Asuntos de mera
traducción. No es lo mismo una vida lograda y digna que una vida
dulce y cómoda. Es que no es lo mismo vivir bien, que darse la buena
vida.
En esta confusión nos
encontramos, tanto ciudadanos comunes
como administradores públicos cuando, entre otros yerros, mantenemos
figuras acomodaticias como el bono solidario, seguro social
campesino, preferencias a minorías y demás. En este punto me
saltarán al cuello varios sindicalistas, pseudo socialistas,
cuasidirigentes y demás.
Antes
de mi linchamiento, quiero que se me permita explicarme:
Una cosa son las
reivindicaciones sociales que pueden bien merecer algunos grupos, así
como las facilidades (no beneficios)
que la sociedad debe prodigar a grupos prioritarios como niños y
ancianos; pero otra cosa es el demérito institucionalizado de las
mayorías.
Debemos aclarar
algunos conceptos. Primero, no está claro qué es una minoría y qué
es la mayoría. Actualmente, cualquier congregación que comparta una
diferencia, que se asocie más o menos organizadamente, entra en el
parámetro de minoría. Por
ley de la carambola, todos los que no tenemos esa diferencia, somos
mayoría. Nada más
errado que esto. Bajo el mismo parámetro, y parafraseando a Gandhi,
yo también soy una minoría, una minoría de uno. Además, hay que
diferenciar la idea de “minoría” y el concepto “grupo
vulnerable”. Está de moda hacer de cualquier minoría un grupo
vulnerable. Todos, sin excepción, somos parte activa o pasiva de
algún tipo de minoría, basado en nuestros gustos, obligaciones,
relaciones o realidades, yo mismo soy de la minoría que juega paintball, por ejemplo; pero VULNERABLES solo hay dos: los niños y
los ancianos.
Como esta espina
ya le ha picado a más de uno, se introdujo un nuevo concepto:
“grupos de atención prioritaria”. Y, claro, las minorías
oportunistas también quisieron ingresar en los listados de
prioridad en su atención. Nuevamente, hay que restringir el
concepto: de atención prioritaria hay uno solo, los enfermos, y, de
ellos, los que presentan afectaciones permanentes a su vida diaria,
mal llamados discapacitados. Nadie más. ¡Y nadie más!
Ser negro, blanco,
indio, chino, mujer, homosexual o madre soltera no me pone en
desventaja fáctica frente a nadie, en tanto haga respetar mis
derechos y ejerza mi primera obligación para con el Estado:
superarme continuamente.
¿Cómo se pretende
construir igualdad, cuando cada uno quiere ser “mas igual” que el
otro?
Cuando contrato gente
para trabajar, no le pregunto su raza, pero la empresa pública si.
Cuando voy a sacar un préstamo en un banco privado no importa mi
ancestralidad o mi autoreconocimiento cultural, pero el dinero público se otorga preferentemente a
proyectos “de minorías”, sean o no bueno proyectos.
Existen leyes “de la
mujer”, así como normativa específica para campesinos, indígenas
y LGBT. Los demás, a ver como sobrevivimos, porque, en verdad,
parece muy malo en este país ser varón, heterosexual, sano, joven,
blanco-mestizo y económicamente activo.
Esta nueva
minoría, la de los "normales", pese a ser minoría, no existe. Y no existe por un simple
hecho: no nos reconocemos como minoría. Así, mientras nosotros nos
partimos el lomo
buscando el Sumak Kausay, otritos que si supieron aprovechar su
situación, viven el Mishky Kausay.
Así llegamos al
día de hoy, donde un joven independiente que no se pertenece a
ninguna minoría reconocida, no tiene mejor opción vital que acceder
a un cargo público, porque el Sumak Kausay cuesta plata, y esa plata
es menos fácil de acceder si uno no es fatalmente diferente
al resto. La afectación es severa, pues no solo golpea a los jóvenes
profesionales, sino al país entero, pues, está visto, que salvo
proyectos de desarrollo rural y otros parecidos, no existe
proliferación de iniciativa productiva nacional.
Muchos no estarán
de acuerdo con lo que digo, si eres uno de ellos, tienes dos
opciones: o eres uno de los pocos que triunfaron sin ayuda y contra
la marea pseudosocialista, o eres uno de los que usufructúan de las
ventajas de esta dolce vita: EL
MISHKY KAUSAY.
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