Para todos los que tenemos al menos un par de décadas de
edad, no nos es desconocido el término “globalización”. En sí, la idea es que
el mundo entero sea una sola entidad económica, basada en reglas más o menos
homogéneas donde cualquier producto pueda ser comercializado en cualquier parte
del mundo. Con este concepto también viene la globalización de las ideas e
ideologías, de los avances científicos y del arte. Pero, en el mal sentido,
también se globalizan los problemas sociales y la guerra.
Para países como el nuestro, básicamente productores
primarios, parece una buena idea. Así, mediante tratados de libre comercio, el
productor ecuatoriano puede poner sus productos en vitrinas muy lejanas. Esto
genera ingresos.
Pero nuestro país solo exporta masivamente un limitado menú
de productos. Y para estos productos se está dedicando muchísimo esfuerzo que
es muy necesario en otros rubros.
Con la pandemia del 2020 debimos habernos dado cuenta del
problema de ser productor primario en un mundo globalizado.
Ecuador, por ejemplo, emplea miles de hectáreas en la
producción de flores y camarones para exportación. Pero todavía no podemos
abastecer los mercados internos con comida barata y variada. La mayor parte de
la producción nacional no es sostenible a largo plazo en términos económicos ni
ecológicos. Mucho menos en un país con fuertes imposiciones tributarias e
inestabilidad política y jurídica.
Europa no ha sido ajena a los efectos malos de la
globalización: con la guerra de Ucrania y Rusia, los países europeos se dieron
cuenta de la dependencia de los recursos de esos dos países (energía y trigo).
Es decir, muchos países europeos no se preocuparon de producir más energía y
más comida, en la seguridad de sus tratados comerciales con los hoy
combatientes.
Y no podemos vender al extranjero lo que necesitamos casa
adentro. Somos como el carnicero, que vende la mejor carne, pero en su casa
viven con agua de panela.
Desglobalizar no quiere decir apartarnos del mundo.
Simplemente es necesario, en primer lugar, poder sufragar todas las necesidades
del país por nuestros propios medios. En escenarios como la pandemia, una
guerra o una recesión económica de escala mundial (que según se dice está muy
próxima), deberemos ser capaces de mantener el país a flote.
Esto tiene que ver con conceptos constitucionales como la
soberanía alimentaria. Pero también afecta a otras áreas como la cultura, la
salud y la educación.
Por supuesto, el ejemplo de los alimentos puede ser más
fácil de comprender, sin embargo, en las áreas sociales el fenómeno no es
diferente. Actualmente casi toda comunicación, noticia o viralización, lo
recibimos del exterior. Hemos perdido la cultura propia, la identidad, los
valores nacionales, la proyección de país… Y han cedido al “mainstream”
(tendencia mayoritaria) que hoy por hoy pulula en redes sociales y ya no en
nuestras escuelas y universidades.
Otro rubro es la tecnología: no desarrollamos avances
propios porque estamos acomodados a lo que recibimos de las potencias mundiales,
a cambio de nuestros productos primarios.
Exportar no nos hace globales. Al contrario: somos meros
proveedores de un mundo que avanza sin contar con nosotros. Un mundo al cual no
le interesamos sino en tanto y cuanto somos capaces de darles recursos baratos.
Incluida la mano de obra de nuestros migrantes, porque la dignidad tampoco se
ha globalizado.
Cuando el mundo se descalabra, solo se sobrevive con
fortaleza nacional. Nuestro país no tiene fortaleza, está desarmado frente al
planeta que también se desarma. No podemos confiar en el planeta. Debemos
confiar en nosotros mismos.
Es urgente regresar a ver hacia adentro. No podemos
enfrentar la sociedad del mañana si aún no hemos resuelto problemas del siglo
anterior. Y nadie nos va dar haciendo.
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