauguración del monumento al filántropo Dr. Vicente León en agosto de 1925, la cerca que hoy se aprecia se trabajó hacia 1927 por el artesano Humberto Orrico Andrade, por pedido del Municipio y diseño de Carlos Mayer, artista quiteño que fue quien trabajó también el monumento citado en Italia, a un costo final de 80 mil sucres.
A esta narración se adjuntan algunas fotografías de planos antiguos de la ciudad y del Palacio Municipal.




miércoles, 28 de agosto de 2013

Mercados populares: experiencia turra




Un fin de semana, lleno de curiosidad, y con toda la buena intención de darme con la piedra en los dientes, pues soy profundo detractor de la actual administración de mi ciudad, acudí a conocer los flamantes y presidencialmente laureados mercados populares, que reemplazan a lo que antes era la Plaza de El Salto, en mi Latacunga. Les dejo la crónica de una experiencia turra:

Diez de la mañana de un domingo soleado, en Latacunga. Necesito comprar un par de zapatos y, aunque tengo mi proveedor de siempre, acudo a conocer los mercados populares de Latacunga, entre la Av. Amazonas y Cinco de Junio.

El taxi me deja en un parquesito, construido frente a los sendos edificios que contienen a los comerciantes. Desde aquí, veo con pesar el dinero botado en este parquesito, que seguramente deberá ser demolido pronto, para construir parqueaderos subterráneos o elevados, que son, obviamente, urgentes. Nadie planificó la obra futura. Nadie contó con la mínima dosis de sentido común ni aprovechamiento del espacio. Mal, muy mal, considerando que nuestro actual Alcalde es un empresario de la construcción.

Más allá de eso, el parque es antiestético, con cuerpos de concreto inútiles que intentan ser bancas, una especie de pileta hacia un costado, que solo sirve de resbaladera para un puñado de niñitos lustrabotas. La basura se deja ver de inmediato. Tampoco hay basureros al alcance.

Cruzo la Av. Amazonas, congestionada como siempre, y accedo a un playón que da frontis a la estructura principal. Allí, un grupo de gente haciendo bailoterapia, o algo así. Hago un barrido crítico, mientras una de las personas que me acompaña me indica que, en primera fila de los bailadores, se encuentra una de las niñas millonarias de Latacunga, si, esas niñas que, según dicen que dijo su padre, “con el esfuerzo de toda una vida de veinte y tantos años, ha logrado amasar un humilde capital”... de par de millones de dólares (el lector, haga todo el énfasis posible en el sarcasmo). Luego, analizo la terapia por si misma, iniciando por una instructora flácida y desmotivada, de quien no se podría suponer, en otra situación, que haga algún tipo de ejercicio. La música, totalmente inútil para el propósito: entre cumbias, tecnocumbias y algo de electro-rock-pop. La instructora se balancea como puede. Frente a la masa de bailadores, un ancianito, no se si borracho o enfermito, realiza su propia rutina de baile, entre muecas y extrañas contorsiones, para el disfrute de todos los curiosos.

Por fin, ingreso al local. Las puertas no están abiertas, sino una. Hay que esperar a que el tumulto entre y/o salga, conforme quien aprete primero. Disuelto el nudo, ingreso para encontrarme con una caja llena de cajas: esto es el edificio del mercado popular. Sin estética ninguna, se propone al consumidor una serie de locales diminutos, la mayoría de ellos, cerrados. No hay señalética ni información. La gente transita perdida, todos buscan, nadie encuentra. No logro ver a nadie que salga con una funda en sus manos. No hay comercio, solo curiosos.

En la planta baja, parece, porque nadie lo informa, solo parece, que se expende ropa interior y novedades varias. Resuelvo subir un piso y me acerco a las gradas eléctricas, que resultan inútiles, pues no sirven para subir, sino solo para bajar. Veo un ascensor, acudo. En la puerta del ascensor es necesario esperar un tiempo bastante amplio, considerando que el aparato atiende solo tres pisos. En la espera, se aproxima un ebrio, quien alegremente inicia conversación al azar, con quienes esperábamos. Éste intoxicado personaje es quien nos da algo de información, y nos indica que los zapatos se encuentran en el tercer piso, que él sabe porque tiene su local ahí.

Llega el ascensor, y la gente, sin respeto ninguno ni sentido de convivencia, se vuelca impetuosa al interior, atropellando, codeando, empujando. Muestro mi primer síntoma de hastío, me paro en la puerta, de forma que bloqueo el acceso al aparato, y refuto a la masa su ignorancia y falta de costumbres, mientras doy acceso solamente a las personas que esperaron el ascensor por más tiempo. Nadie dijo nada en mi contra.

Con quienes pudimos, se cerró la puerta del elevador, para facilitar percibir el vaho asqueroso que exhalaba el ebrio comerciante, quien, además, nos explicaba que el ascensor está mal, porque el piso dos es el tres, y que el cuarto es también el tres... o algo así. Guiado por la lógica, e ignorando la aparentemente torpe insinuación del alcohólico, presiono, obvio, el número tres, que accede al piso tres. Parpadea el botón numerado “3”, se abren las puertas, y, descubro, que estoy un piso más arriba de dónde quería. Recibo el “ya ven, les dije” del borrachito. Salgo para enfrentar otro conjunto de cajitas comerciales, que se agolpan casi al azar, entre paredes sucias y dos que tres expectoraciones que relucen sobre el piso prematuramente opaco.

Luego de dar una vuelta por las muy pocas cajitas comerciales que ofrecían productos, descubro que, simplemente, no hay lo que busco. Nadie da información de nada. Por curiosidad, aprovechando que ya estaba ahí, averiguo precios de dos o tres productos de los que se puede hallar en cualquier lado, para darme cuenta que el precio es muy poco competitivo, por no decir, en algunos casos, superior al que se encuentra en cualquier almacén.

Resignado a salir con las manos vacías, decido emprender retirada. Trato de hacerlo por las gradas eléctricas que, como dije ya, estaban dando servicio “de bajada”; mas, cuando llego al andén, las susodichas gradas habían sido apagadas. Mal. Por la mala experiencia en el ascensor, decido descender por las escaleras, obviamente, no las eléctricas, sino las de concreto que se parapetan a un lado del edificio. Me guío hacia los niveles inferiores con mucho cuidado de no topar las paredes que al poco tiempo de estrenado el edificio, ya se encuentran mugrientas. Llego a la planta baja. Me acerco a la puerta de salida, y soy detenido por un tumulto de gentes que pugnan groseramente por entrar y salir, cediendo nadie, empujando todos. Espero. Salgo.

De la minúscula y única puerta abierta, estiro mi cabeza para recibir algo de aire limpio. La bailoterapia ya ha terminado. Solo queda un playón vacío en su centro, y lleno de basura en su torno: la obra magna del constructor simplón.

viernes, 9 de agosto de 2013

Representantes que no representan.


Hoy, dos noticias de jodedores gratuitos

Eso mismo, ojeando La Gaceta de hoy, 09 de agosto de 2013, me encuentro con dos apuntes dignos de comentar.

El primero, donde se da a conocer la brillante idea de Xavier Cajilema, de pedir al Presidente de la República la condonación de la deuda de diez millones de dólares para la construcción de los mercados locales. ¿Qué se puede opinar de esto? Pues que los hombres de honor honran sus deudas, no mendigan su condonación. Queda el sabor de la actitud servil, rogativa, mendicante, humillante y alevosa, de pedir el perdón de las obligaciones, aún teniendo cómo pagarlas, y bajo el estandarte alegre y absurdo de no pegársenos la gana de pagar. ¿Acaso somos así los latacungueños? ¿La actitud de Cajilema, nos representa?

La segunda noticia, que nos recuerda el mendigo con pistola: el municipio va a instalar sus gimnasios públicos, y el Presidente de la Junta de Guaytacama se opone, a pretexto de no haber sido notificado. Ridículo. Aunque el Presidente de esta Junta indica que no se opuso, sino que “recomendó” que no se instale en el parque, sino donde a él se le pegaba la gana, sigue siendo una actitud infantil y absurda. Si el Municipio de Latacunga obsequia una chaupiobra a una parroquia, lo último que puede hacer esta es negarse, o coartar de cualquier manera el obsequio. Repito las preguntas anteriores: ¿Este señor, realmente representa el sentir de los habitantes de Guaytacama? ¿Son, los vecinos de Guaytacama, tan torpes e ingratos como para negarse a recibir un saludable regalo? Y, sobre todo, conforme dice Iza, Presidente de Guaytacama, si yo quiero dar un regalo a la parroquia, debo notificarle a él, con anticipación, a ver si se dignará aceptarme el favor?